¡Un zombi con hambre! Nivel 52
Palabras de Práctica
H muda a profundidad: uso de la h en palabras de uso frecuente.
Mis dos aldeanos siempre se alejan de la casa. ¡Siempre! —No se acerquen a la cueva —les digo. Pero mis aldeanos no me hacen caso. ¡Nunca! El río los arrastra hasta el fondo. Ahora están atrapados en una cueva de piedra, con agua hasta las rodillas. Uno estira las manos hacia arriba y pide ayuda. Pero la cueva es angosta y el agua es fuerte. Están muy lejos de su hogar.
Algo se mueve en la oscuridad. ¡Un zombi salta desde la sombra! Agarra al aldeano que está más cerca. Un rasguño. Una mordida. Así, sin más. El segundo aldeano retrocede con paso torpe, pero no logra escapar. Unas manchas verdes cubren su piel como pintura. Otro zombi observa desde el fondo y gime. Tiene hambre. ¿Y mis dos aldeanos? Sus ojos quedan vacíos. Su piel se vuelve verde. Ahora ya no son mis aldeanos.
Uno de los zombis camina hacia la entrada de la cueva. Pisa la luz del sol y ¡fuush! Unas llamas naranjas lo queman. Mis aldeanos zombis no se mueven. Se quedan ahí, en lo hondo de la sombra, con sus ojos vacíos y sin color. El sol es peligroso para ellos. Están atrapados. Tengo que sacarlos de ahí. Pero ¿cómo salvas a alguien que te quiere morder la cara?
Corro a mi taller y busco en todas las cajas del estante. Verruga. Zanahoria dorada. Pólvora. ¡Sí! Meto todo en el soporte para pociones. La mezcla burbujea, chispea y se vuelve de un verde muy sospechoso. Huele a calcetín y a esperanza. —Tiene que funcionar —susurro. Porque solo tengo ingredientes para un intento.
La cueva está muy oscura. Entro sin hacer ruido, con una botella de vidrio en cada mano. Inhalo y exhalo, muy lento. Ahí están. Dos aldeanos zombis en el suelo de piedra helado. Gimen bajito, uno apoyado en el otro. Levantan la cara y me miran con esos ojos vacíos. —Perdón por sus cabezas —digo. Y lanzo las dos pociones con fuerza. ¡Pum! ¡Pum! La cura les salpica las cabezas verdes.
¡Funciona! ¡De verdad funciona! El verde desaparece. El ruido para. Y mis dos aldeanos están ahí: parpadean, sonríen y están muy pero muy vivos. Llenan la mesa de esmeraldas y zanahorias doradas. ¡Mi hogar está feliz otra vez! —Vaya —digo, y guardo esmeraldas en el bolsillo—. Ahora quiero saber si hay más aldeanos zombis por ahí que necesiten un rescate. Mis aldeanos dejan de sonreír.