¡Yo soy Pinchín! ¿Un abrazo? Nivel 71
Palabras de Práctica
Pronombres personales: yo, tú, él/ella, nosotros, ustedes, ellos/ellas.
Pinchín es un cactus. Nunca ha tenido un amigo. Ni uno solo. Pero hoy siente algo en las espinas: hoy es el día. —¡Hola! —dice Pinchín, y salta hacia un grupo de árboles—. ¡Yo soy Pinchín! ¿Alguien quiere un abrazo? Los árboles se miran entre sí. Luego se ríen tan fuerte que sus hojas tiemblan.
¿Llora Pinchín? ¿Se rinde? Para nada. —¡No importa! —dice con una sonrisa—. Ellos no están listos para un amigo tan genial como yo. Y cruza el jardín dando brincos, con su maceta sonando contra la tierra, mientras tararea una canción que él mismo inventa. La canción se llama «Alguien me va a querer».
Pinchín ve un naranjo que está solito. —¡Perfecto! —dice—. A ti te hace falta un amigo tranquilo para charlar. Yo soy buenísimo para charlar. Además, me encantan las naranjas. El naranjo lo mira con los ojos casi cerrados. —No. —¿No a charlar, o no a las naranjas? —No a todo. Vete de aquí.
Después, Pinchín encuentra un banano de grandes hojas verdes y cara amarilla. —¡Hola! ¡Yo soy Pinchín! ¿Quieres ser mi am...? El banano le mira las espinas y grita: —¡Punzante! ¡Punzante, punzante, punzante!
Solo queda una planta. Un papayo gigante, al otro lado del jardín. Pinchín se acerca, pero esta vez no va dando brincos. Solo se queda ahí, mirando hacia arriba. —Déjame adivinar —dice el papayo desde lo alto—. Tú eres Pinchín. El que busca un amigo desde la mañana. Pinchín dice que sí con la cabeza.
Solo queda una planta. Un papayo gigante, al otro lado del jardín. Pinchín se acerca, pero esta vez no va dando brincos. Solo se queda ahí, mirando hacia arriba. —Déjame adivinar —dice el papayo desde lo alto—. Tú eres Pinchín. El que busca un amigo desde la mañana. Pinchín dice que sí con la cabeza.
El papayo extiende bien anchas sus grandes hojas, como dos brazos abiertos. —Todos te juzgan sin darte una oportunidad. Eso no es justo, ¿verdad? Ven, siéntate conmigo, Pinchín. A Pinchín se le ponen los ojos redondos de la sorpresa. —¿En serio? ¿Lo dices de verdad?
Hablan un buen rato. Pinchín cuenta chistes. El papayo cuenta historias del viento y de la lluvia. Todo es maravilloso. Entonces Pinchín se emociona, se inclina para reírse y... ¡pum! Una de sus espinas pincha una hoja del papayo. —¡Ay! —grita el papayo—. ¡Esa era mi hoja!
El papayo se aparta de golpe. Sus grandes hojas tiemblan. —¡Yo lo sabía! ¡Todos me lo advirtieron! Fuera de aquí, Pinchín. Busca un amigo al que no puedas lastimar. —¡Perdón! ¡Fue sin querer! Yo no quise...
Pinchín se queda solo en el jardín vacío. Ni árboles. Ni arbustos. Nadie. Quizá todos tienen razón. Quizá un cactus no puede tener amigos. Quizá él es demasiado... Pinchín se detiene. Se mira las espinas. Luego mira el camino que hay más allá del jardín. —Un momento —dice bajito—. Yo busco un amigo que no sea espinoso. ¿Y si lo que necesito es alguien que sí lo sea?
Pinchín cruza el camino y llega a las dunas secas de arena. Y allí, sentado como una bola café y despeinada, hay un arbusto lleno de espinas de pies a cabeza. Se llama César. —Vaya —dice Pinchín—. Tú sí que eres punzante. César parpadea con los ojotes chuecos. —Tú sí que eres punzante. —Yo soy Pinchín. ¿Quieres un abrazo?
Se abrazan. Y nadie dice «ay». Pinchín deja su maceta junto al camino, y los dos parten juntos por las dunas, cantando a dúo, contando historias y chocando las espinas sin un solo quejido. Y en algún momento, entre la segunda canción y la tercera historia, pasa algo que nunca ha pasado antes. A Pinchín le crece una flor, justo encima de la cabeza. Él ni se da cuenta. Está demasiado ocupado riéndose con su amigo.