¡Un Hombre del Fin! Nivel 63
Palabras de Práctica
Palabras esdrújulas: acento en la antepenúltima sílaba; siempre llevan tilde.
Puerco Pepe frenó tan rápido que casi perdió los lentes. —¡Un Hombre del Fin! —gritó, con el brazo hacia la cueva—. ¡Ahí! ¿Lo ves? ¡Alto, oscuro y con ojos de luz! El niño dio un paso atrás. Puerco Pepe dio un paso adelante. Era un plan básico.
Esa noche, Puerco Pepe oyó algo afuera de la casa. Salió, y allí estaba el Hombre del Fin, quieto como una sombra. Una luz azul subió al cielo. Los ojos morados del Hombre del Fin ardían. —¿Por qué está tan bravo? —dijo Puerco Pepe bajito. Quiso mirar a otro lado. De verdad quiso. Pero a Puerco Pepe le costaba mirar a otro lado.
A la mañana, Puerco Pepe no tenía calma. —No entiendo —dijo—. ¿Por qué el Hombre del Fin toma bloques? ¿Adónde los lleva? ¿Cuál es el sentido? El niño alzó los hombros.
De cerca, el Hombre del Fin era más alto. Mucho más alto. Altísimo. Las rodillas de Puerco Pepe temblaban, pero claro: era por el frío. —No mires sus ojos —dijo el niño, detrás de una roca. Puerco Pepe miró al suelo.
El Hombre del Fin no dijo nada. Ni parpadeó. Solo tomó un bloque con mucho cuidado, lo puso bajo su brazo largo y, ¡fuum!, se fue con luz mágica. —¡Oye! —gritó Puerco Pepe—. ¡Te estaba hablando!
Entonces Puerco Pepe se quedó callado. Miró el lugar donde el Hombre del Fin había estado. El Hombre del Fin tomó el bloque con cariño, no como un ladrón. —Ay —dijo Puerco Pepe—. Ay, ay, ay. Miró al niño.
Puerco Pepe entendió la última parte. Hace mucho, un dragón llegó al End. Un dragón de verdad, grande y oscuro. Tapó el cielo. Rompió todo lo que los Hombres del Fin habían hecho. Cada bloque. Cada muro. Cada casa.
Puerco Pepe puso el hocico contra la cerca y miró al Hombre del Fin. Estaba solo en el camino. Luces moradas saltaban a su lado. Puerco Pepe hizo un oinc triste. —Tiene miedo —dijo bajito—. Miedo como yo esa noche. No grita por bravo. Grita porque quiere entrar.