¡Yo ya no seré una papa! Nivel 71
Palabras de Práctica
Pronombres personales: yo, tú, él/ella, nosotros, ustedes, ellos/ellas.
Nilo tenía una buena vida. Él vivía en una casa que él mismo había construido, tenía una granja llena de zanahorias y un letrero junto a la puerta que decía «Casa de Nilo», para que nadie se la robara. Pero cada noche, cuando el sol bajaba y las sombras se alargaban, llegaban los monstruos. Y cada noche, Nilo se escondía adentro, se tapaba la cabeza con las cobijas y fingía que él era una papa. Esta noche no. Esta noche, Nilo tomó su espada mágica, marchó hasta la puerta y dijo: —Se acabó. Yo ya no voy a ser una papa.
Nilo no tuvo que esperar mucho. Un Zombi salió tambaleándose de la oscuridad, gimiendo como una bisagra oxidada. Era enorme. Era feo. Olía a calcetines viejos olvidados en un pantano. —Ay —dijo Nilo. De pronto, su espada le pareció muy pequeñita.
El zombi lanzó sus grandes brazos verdes hacia Nilo. Nilo se agachó, giró y atacó con su espada mágica. La hoja se encendió como un rayo y, de un solo tajo limpio, el zombi estalló en una nube de nada podrida. —¡JA! —gritó Nilo. Apuntó con su espada brillante hacia el campo oscuro—. ¿Quién sigue? ¡Vamos! ¡Yo puedo hacer esto toda la noche!
El zombi había dejado un pedazo de carne blanda, verdosa y asquerosísima. Nilo lo levantó entre dos dedos. —Puaj. Pero esto me podría servir. Nilo no escuchó el suave clic-clic-clic que venía de las sombras detrás de él. Algo huesudo se acercaba sigilosamente. Y más. Y más.
¡ZAS! Una flecha pasó silbando junto a la oreja de Nilo y se clavó en el pasto, justo entre sus pies. Un esqueleto salió de entre los árboles, ya buscando otra flecha. Sus huesos traqueteaban como una bolsa de palitos. —¡Oye! ¡Tú casi me das! —chilló Nilo. Él se lanzó de lado y se escabulló detrás de un gran abedul. El corazón le latía tan fuerte que Nilo estaba seguro de que el esqueleto podía oírlo.
Nilo apoyó la espalda contra el tronco del árbol y contuvo la respiración. El esqueleto buscaba cerca de la casa, girando su cabeza huesuda a la izquierda, luego a la derecha, luego a la izquierda otra vez. Clic. Clic. Clic. El mundo quedó en silencio. Solo se oían la brisa y el corazón retumbante de Nilo. Entonces el ruido se hizo más fuerte. El esqueleto estaba justo del otro lado del árbol.
—¡AHORA! —Nilo salió disparado de detrás del árbol con su espada en llamas. El esqueleto trató de agarrar su arco, pero fue demasiado lento. Nilo atacó con todas sus fuerzas y el esqueleto estalló en un montón de huesos. —¡Van dos! —Nilo sonrió. Él recogió un hueso y lo agitó como un trofeo—. ¡Yo soy IMPARABLE!
—¡Pronto tendré una colección entera de pedacitos de monstruo! —gritó Nilo hacia la oscuridad, agitando su hueso—. ¡Mejor ríndanse de una vez, ustedes! Nilo lo estaba pasando tan bien siendo valiente que no notó los gemidos detrás de él. Ni el arrastrar de pies. Ni que una ENORME multitud de monstruos se había acercado tanto que podía estirar la mano y tocar uno. Nilo se dio la vuelta.
Eran demasiados para contarlos. Zombis y monstruos, hombro con hombro, se perdían en la oscuridad. Nilo era valiente. Pero no era tonto. —He decidido —anunció Nilo a nadie en particular— que correr también es de valientes.
¡Nilo podía ver su casa! ¡Podía ver la puerta! Él estiró la mano hacia la manija y entonces se detuvo. Una araña gigante estaba sentada justo enfrente. Ella tenía enormes patas rojas y ojitos malvados, y miraba a Nilo como si él fuera una mosca. —¡Ay, ¿en serio?! —gritó Nilo. Detrás de él, la multitud de monstruos se acercaba cada vez más.
No había tiempo para pensar. No había tiempo para planear. No había tiempo para tener miedo. Nilo se lanzó directo contra la araña con su espada brillando intensamente. Un solo golpe enorme y la araña explotó como un globo peludo. Nilo agarró la manija con las manos temblorosas, se metió de un salto y cerró la puerta de un portazo detrás de él.
Nilo se apoyó contra la pared, respirando con dificultad. La cálida luz de la antorcha titilaba sobre las paredes de madera. Afuera, él podía oír a los monstruos gimiendo y alejándose mientras arrastraban los pies. Algo en el suelo le llamó la atención. Una gemita azul brillaba con la luz. Nilo la recogió y sonrió. —Mañana a la misma hora, monstruos. Ustedes y yo tenemos una cita.