¡Tengo el mejor chiste! Nivel 84
Palabras de Práctica
Anglicismos y préstamos lingüísticos: reconocer palabras tomadas del inglés y otros idiomas.
El Dr. Sí Puede tenía un problema. Un problemón grande, terrible y muy serio. Tenía el mejor chiste de Navidad del mundo entero, y nadie lo había escuchado todavía. Para él, no era un chiste cualquiera: era un show completo, con preparación, pausa y remate. —Este año —dijo, parado afuera bajo el sol ardiente del verano— voy a contar mi chiste en la cena de Navidad, y todos se van a reír tanto que se les caerán los gorros de papel.
Pero primero, la playa. Lila ya estaba a la orilla del agua, quitándose las botas. Mina se había lanzado directo al mar sin esperar a nadie, con su cabecita blanca subiendo y bajando entre las olas. El Dr. Sí Puede no pudo resistirse. Un buen chiste, como un buen sándwich, no debía guardarse demasiado tiempo. —¡Lila! ¿Por qué el mar siempre te saluda?
En la plaza de Canville, un enorme árbol de Navidad brillaba con luces de colores. Alrededor había regalos gigantes apilados por todos lados, como si Santa hubiera dejado allí todo su stock. El Mago estaba junto a Lila, con cara de estar muy satisfecho consigo mismo. El Dr. Sí Puede respiró hondo e intentó de nuevo. —¿Qué desayunan los muñecos de nieve?
El Mago encontró un regalo azul de Santa justo a sus pies. Lo miró con una sonrisa enorme, como si se hubiera ganado la lotería. —¿Ven? —dijo—. Portarse bien tiene su recompensa. —¡Te robaste mi chiste hace cinco minutos! —dijo el Dr. Sí Puede.
La cena de Navidad llegó. Gorros de papel puestos. Velas encendidas. Platos llenos. El Dr. Sí Puede jaló una sorpresa de Navidad, desdobló el papelito con el chiste y se aclaró la garganta como si fuera a dar un discurso importantísimo. —¿Por qué el esqueleto no fue a la fiesta? Hizo una pausa. Miró alrededor de la mesa. Abrió la boca para soltar el mejor remate de toda su carrera.
Lila estaba acostada en su cama con la panza llena de jamón navideño, sonriendo en la luz cálida del cuarto. Pensó en los chistes de las sorpresas. Pensó en la cara de su papá cada vez que ella le ganaba el remate. Pensó en cómo su enojo de mentiras era más gracioso que cualquier chiste del mundo. Entonces susurró en la oscuridad: —Oye, papi... Toc toc.