Tito y la cuerda negra Nivel 81
Palabras de Práctica
Adjetivos (concordancia con el sustantivo): el adjetivo concuerda en género y número con el sustantivo.
Tito el ratón había encontrado la casa perfecta. La ventana estaba abierta, el cuarto estaba oscuro y, mejor todavía, no había ni un alma en casa. —Ni gatos grandes —susurró Tito, olfateando el aire quieto—. Ni perros ruidosos. Ni personas despiertas. Avanzó con cuidado por el borde angosto de la ventana y se asomó al cuarto vacío. —Solo yo.
Tito saltó al escritorio de madera y empezó a explorar. Vio lápices largos, papeles sueltos y una pantalla grande que brillaba en la oscuridad. Entonces la vio: una cuerda gruesa, negra y gomosa que cruzaba todo el escritorio. —Ooooh —dijo Tito, agarrándola con sus dos patitas pequeñas—. Con esta cuerda podría amarrar mi puerta. Con esta cuerda podría sujetar mis cortinas. ¡Esta podría ser la mejor cuerda que he encontrado en mi vida! Tito jaló. Estiró. Tiró con todas sus fuerzas.
La cuerda negra no se movió ni un poquito. Así que Tito hizo lo que haría cualquier ratón sensato y hambriento. La mordió con sus dientes filosos. ¡Crac! —¡Ay! —gritó una vocecita enojada—. ¡Ay, ay, ay! ¡Esa es mi cola, tremenda cabeza de nuez!
Tito se dio la vuelta de golpe. Ahí, sobre el escritorio, había una cosita redonda y muy enojada, con un cable por cola. —Me llamo Clic —anunció la cosita redonda—, y soy un ratón. Tito se quedó mirándolo. Clic no tenía bigotes finos. Clic no tenía patas rápidas. Clic no tenía ni hocico puntiagudo.
—¡Claro que soy un ratón! —dijo Clic—. ¡Yo hago clic! ¡Yo me deslizo! ¡Puedo encontrar cualquier cosa en internet! ¿Tú puedes hacer eso? —Yo puedo roer una pared dura de lado a lado —dijo Tito. —Pues yo puedo abrir cuarenta y siete pestañas al mismo tiempo —dijo Clic, muy orgulloso.
—Está bien —dijo Tito—. ¿Puedes conseguirme comida? No he comido nada desde el martes. —¡Facilísimo! —dijo Clic. —Y el gato —añadió Tito en voz baja—. Hay un gato en esta casa. Uno grandote, pesado y peligroso. ¿Puedes ayudarme a esconderme del gato?
Entonces Tito lo oyó. Un ronroneo grave y retumbante. Luego llegó el suave pum, pum, pum de unas patas enormes. El gato había llegado. No era un gato pequeño. Era de esos gatos que miran a los ratones como Tito miraba al queso. Sus ojos amarillos brillaban. Sus garras blancas repiqueteaban sobre el escritorio. —¡Clic! —chilló Tito, retrocediendo a tropezones—. ¡Clic, haz algo!
El gato se abalanzó. Tito esquivó a la izquierda. El gato dio un zarpazo fuerte. Tito esquivó a la derecha. —¡Clic! ¡Dijiste que ayudarías! ¡Dijiste que el gato saldría corriendo! —¡En eso estoy! —gritó Clic—. ¡Dame dos segundos!
Entonces la pantalla se encendió. Y el perro más grande, más ruidoso y más feroz que Tito había visto en su vida salió ladrando de las bocinas. —¡Guau! ¡Guau! ¡Guau! El gato se quedó congelado. Abrió sus ojos amarillos como platos. El pelo gris se le erizó como un plumero. Después salió disparado del escritorio, cruzó la puerta y se fue del cuarto tan rápido que dejó marcas de frenazo en el piso.
Tito levantó a Clic y abrazó a ese ratoncito raro y bobo con tanta fuerza que su cable azul se balanceó de un lado a otro. —Tú —dijo Tito— eres el ratón más extraño que he conocido en mi vida. —El mejor ratón —dijo Clic.