¡Yo tengo un plan! Nivel 71
Palabras de Práctica
Pronombres personales: yo, tú, él/ella, nosotros, ustedes, ellos/ellas.
Lila entró tambaleándose por la puerta, como si una araña de cueva la hubiera masticado y luego escupido. Su armadura estaba agrietada, y ella tenía los ojos entrecerrados. —Un generador de esqueletos —gimió Lila—. Yo gasté todas y cada una de las zanahorias doradas solo para seguir viva. Dr. Sí Puede rebuscó en el cofre y le ofreció un puñado de zanahorias relucientes. —Las últimas —dijo en voz baja. Lila las tomó, y los dos miraron el cofre vacío. Cultivar zanahorias doradas tardaba una eternidad. Sin ellas, la próxima expedición minera de Lila podía ser la última.
Dr. Sí Puede hizo lo que él hacía siempre que aparecía un problema. Sacó papel, afiló su lápiz y empezó a dibujar. —Harina de huesos —murmuró, dibujando cada vez más rápido—. La harina de huesos hace que los cultivos crezcan en segundos. ¿Y tú sabes qué puede producir harina de huesos? ¡El cactus! Cactus en un compostador, conectado a unos embudos, alimentado con redstone, y… ¡pum! ¡Harina de huesos para siempre! Golpeó la mesa de trabajo tan fuerte que el polvo de redstone dio un brinco. —Solo necesito una cosita diminuta. Cactus. ¿Qué tan difícil puede ser?
Dr. Sí Puede se paró a las afueras del pueblo y entrecerró los ojos hacia el horizonte. Muy, muy lejos, más allá de las colinas verdes, apenas se veía una franja amarilla: el desierto. —Muy bien —dijo, ajustándose la bata—. Yo voy un momento, agarro unos cactus y regreso para la cena. No llevó comida. Ni agua. Ni armadura. Solo llevó sus herramientas y su confianza, que, hay que admitirlo, a él nunca le faltaba.
El burro de Lila mordisqueaba hierba junto a la puerta del pueblo. Dr. Sí Puede se subió a la silla, se bamboleó hacia un lado, se agarró de las orejas del burro, se bamboleó hacia el otro y por fin se sentó derecho. —Pan comido —anunció, aunque nadie lo miraba. El burro lo miró largo rato y luego echó a andar con paso pesado. Dr. Sí Puede le dio unas palmaditas en el cuello. —Nosotros llegaremos al atardecer, viejo amigo. Un viaje rapidito. Agarramos un cactus. A casa para la sopa. Nada puede salir mal.
Algo salió mal. El cactus no era la plantita pequeña y simpática que Dr. Sí Puede se había imaginado. Era enorme. Gruesos bloques verdes se alzaban sobre él, erizados de espinas tan largas como sus dedos. Hasta el burro le echó un vistazo y retrocedió arrastrando las patas. —Bueno —dijo Dr. Sí Puede, estirando una mano—. No puede pinchar tanto, ¿o s…? ¡Ay! Apartó la mano de un tirón. —Sí. Sí puede.
—Plan B —dijo Dr. Sí Puede. Se quitó la bata de un tirón y envolvió el cactus con ella como si fuera una manta. Tiró. Las espinas la atravesaron de lado a lado. —¡Ay! ¡Ay ay ay ay ay! Miró su bata llena de agujeros y luego sus manos ardientes. Piensa, Sí Puede, piensa. Agarró su pala y empezó a cavar una zanja larga y profunda en la arena. Si no podía cargar el cactus hasta el pueblo, lo llevaría flotando. Cavó y cavó hasta que le salieron ampollas en cada dedo. Pero siguió adelante.
Tres días de excavación después, la zanja se extendía desde el desierto hasta cerca de casa. Dr. Sí Puede la llenó de agua, colocó una barca en un extremo y puso un cofre dentro de la barca. Luego alineó el cofre justo debajo del cactus más alto, levantó su hacha y la descargó. ¡Chas! Si esto funcionaba, los bloques de cactus caerían directo dentro del cofre sin tocarle las manos ni una sola vez. Dr. Sí Puede sonrió de oreja a oreja.
La barquita avanzaba meciéndose por el canal, con el Dr. Sí Puede encaramado con orgullo en la proa y un cofre lleno de cactus apilado detrás de él. Lila lo esperaba en la orilla con la boca abierta de par en par. —¿Construiste un canal? ¿Hasta el desierto? —No me quedaba de otra —dijo Dr. Sí Puede, tratando de parecer despreocupado—. No iba a poder cargarlos, ¿verdad? Lila soltó una carcajada. —¿Tú sabes lo que esto significa, verdad? ¡Ahora podemos traer flotando arena, terracota, lo que queramos! —Se frotó las manos—. Vamos a necesitar más barcas.
De vuelta en el taller, Dr. Sí Puede conectó la última pieza de su máquina. Compostadores, embudos, redstone, todo encajaba como un rompecabezas. Respiró hondo y accionó el interruptor. La máquina zumbó. El cactus entraba por un extremo. Por el otro salía a chorros harina de huesos blanca. El granjero del pueblo llegó corriendo, recogió una brazada y salió disparado hacia el campo de zanahorias. —¡Funciona! —susurró Dr. Sí Puede. Luego, más fuerte—. ¡Funciona! Por fin sus manos estaban a salvo. Valió totalmente la pena.
Lila le dio un mordisco a la primera zanahoria dorada cultivada con la harina de huesos del Dr. Sí Puede. Crac. Abrió mucho los ojos. —Deliciosa —dijo—. Casi tan buena como una dona. Le dio otro mordisco enorme. —Ahora solo necesito desenterrar suficiente oro para hacer más de estas. Montones y montones de oro, de las profundidades, allá abajo donde todo es oscuro y peligroso y… Miró a Dr. Sí Puede. Él ya estaba inclinado sobre su mesa de trabajo, dibujando con furia. —No me digas —dijo Lila—. Tienes un plan. Dr. Sí Puede sonrió de oreja a oreja. —¿Qué tan difícil puede ser?