¡Yo no limpio! Nivel 71
Palabras de Práctica
Pronombres personales: yo, tú, él/ella, nosotros, ustedes, ellos/ellas.
A Lalo le encantaba su casa de ladrillos más que cualquier otra cosa. Él la cuidaba como si fuera un tesoro. Cada mañana, Lalo pulía los pisos, sacudía el polvo de los estantes y alineaba sus libros perfectamente derechos. —Una casa limpia —decía Lalo— es una casa feliz. Momo cruzó los brazos y gruñó. —La suciedad está bien.
Polo era todavía peor. Él sonreía cada vez que Lalo hablaba de limpiar. Lalo le pasó un trapeador. Polo lo dejó caer. Lalo le pasó un paño. Polo también lo dejó caer. Luego Polo se encogió de hombros con sus grandes manos anaranjadas y sonrió como si acabara de hacer algo muy ingenioso. —Limpiar —anunció Polo— no es lo mío.
Lalo miró las encimeras pegajosas. Miró las huellas de botas embarradas. Miró el montón de migas donde Polo había estado comiendo pan tostado encima de la alfombra. Otra vez. Lalo apretó su escoba tan fuerte que sus nudillos quedaron más blancos que su calavera. —Está bien —dijo él—. ¿Ustedes dos no quieren limpiar? Entonces se acabó: yo ya no limpio para ustedes. Buena suerte.
Momo y Polo vieron a Lalo salir por la puerta dando zancadas. Ellos se miraron el uno al otro. Luego miraron el patio soleado. —¡Ya no hay que barrer! —dijo Polo. —¡Ya no hay que fregar! —dijo Momo. Los dos se dejaron caer sobre el pasto y se relajaron como reyes. Nada de tareas. Nada de Lalo regañando. La vida era hermosa.
El primer día, un calcetín se pegó al piso. No era para tanto. El segundo día, algo en la cocina empezó a oler mal. Momo lo olfateó y se encogió de hombros. Para el tercer día, la mugre era tan espesa que se podían dejar huellas en ella. Momo miró la suciedad que rezumaba alrededor de sus zapatos y sonrió. —¡Todavía está bien!
No estaba bien. No estaba bien para la casa, ni para el piso, ni para ellos. Los pisos pegajosos se volvieron más pegajosos. Luego se volvieron... crujientes. Formas pequeñas y extrañas correteaban entre las sombras. Patitas diminutas tamborileaban sobre las tablas del piso en la oscuridad. Pececillos de plata. Decenas de ellos. Escabulléndose por la mugre como si fuera una autopista.
A Momo le rugió el estómago. Él estiró la mano hacia la última rebanada de pastel sobre la encimera. Bzzzzzzz. Moscas. Una nube espesa y zumbante de ellas, justo entre Momo y su almuerzo. Momo volvió a estirar la mano. Las moscas se acercaron en enjambre. Momo se abalanzó. Las moscas llegaron primero. —¡Oye! —gritó Momo—. ¡Ese pastel es mío!
Polo por fin recogió el montón de ropa que había dejado en el piso hacía tres días. Algo se movió debajo. Algo oscuro. Algo con patas. Muchísimas patas. Las arañas brotaron de la grieta en la pared como un río negro y peludo. Polo trastabilló hacia atrás, agitando los brazos. —No. No. No. No.
Las mascotas hicieron todo lo posible. Saltaron. Persiguieron. Manotearon. Pero por cada bicho que atrapaban, aparecían diez más. Pececillos de plata en los estantes. Moscas en la comida. Arañas en los calcetines. Una criatura enorme de color rosa brillante estaba sentada justo en medio del piso como si fuera la dueña del lugar. Momo y Polo se miraron. —Nosotros necesitamos a Lalo.
Lalo estaba parado en el umbral, con el arco al hombro, sonriendo con la sonrisa más grande que su calavera había sonreído jamás. —Así que —dijo despacio— la suciedad está bien, ¿no? Momo se quedó mirando sus zapatos. Polo se quedó mirando el techo. —Yo ayudo —dijo Lalo—. Pero de ahora en adelante, limpiamos todos. Nada de holgazanear. ¿Trato? Momo agarró un trapeador. Polo agarró un paño. Y esta vez, nadie dejó caer nada.