Yo quiero el sol Nivel 71
Palabras de Práctica
Pronombres personales: yo, tú, él/ella, nosotros, ustedes, ellos/ellas.
A Lina no le gusta nada el cielo de su pueblo. No es un cielo de verdad: es gris, es triste y huele feo. Un humo espeso sale de la gran fábrica, rueda sobre los tejados cada mañana y nunca se va. Lina mira hacia arriba. Allá, detrás de todo ese gris, tiene que haber algo azul. Ella lo ha visto en fotos. Dos perritos trotan por el camino con el hocico bien bajo. Ni ellos miran el cielo.
—Papá —dice Lina—, ¿el cielo siempre fue así de gris? Su papá para de caminar y mira hacia arriba. —Cuando yo era niño, el sol nos brillaba encima todos los días. Lo sentías en la cara, calientito como una manta. —Yo quiero eso —dice Lina. —Yo también, mi niña. Papá suspira y sigue caminando. Pero Lina no suspira. Ella hace un plan.
Lina sube hasta la cima de la colina más alta del pueblo. Allá abajo, las fábricas tosen humo como dragones viejos y gruñones. La nube gris cubre cada casa y cada calle. Pero allá arriba el humo se hace delgado. Más y más delgado. Y entonces… ¡Luz de sol! Luz de verdad, calientita sobre la piel, le llega a Lina justo en la cara. Ella abre los brazos y se ríe. —¡Estás ahí arriba! —le grita al cielo—. ¡Yo lo sabía!
Lina entra de golpe al taller de su papá. Hay herramientas en todas las paredes. Engranajes, hélices y tablones cubren el suelo. Es un desorden glorioso. —Tengo que subir por encima del humo —dice, y agarra un puñado de engranajes—. Voy a construir un avión. Mete el primer engranaje en un armazón de madera. Luego otro. Luego cinco más. Nunca ha construido un avión, pero ¿qué tan difícil puede ser?
Muy difícil, resulta ser. El avión de Lina despega de la colina como un cohete. Por tres segundos, ella vuela. Entonces el ala izquierda se tambalea. Después, el ala derecha. Y después el avión entero se deshace como un estornudo. Lina cae sobre el árbol más alto de la colina. Queda colgada de una rama, con hojas por todas partes y un engranaje atorado en el pelo. —Bueno —dice, y baja rama por rama—. El primer avión sale mal. El próximo, no.
Esta vez, Papá ayuda. —Alas más anchas —dice él, y atornilla dos bien resistentes. —Engranajes más ajustados —dice Lina, y encaja cada uno hasta que la hélice gira suave y potente. Sin tambaleos. Sin traqueteos.
La noticia corre rápido, y medio pueblo sale a mirar cuando Lina sube su avión nuevo por el camino. —¡La vez pasada se estrelló! —dice alguien. A Lina no le importa. Ella se sube al asiento y se aferra al armazón. Papá se acerca y le tiende un casco de vuelo. —No vuelvas sin el sol —dice él. Lina se pone el casco. —No voy a volver hasta que lo encuentre.
La hélice ruge. Las ruedas brincan sobre el borde del acantilado. Y entonces, solo aire. ¡Lina vuela! De verdad, esta vez sin árboles. Ella grita de alegría y saluda a la multitud allá abajo. Papá salta y salta. El pueblo entero la aclama. Lina apunta la nariz del avión bien arriba y sube. A través del gris. A través del mal olor. A través del humo espeso, más y más alto, hasta que…
Lina atraviesa las nubes y entra en una luz dorada. Y ahí está el Sol. Pero no es solo luz: es una cara enorme, redonda y brillante. Se llama Ciro, y la mira directo a ella. —¡Por fin! —grita Ciro—. ¡Llevo años gritando aquí arriba y nadie me oye con todo ese humo! Lina parpadea. —¿Tú… tú puedes hablar? —¡Claro que puedo hablar! —responde Ciro—. Lo que no puedo es pasar. El humo de la fábrica lo bloquea todo. Si ustedes no limpian ese humo, mis rayos nunca van a llegar a tu pueblo.
Lina vuela a casa tan rápido que la hélice chilla. Aterriza en medio del pueblo, se trepa encima de su avión y grita: —¡Conocí al Sol! ¡Se llama Ciro, y dice que el humo lo bloquea todo! Tenemos que arreglar esto. Todos nosotros. ¡Ahora mismo! Por un segundo, nadie se mueve. Después una persona toma una pala. Luego otra. Luego todos. Plantan árboles junto al río. Limpian el agua. Cavan y cargan y barren, hombro con hombro, hasta que les duelen los brazos y el humo se hace más delgado.
Y una mañana, el Sol logra pasar. No un rayito pequeño. Ciro entero brilla hacia abajo con la sonrisa más grande que Lina ha visto jamás. —¡Ahí están! —grita Ciro desde el cielo—. ¡Ay, cómo los extrañé a todos ustedes! Una luz calientita inunda el pueblo. Los niños corren a la playa y se meten al agua entre chapuzones. Lina se queda en la arena junto a Papá y observa a sus vecinos reír y nadar. Papá le pone una mano en el hombro. —Tú lo trajiste de vuelta.
—Papá —dice Lina a la mañana siguiente. Está parada junto a un avión nuevecito, con el casco puesto y la hélice ya girando. Un plan enrollado descansa a sus pies—. Hay otros pueblos con cielos grises. Ya lo averigüé. Papá sonríe. Pone las dos manos sobre la nariz del avión y se inclina hacia ella. —Entonces más vale que vayas a contárselo. Lina agarra la hélice y sonríe de oreja a oreja. Ella tiene un sol que entregar.