¡Una figura blanca y enorme! Nivel 81
Palabras de Práctica
Adjetivos (concordancia con el sustantivo): el adjetivo concuerda en género y número con el sustantivo.
Mi hermano Mateo lo ve primero. —¡Allá arriba! —grita, y apunta con el dedo al cielo—. ¡Hay un hombre en las nubes! Mi hermana Camila entrecierra los ojos. Yo soy Lluvia, la hermana grande, y también miro. Y sí: una figura blanca y enorme flota justo arriba de nosotros. Nos saluda con la mano, como si nos conociera de toda la vida.
Nos dejamos caer en el pasto para ver mejor. Mateo se acuesta boca abajo, con la barbilla apoyada en las manos. Camila se sienta muy derecha, con los ojos redondos como monedas. Yo me estiro boca arriba y observo cómo las nubes pasan y cambian de forma. El hombre de nube ya no está. —A lo mejor es tímido —susurra Camila. Hasta los suricatos del campo se quedan muy quietos, como si también estuvieran esperando.
Entonces el hombre de nube reaparece, ¡y trae a una amiga! Dos figuras de nube, un hombre y una señora, saltan y giran por el cielo. Patean sus piernas blancas. Mueven sus brazos suaves. ¡Están bailando una jiga! —¡Ay, esta me la sé! —Me levanto de un salto y bailo con ellos, con los brazos por el aire. La gatita que está a mis pies brinca también. La verdad, más bien se cae, pero le doy puntos por intentarlo. En el cielo, las nubes bailan igual que yo. ¿O soy yo la que baila igual que ellas?
Las figuras de nube dejan de bailar. Plantan sus pies enormes, echan la cabeza hacia atrás y cantan. Claro que no baja ningún sonido. Pero tienen la boca muy abierta y los brazos extendidos, y se nota que es la canción más ruidosa y más ridícula en la historia del cielo. Mateo se incorpora y señala. —¡Están cantando ópera! Algo así como ¡aaaah-la-la-laaaa!
Entonces el cielo entero se llena. Tamboreros de nube. Trompetistas de nube. Una banda de nube completa nos sonríe desde arriba. Y esta vez sí lo sentimos de verdad: un bum bum bum profundo que hace vibrar la tierra bajo nuestros pies. —¡A bailar! —grita Camila, y nadie se lo hace repetir. Mateo brinca. Camila gira. Yo pateo las piernas tan alto que casi pierdo un zapato. Hasta los suricatos se mueven al ritmo, y no me lo estoy inventando.
El tamborero toca más fuerte. Y más fuerte. El cielo se pone gris, luego morado, luego casi negro. El bum alegre se convierte en un estruendo de trueno que me hace temblar los dientes. —Eh... —dice Camila, y estira la mano. Gotas gordas de lluvia le golpean la palma—. Creo que la banda está enojada. —Las bandas no se enojan —dice Mateo. Pero le tiembla la voz.
—¡Corraaaan! —grito. Salimos disparados hacia la casa. Camila va al frente, porque Camila siempre es la más rápida. Mateo mueve los brazos como un pingüino muy decidido. Yo me resbalo dos veces, pero sigo corriendo. La puerta está abierta, y una luz dorada se derrama hacia afuera como si nos llamara a casa. Dos perros corren junto a nosotros, porque parece que todos quieren entrar. Entramos justo cuando el cielo suelta su estruendo más grande de todos.
Nos quitamos los zapatos empapados de una patada. Plaf. Plaf. Plaf. Seis zapatos mojados junto a la puerta. Mateo agarra una toalla y la gira por encima de la cabeza. —¡Yo soy el hombre de nube! —grita. —¡Yo soy la señora de nube! —Camila hace girar su toalla roja y casi tira una lámpara. Yo ondeo mi toalla azul como una bandera. —¡Yo soy la banda de nube entera! Bailamos, chorreamos agua y reímos hasta que el piso queda hecho una piscina.
Mamá y papá nos encuentran en plena función. —¡Había gente de nube! —anuncia Mateo, y abre bien grande la boca para demostrarlo—. Y cantaban así. —Toma el aire más grande que puede y suelta un sonido que es más que nada un grito. —Bailaron una jiga —digo yo, bailando una jiga. —¡Había una banda entera! —dice Camila—. Con tambores y todo. Mamá junta las manos y ríe. —Oímos los truenos... ¡pero nos perdimos el concierto!
—No por mucho tiempo —dice papá. Desaparece y vuelve con su tambor grande. Bum. Bum-bum. Mateo agarra una olla. ¡Clan, clan, clan! Camila encuentra un sartén. ¡Pum, pum, pum! Mamá me toma de las manos y brincamos por toda la cocina como los bailarines de nube, girando y riendo. Es más ruidoso que la tormenta. Es más disparatado que las nubes. Y por un minuto perfecto y ruidoso, somos la mejor banda del mundo. Bueno. La mejor banda de la sala. Es lo mismo.
Más tarde, cuando la casa queda en silencio y la luna cuelga bajita afuera de la ventana, me asomo entre las cortinas una última vez. Ahora las nubes son plateadas, suaves y quietas. Y justo ahí, entre dos de ellas, el hombre de nube descansa boca arriba con los ojos cerrados. Los brazos cruzados. Los pies en alto. Profundamente dormido. —Buenas noches, hombre de nube —susurro. Luego me meto en la cama junto a Mateo y Camila, y también cerramos los ojos. En algún lugar allá arriba, apuesto a que sueña con nosotros.