¡Sigue ese olor! Nivel 84
La nariz de Tipín se despierta antes que ella. Algo pasa afuera. El aire huele frío, limpio y salvaje, como si el cielo se hubiera lavado de noche. Tipín salta de la cama, pega la nariz contra la ventana y abre bien los ojos. Del cielo caen copos blancos. Muchos, muchísimos copos. —Nieve —susurra Tipín. Y luego, más fuerte—: ¡Nieve!
Tipín encuentra a Gata Malcriada hecha una bolita junto al farol, ronroneando suavecito. —¡Despierta, despierta, despierta! —Tipín brinca sin parar—. ¡El cielo está haciendo algo! ¡El aire huele distinto! ¡Todo está gris, extraño y maravilloso! Gata Malcriada abre un ojo. Luego lo cierra. —Tipín. Afuera está oscuro. Oscuro significa dormir. —¡Pero algo está cayendo del cielo! Gata Malcriada suspira, largo y lento. —Está bien. Pero si esto es solo otra nube, me vuelvo a la cama.
Salen afuera y el mundo entero está blanco. Nieve en cada tejado. Nieve en cada rama. Nieve espesa y suave que se posa justo en la punta de sus narices. Puerco Pepe ya está ahí, con una sonrisa enorme. —¡Decoraciones de Navidad! —dice, señalando la casa con luces del otro lado—. ¡Necesitamos luces, necesitamos guirnaldas, necesitamos todo!
Tipín se pone a trabajar. Rueda una bola de nieve, luego una más grande, luego otra más grande todavía, y las apila para formar un muñeco de nieve. Da un paso atrás. La cabeza se desliza un poquito hacia un lado. Le da unas palmaditas. Se desliza un poco más. —Eres perfecto —le dice con firmeza. Entonces su nariz tiembla. Debajo del olor frío y limpio de la nieve llega algo más. Algo dulce. Algo cálido, como canela y jengibre. Tipín olfatea una vez. Dos veces. Tres veces. ¿De dónde viene eso?
Puerco Pepe está parado bajo el gran árbol de Navidad, ahora cubierto de luces de colores. Rosadas, azules, moradas y verdes, todas brillando contra la nieve que cae. —Gata Malcriada me puso a cargo de las luces —dice Puerco Pepe con orgullo—. ¿Qué les parece? —Hermoso —responde Gata Malcriada. Luego mira el muñeco de nieve de Tipín y resopla—. La cabeza se le cae de lado. Parece un gnomito.
Tipín levanta bien alto la nariz y olfatea el aire de invierno. Ahí está otra vez. Azúcar caliente. Jengibre. Algo se hornea en algún lugar, más allá de la cabaña, allá afuera en la nieve. La pancita le ruge tan fuerte que Puerco Pepe pega un salto. —¡Por allá! —Tipín señala las colinas—. El olor viene de allá. ¡Estoy segura!
Tipín no espera. Nunca espera cuando su nariz sigue una pista. Baja rapidísimo por la colina nevada, con las patas crujiendo sobre el polvo blanco, siguiendo ese rastro dulce como si un hilo la jalara hacia adelante. Y al pie de la colina, brillando cálida y dorada en la nieve, está la cosa más asombrosa que ha visto en su vida. Una casita de jengibre. Una de verdad. Con glaseado en el techo, dulces en las paredes y un letrero sobre la puerta que dice «Bienvenidos». A Tipín se le abre la boca. Mira hacia lo alto de la colina, donde Gata Malcriada y Puerco Pepe observan. Gata Malcriada sonríe. No una sonrisita. Una sonrisa enorme, de oreja a oreja, de esas que dicen «sé algo que tú no sabes».
Gata Malcriada abre bien los brazos y atrae a Tipín y a Puerco Pepe en un abrazo tan apretado que los dos chillan. —La construí yo —dice, con la sonrisa más pícara del mundo—. Mientras ustedes apilaban bolas de nieve y arreglaban luces, yo horneaba la sorpresa de Navidad más grande de todo el vecindario. ¡Feliz Navidad! —¿Tú hiciste eso? —Tipín se queda mirándola—. ¡Pero dijiste que mi nieve era solo otra nube! ¡Dijiste que no valía la pena salir! Gata Malcriada se encoge de hombros. —De algún modo tenía que sacarte de la cama. Necesitaba tiempo para terminar el glaseado. Y ahí, bajo el suave resplandor de las luces de Navidad, con la nieve cayendo a su alrededor, Tipín decide que la casita de jengibre de Gata Malcriada es la mejor cosa que ha olido en toda, toda su vida.