¡Sení quiere jugar! Nivel 79
Palabras de Práctica
Oraciones simples, compuestas, principales y secundarias: una cláusula vs varias; principal y subordinada.
Sení vive bajo la tierra con su familia. Su mamá siempre le dice que el mundo de arriba no está listo para él. Pero hoy es su cumpleaños, y Sení tiene una promesa en el corazón. —Hoy voy a encontrar un amigo —susurra. Se agarra de las rocas y sale a gatas de la cueva, hacia la luz del sol. ¡Todo brilla! ¡Todo es verde! Y todo se ve tan… pequeño. Sení abre sus ojos enormes y sonríe. —Este va a ser el mejor día de mi vida.
Cerca del bosque juegan tres niños del pueblo: Dani, Lino y Dalia. De pronto, Dani ve algo que se mueve a lo lejos. Algo grande. —¡Miren! —dice en voz baja. Todos se esconden detrás del seto y espían entre las hojas. Lino abre la boca de par en par. —¿Qué… es… eso?
Sení entra al pueblo con una sonrisa de oreja a oreja. Junto a una casa ve algo maravilloso: tiene dos ruedas, un asiento y un manubrio amarillo que brilla al sol. —¡Uuuy! —dice Sení. Nunca ha visto una bicicleta. Le da una palmadita suave. Bueno, suave para un gigante. Luego saluda con la mano a la calle vacía. —¿Hola? ¿Hay alguien? ¡Yo soy muy amistoso!
Detrás del seto, a Dani le tiemblan las rodillas. —¿Es un monstruo? —pregunta. —¡Está tocando mi bicicleta! —dice Lino. Sení solo quiere hacer sonar el timbre. Pero sus dedos son del tamaño de plátanos, y la rueda se arruga como papel. ¡Crac!
Dani agarra la bicicleta y corre hacia la casa. Lino y Dalia corren detrás de él. A Sení se le encoge el corazón. —¡Esperen! —grita—. ¡No se vayan! Pero la voz de un gigante no es cosa pequeña. El grito sacude las ventanas, hace vibrar el techo y espanta a los pájaros de los árboles. Los niños corren aún más rápido. Sení se queda solo en el patio vacío. Nadie voltea a mirarlo. Ni uno solo.
Sení se mira las manos enormes. Son las mismas manos que doblan una bicicleta como si fuera una ramita. —Yo solo quiero jugar —dice. Su voz sale diminuta. Más diminuta que un ratón. Más diminuta que un susurro. Y eso es muy extraño en alguien tan grande. Entonces llegan las lágrimas. No son lágrimas pequeñas. Son lágrimas gigantes, del tamaño de manzanas, que ruedan por sus mejillas y golpean el suelo como lluvia.
Dentro de la casa, los niños se esconden juntos. Un sonido extraño tamborilea en el techo y salpica las ventanas. —¿Llueve? —pregunta Lino. Dani se acerca a la puerta y se asoma con cuidado. Caen gotas gordas del cielo, pero solo sobre el pueblo. El resto del cielo está azul y perfecto.
Dani sale de la casa y se sienta en el suelo. Da vueltas a la rueda rota entre las manos y piensa. Al borde del bosque ve una figura enorme, sentada sobre el pasto. —No es un monstruo —dice Dani en voz baja—. Es solo un niño. Un niño muy, muy grande que quiere jugar con nosotros. Y nosotros salimos corriendo. La rueda le pesa en las manos. Pero el estómago le pesa más.
Dani se acerca un poco más. Ahora ve a Sení con la cara hundida en sus manos enormes. Cada sollozo sacude los árboles, y las hojas vuelan por el aire como confeti. Pero nadie está de fiesta. —Está muy triste —dice Dani. Respira hondo. Sus piernas quieren correr en la otra dirección. Son unas piernas muy sensatas. Pero a veces hay que decirles a las piernas que se callen.
—¡Oye! —grita Dani, pasando junto a la bicicleta rota—. ¡Oye, tú, el de allá arriba! Yo soy Dani. ¿Cómo te llamas? Sení levanta su cabeza enorme. Tiene los ojos rojos e hinchados, y la nariz le chorrea como una cascada. La verdad, es un poquito asqueroso. —Sení —responde, y sorbe fuerte—. Perdón por romper tu bicicleta. Yo rompo todo. Mis dedos son demasiado grandes, mi voz es demasiado fuerte y yo soy demasiado de todo.
—¿Quieres jugar conmigo y con mis amigos? —pregunta Dani. Sení abre la boca. La cierra. La abre otra vez, como un pez dorado gigante. Esto es justo lo que desea desde esta mañana. Una sonrisa enorme se le extiende por la cara. Cierra los ojos con fuerza y aprieta los puños de alegría. Quiere saltar y gritar y hacer un baile de la victoria, pero no quiere aplastar a su nuevo amigo. —Me encantaría —susurra, tan suave como puede susurrar un gigante.
Juegan toda la tarde. Cuando el sol baja, Sení carga a sus nuevos amigos hasta la cueva de su familia para un gran banquete. Hay comida en cada repisa de roca, más de la que los niños han visto en toda su vida. —¡Guau! —dice Dani desde el hombro de Sení—. ¡Cuánta comida! Lino se sube a una roca con los brazos en alto. —¡Esto es lo mejor! —Coman todo lo que quieran —dice Sení, y sonríe—. Pero cuidado: si yo sirvo el jugo, ¡inundo la cueva! Todos ríen. Y por primera vez en su vida, Sení no se siente demasiado grande. Se siente justo del tamaño correcto.