¿Quién se llevó mis calcetines? Nivel 70
Palabras de Práctica
Sufijos: -ción, -mente, -oso/-osa — uso de sufijos para formar sustantivos, adverbios y adjetivos.
A Alana le encantaban los calcetines más que cualquier otra cosa en el mundo entero. Tenía calcetines con lunares, calcetines con vuelitos y calcetines con puntadas diminutas en zigzag que le hacían cosquillas en los dedos de los pies. Cada domingo por la noche los lavaba, los secaba y los acomodaba cuidadosamente en parejitas perfectas. —Listo —susurró, abrazando toda la pila contra su pecho—. Que nadie toque mis calcetines.
La mayoría de sus calcetines vivían en una caja grande debajo de su cama. ¿Pero su MEJOR par? Ese tenía su propia cajita especial, escondida dentro de la grande como un secreto misterioso. Alana solo usaba esos calcetines en días verdaderamente importantes: cumpleaños, fotos de la escuela y los martes en que se sentía elegante. Levantó la cajita y se asomó adentro, solo para asegurarse de que seguían ahí. —Perfectos —dijo.
El lunes por la mañana, Alana abrió la cajita. Vacía. Se quedó mirando el hueco donde debían estar sus mejores calcetines, volteó la caja de cabeza y la sacudió. Nada. —¡Mis calcetines! —exclamó—. ¡Alguien se ha LLEVADO mis mejores calcetines! Se encasquetó la gorra, agarró dos calcetines que no combinaban para nada y pasó marchando junto a mamá. —Estoy en plena investigación —anunció. Mamá abrió la boca para decir algo, pero Alana ya se había ido.
Alana cerró los ojos y se los imaginó: rosados, con parches morados en los vuelitos, lunares morados en el centro y morado en las puntas y los talones. Eran los calcetines más hermosos en la historia de los pies. —Esos calcetines —le dijo muy seriamente al cesto de la ropa— valen más que todas las riquezas del mundo. El cesto de la ropa no dijo nada. Era un cesto de la ropa.
Alana tomó su lupa. No anteojos. Una LUPA. Mucho más profesional. Revisó entre los cojines del sofá. Migas viejas. Miró debajo de la mesa. Pelusas de polvo. Hasta levantó la tapa del inodoro y se asomó adentro. —¡Puaj! —dijo. No había calcetines, pero nunca olvidaría lo que vio ahí dentro.
Alana no se iba a rendir. Los grandes detectives nunca se rinden. Entonces, algo en el piso le llamó la atención. Era un retazo de tela. Tela de lunares. Acercó su lupa y se le encogió el estómago: lunares morados sobre rosado. Ese era SU diseño. ¡Ese era un pedazo de SUS calcetines! —Alguien no solo se llevó mis calcetines —susurró—. Alguien LOS CORTÓ EN PEDAZOS.
El rastro de retazos llevaba directo al cuarto de costura de mamá. Alana se pegó a la puerta y acercó la lupa a la ventanita redonda. Adentro, oía la máquina de coser zumbando. Mamá estaba ahí, inclinada sobre algo. Cosiendo. Recortando. Tarareando una cancioncita, como si no acabara de cometer un terrible crimen de calcetines. —¿Qué estás HACIENDO ahí dentro? —murmuró Alana, muy sospechosa.
Alana empujó la puerta para abrirla. —¡Mamá! ¡Te llevaste mis mejores calcetines! Mamá no parecía preocupada para nada. —Cariño, esos calcetines tenían tantos hoyos que los dedos de tus pies se asomaban como gusanitos. Ya no podías usarlos. —¡No me importan los HOYOS! Me importa… —Pero entonces mamá levantó algo, y a Alana se le abrió la boca de par en par.
Una muñeca. Mamá había convertido los calcetines en una MUÑECA. Tenía el pelo rizado, igualito al de Alana. Tenía un sombrerito, igualito a la gorra de Alana. Los vuelitos de los calcetines formaban un cuello elegante, y las puntadas eran tan diminutas y prolijas que parecían magia. Alana tomó la muñeca con ambas manos. —Se parece a MÍ —dijo en un suspiro—. Mamá. Se parece a MÍ, pero más PEQUEÑA.
Alana abrazó a mamá con tanta fuerza que mamá casi se cae. —¡Esto es mejor que los calcetines! ¡Esto es mejor que TODOS los calcetines! Luego Alana se apartó y levantó la muñeca, con los ojos como platos. —Espera. Mamá. ESPERA. ¿Puedes convertir CUALQUIER calcetín viejo en una muñeca? Mamá asintió. Alana sonrió con la sonrisa más grande de su vida. —¿Cuántos calcetines viejos TENEMOS?
Alana agarró la mano de mamá y la arrastró por toda la casa a toda velocidad. El brazo de mamá se estiraba detrás de ella como el hilo de un papalote. —¡Revisa los cajones! ¡Revisa las cajas! ¡Revisa debajo de TODO! —ordenó Alana. Se zambulló en un armario y salió agitando un calcetín de rayas—. ¡Uy, apuesto a que PAPÁ tiene montones de calcetines gastados! ¡Sus calcetines siempre tienen hoyos!
Los calcetines de papá eran tan grandes que mamá podía hacer DOS muñecas de un solo calcetín. Alana ayudaba a rellenarlas mientras mamá cosía, y pronto la cama quedó cubierta por toda una colección de personitas de calcetín. —Haremos una para cada amigo que tengo —dijo Alana, ya contando con los dedos. Luego miró sus pies. Dos calcetines desparejados de esa mañana le devolvieron la mirada. Alana movió los dedos de los pies. —No se pongan cómodos —les dijo—. Ustedes son los próximos.