¿Un amigo para Pinchín? Nivel 55
Palabras de Práctica
Grupos consonánticos con r (continuación): pr, tr, tl.
Pinchín es un cactus y busca un amigo. Hoy es el día, lo siente en las espinas. Pronto se acerca a un grupo de árboles. —¡Hola! ¡Soy Pinchín! ¿Quieren un abrazo? Los árboles se miran y se ríen. —¿Un abrazo? ¿De ti? ¡No, gracias!
¿Llora Pinchín? ¡Para nada! Se aleja a brincos, sin prisa y con una gran sonrisa. Va tarareando una canción que él mismo inventa: alguien lo va a querer muy pronto.
Pinchín ve un naranjo solito. —¡Hola! ¿Quieres charlar conmigo? El naranjo lo mira serio. —No. Vete de aquí. Pero eso no es un problema para Pinchín. Él sigue su camino.
Pinchín encuentra un banano de grandes hojas verdes. —¡Hola! ¿Quieres ser mi amigo? El banano le ve las espinas y grita: —¡Punzante! ¡Punzante! Dos plantas salen con prisa a través del jardín. —Bueno —dice Pinchín—. Tal vez sí soy un poquito punzante.
Pinchín ya tiene práctica en esto de buscar amigos. Prueba con un mango y con un arbusto de guayaba. Los dos suspiran. —Tú eres ese espinoso que busca abrazos. No nos toques, por favor. Pinchín se aleja despacio. Su canción se calla.
Solo queda una planta: un papayo gigante. Pinchín cruza el jardín tropical y lo mira desde abajo, muy quieto. —Tú eres Pinchín —dice el papayo—. El que busca un amigo. Pues yo no me asusto tan fácil.
El papayo abre sus grandes hojas, como dos brazos abiertos. —Nadie te da una oportunidad. Eso no es justo. Ven, siéntate conmigo, Pinchín. Pinchín abre los ojos, sorprendido. —¿De verdad? —De verdad. Y Pinchín siente que su canción tiene razón.
Charlan un buen rato. Pinchín cuenta chistes. El papayo cuenta historias del viento y de la lluvia. De pronto, ¡pum! Una espina de Pinchín pincha una hoja. —¡Ay! —grita el papayo—. ¡Esa era mi hoja!
El papayo se aparta con prisa. Sus grandes hojas tiemblan. —¡Fuera de aquí, Pinchín! Busca un amigo al que no puedas lastimar. —¡Fue sin querer! Pinchín no dice más. Se aleja a saltitos, pequeño y callado.
Pinchín se sienta solo en el jardín vacío. Ni árboles. Ni arbustos. Nadie. Se mira las espinas y piensa. —Un momento —susurra—. Busco un amigo que no sea espinoso. ¡Ese es el problema! ¿Y si necesito un amigo espinoso como yo?
Pinchín cruza el camino y avanza a través de las dunas secas. Allí, en la arena, ve una bola café llena de espinas. Es César, un arbusto espinoso. —Vaya —dice Pinchín—. Tú sí eres punzante. —Tú sí eres punzante. —¿Quieres un abrazo? —¡Sí! —responde César—. ¡Al fin alguien lo pregunta!
Se abrazan. ¡Y nadie dice ay! Los dos trepan las dunas juntos, cantando a dúo y contando historias. Y entre canción y canción, a Pinchín le crece una flor, justo encima de la cabeza. Él ni lo nota. Está demasiado ocupado riéndose con su amigo.