¡Ris, ris, ris! Nivel 82
Palabras de Práctica
Repaso de diéresis (güe, güi): refuerzo en contexto de escritura expositiva.
Lía encontró la foto escondida entre un oso de peluche y una pila de libros ilustrados. La levantó con cuidado, como si fuera un tesoro de mucha antigüedad. —¡Mamá! —exclamó—. ¡Mira tu pelo! ¡Es tan corto y tan bonito! Lía puso la foto junto a su propia cara y entrecerró los ojos. Los mismos ojos. La misma sonrisa. Pero el pelo de Lía era largo y despeinado, y el de mamá era corto y perfecto.
Lía encontró sus tijeras de manualidades en la caja de arte. Eran las rojas, las de los mangos ondulados. Lía nunca había cortado pelo. Había cortado papel. Había cortado cuerda. Una vez cortó un gusano a la mitad sin querer. Perdón, gusano. ¿Qué tan diferente podía ser el pelo? ¡Ris, ris, ris! Los mechones oscuros volaron por el aire como confeti. Lía sonrió de oreja a oreja. Ya era toda una estilista.
Lía tomó su espejito azul y lo levantó bien alto. —Es hora de conocer a la nueva yo —dijo, sacudiendo la cabeza como las señoras de la tele. Respiró hondo. Sonrió poquito. Miró. Parpadeó. Volvió a mirar.
—¡Aaaaagh! Su pelo se levantaba en mechones por todos lados. Mechones grandes. Mechones chiquitos. Un pedazo cerca de la oreja estaba tan corto que casi no tenía pelo. El otro lado le colgaba como una hoja mojada. Lía sintió una vergüenza enorme. Quería pegar el pelo de vuelta con pegamento. Quería regresar el tiempo. Quería no haber agarrado esas tijeras jamás de los jamases.
En la cocina, Lía encontró un tazón con fideos sobrantes. Fideos largos, resbalosos y hermosos. —Los fideos parecen pelo —dijo—. Nadie se va a dar cuenta. Volteó el tazón boca abajo sobre su cabeza. Los fideos se le deslizaron por las orejas y le escurrieron por la nariz, con agüita tibia incluida. Agarró el espejo y se asomó.
—Los fideos son demasiado blandos —decidió Lía—. Necesito algo más firme. Encontró ejotes en el refrigerador y se los fue colocando sobre la cabeza, uno por uno, como si fueran largos cabellos salvajes. En eso entró su familia. Papá resopló. Su hermana señaló. Mamá apretó los labios con todas sus fuerzas, pero fue inútil. Los tres estallaron de risa.
—La tercera es la vencida —murmuró Lía. Agarró una bolsa de espinacas y se apiló las hojas en la cabeza como un gran sombrero verde. Las aplanó con las manos, se paró bien derechita y levantó el espejo. Detrás de ella, papá se reía tan fuerte que tenía que agarrarse la panza. Su hermana se tapaba la risa con una pelota roja. Hasta mamá tenía lágrimas en los ojos.
Se acabó. No más fideos. No más ejotes. No más espinacas. No más nada. Lía se metió detrás del gran sofá rojo y se hizo lo más chiquita posible. Si nadie podía ver su pelo, entonces su pelo no existía. Eso era pura ciencia. Además, así nadie vería su cara avergonzada. —¿Lía? —llamó mamá con voz suave desde el otro lado de la sala—. Sal de ahí, cariño.
Mamá levantó a Lía de todas formas y la llevó hasta el sofá. Papá se sentó en el brazo del sofá. Su hermana se acurrucó cerquita. —Lo arruiné —murmuró Lía—. No me parezco a ti para nada. Mamá sacó algo de su bolsillo: una diadema roja con un moñito. Se la colocó con cuidado en la cabeza a Lía y levantó el espejo.
Lía cerró los ojos y sonrió tan fuerte que le dolieron las mejillas. Pelo corto. Diadema roja. Moñito bonito. No se parecía a la vieja foto de mamá. Se parecía a Lía. Y Lía se veía increíble. Pero la próxima vez que quisiera un corte de pelo, iba a dejar que mamá se encargara de las tijeras. Y los fideos iban a quedarse en el tazón, justo donde debían estar.