¡Yo quiero esa casa! Nivel 66
Palabras de Práctica
Sustantivos — número (singular/plural): formación del plural con +s tras vocal y +es tras consonante.
Todo empezó con una canasta de frutas. El niño con canasta de frutas tenía que llevar unos mangos a la casa de su tía. Era un trabajo sencillo. Pan comido. Pero entonces miró hacia arriba. Muy, muy, MUY arriba. ¡Una casa sobre pilotes! Era más alta que un árbol, con una escalera derechita hasta el cielo. —¡Yo quiero ESA casa! —susurró el niño con canasta de frutas—. Allá arriba nadie podría molestarme. Ni perros. Ni lodo. Sería el rey de todas las casas.
Pero los mangos no se iban a entregar solos. Así que el niño con canasta de frutas siguió caminando. Y entonces lo golpeó el OLOR. Comida recién hecha. Platos calientes, crujientes, chisporroteantes. Todo estaba sobre una mesa, frente a una tienda que también era la CASA de alguien. La tendera sonrió detrás del mostrador. —¿Tienes hambre? Un cliente se inclinó tanto que casi tocó la comida con la nariz. Unos niños miraban los platos repletos, y un señor mayor descansaba junto a muchas verduras verdes. —Espera. ¿Tú VIVES aquí? ¿Y también COMES aquí? ¡Yo quiero ESA casa! La casa sobre pilotes quedó olvidada al instante.
El niño con canasta de frutas dobló la esquina y se quedó petrificado. Cinco niños. Tal vez seis. Corrían debajo de una enorme casa elevada, gritando y riéndose como si fuera el mejor día de sus vidas. Un adulto estaba sentado en una banca, fingiendo que los vigilaba. Otro adulto estaba de pie, con los brazos cruzados, vigilándolos de verdad. Hasta una mascotita dormía enroscada en medio de todo el alboroto. —Es la mayor cantidad de niños que he visto en un solo lugar —dijo el niño con canasta de frutas, casi sin aliento—. ¡Yo quiero ESA casa! Una casa llena de niños significaba una casa llena de juegos.
La canasta de frutas ya pesaba bastante. Pero el niño con canasta de frutas casi no lo notó, porque bajo el sol estaba la cosa más hermosa del mundo. Fruta. ¡MONTAÑAS de frutas! Plátanos, sandías, piñas y más frutas estaban apilados, brillantes y dorados. La frutera estaba de pie detrás de su puesto, orgullosa como una reina. Un hombre estiraba la mano hacia un racimo de plátanos. Un niño en bicicleta saludó al pasar volando. —¿Tú tienes TODAS las frutas? —preguntó el niño con canasta de frutas, apretando su propia canastita—. ¿TODAS? ¡Yo quiero ESA casa!
El camino entraba ahora a la ciudad, donde las casas estaban apiladas UNAS encima de OTRAS. El niño con canasta de frutas ladeó la cabeza. En una ventana, muy por encima de la calle, una mujer estaba sentada frente a una máquina de coser. A su lado, un niño observaba cada puntada. Unas prendas colgaban de un perchero. Un cartel de moda alegraba la pared. En aquel cuartito, cada rincón tenía una tarea. —¿Tú puedes HACER ropa? ¿Así, lo que tú quieras? —preguntó el niño con canasta de frutas, pegando la cara contra el edificio—. ¡Yo quiero ESA casa! ¿Una casa donde podías coser tu propia capa? Sin duda, la mejor hasta ahora.
Entonces llegó el rugido. Era un rugido grave, gruñón, de motor. Salía de un garaje abierto, metido justo debajo de una casa. Adentro, un hombre estaba agachado junto a la motocicleta más grande que el niño con canasta de frutas había visto en su vida. Las herramientas colgaban en hileras perfectas por las paredes. Afuera, un niño rodaba una llanta por el suelo, y un perrito miraba moviendo la cola. —Una motocicleta. Dentro de tu CASA. —El niño con canasta de frutas bajó la canasta. Esto era cosa seria—. ¡Yo quiero ESA casa! La quiero MÁS QUE TODAS LAS OTRAS CASAS.
Y ese era el fin de la historia. Respuesta final. Sin duda alguna. Cien por ciento. Hasta que el camino se quedó sin tierra y se convirtió en agua. Allí, flotando sobre el mar liso como un espejo, había una CASA. Una casa de verdad, con techo, porche y todo, meciéndose sobre las olas como si la gravedad no le importara. Tres niños eran dueños de toda la cubierta. Uno colgaba una red de pescar por encima del barandal. Otro estaba sentado con los pies sobre la orilla. Otro estaba parado entre macetas con plantas. Un botecito de remos golpeteaba a un costado. —¡ESO NO ES JUSTO! —gritó el niño con canasta de frutas—. ¡Yo quiero ESA casa! ¡Puedes PESCAR desde tu CUARTO!
—Y por eso —dijo la maestra, dando golpecitos en el pizarrón con su puntero—, cada hogar es especial. El niño con canasta de frutas estaba sentado en su pupitre. Los mangos ya habían sido entregados hacía rato. Ahora miraba las fotos clavadas en el pizarrón: la casa sobre pilotes, la casa flotante y la gran casa familiar elevada. Todas estaban allí, una junto a la otra. Por todo el salón, las manos se dispararon al aire. —¿Qué hogar elegirían USTEDES? —preguntó la maestra. Cada manita apuntaba a una foto distinta.
—¿Y bien? —sonrió la maestra, mirando directamente al niño con canasta de frutas—. Tú los visitaste todos. ¿Cuál es TU favorito? El niño con canasta de frutas miró la casa sobre pilotes, alta y valiente. Miró la tienda con sus platos chisporroteantes. Miró la gran casa familiar tan ruidosa. Miró el puesto de frutas bajo el sol. Miró el apartamento pequeño con su fábrica de capas y su máquina de coser. Miró el garaje de la motocicleta. Miró la casa flotante sobre las olas. —Fácil —dijo el niño con canasta de frutas—. Yo quiero ESA. Y esa. Y esa. Y esa y esa y esa y ESA. Todo el salón se rió. Pero la verdad, ¿saben qué? Todos sentían exactamente lo mismo.