¿Quién sembró el pastel? Nivel 67
Palabras de Práctica
Artículos: el, la, los, las, un, una — artículos definidos e indefinidos; concordancia de género y número.
Momo salió a darles de comer a las gallinas y se detuvo tan de golpe que casi se le despegaron los pies del suelo. La boca se le abrió de par en par. Los ojos se le pusieron enormes. Momo se quedó completamente quieto durante tres segundos enteros, lo cual, para Momo, era muchísimo tiempo. Algo le había pasado a la granja. Algo imposible.
Pastel. Pastel por todas partes. Había filas y filas de pastel blanco con el betún rojo encima, plantadas en la tierra entre el trigo, como si alguien hubiera sembrado los pasteles allí. Las hileras ordenadas iban desde la cerca hasta el otro extremo del huerto. —Yo no sembré pastel —dijo Momo despacio—. Estoy casi seguro de que las semillas de pastel no existen. —Se rascó la cabeza—. ¿O sí?
Momo sacó a rastras a Lalo y a Polo para que vieran la granja. Lalo echó un solo vistazo y gruñó. —Genial. Más trabajo. Justo lo que quería. Polo echó un solo vistazo y se deshizo de la risa. Se reía tan fuerte que todo el cuerpo le temblaba. Se reía tan fuerte que tuvo que agarrarse las rodillas. Momo miró a Lalo. Luego miró a Polo. Uno estaba muy molesto. El otro estaba viviendo la mejor mañana de su vida.
Cada uno se comió una rebanada. La verdad es que el pastel estaba delicioso. Luego empacaron el resto y lo llevaron al pueblo en una carreta. Los aldeanos los recibieron con vítores y agarraban las rebanadas con las dos manos, así que la granja quedó en buenos términos con todos. Al caer la noche, había desaparecido hasta el último rastro de betún, las ovejas estaban de vuelta detrás de la cerca, y Momo se dijo que había sido cosa de una sola vez. Una casualidad. Una casualidad muy rara y muy pastelosa.
No fue cosa de una sola vez. A la mañana siguiente, toda la granja estaba sepultada en carbón. Había trozos negros en el pasto. Había trozos negros en los cultivos. Había trozos negros amontonados contra cada poste de la cerca, hasta donde Momo alcanzaba a ver. —Una vez es extraño —murmuró Momo desde el porche, contemplando el desastre—. Dos veces es sospechoso.
Guardaron un poco de carbón para el horno. El resto fue a parar a las cajas. Otra vez. Lalo acarreó caja tras caja sin decir una sola palabra, lo cual de algún modo era peor que si se hubiera quejado. Polo no ayudó en absoluto. Estaba doblado en medio del patio, llorando de la risa. Momo lo observaba desde el otro lado de la cerca. Esa sonrisa. Esa sonrisa ridícula y resplandeciente. —Polo —susurró Momo—. Eres tú, ¿verdad?
Esa tarde, Momo encontró a Polo junto al sembradío de trigo y le lanzó La Mirada. —¡No fui yo! —dijo Polo, levantando las manos. —Tú te reías.
Muy bien. Momo lo demostraría a la antigua. Se plantó justo afuera de la puerta de Polo y montó guardia toda la noche. Tenía los brazos cruzados y los ojos bien abiertos. A cada luciérnaga que pasaba flotando le echaba una larga mirada de sospecha. Polo no salió. Ni una sola vez. Ni siquiera para ir al baño. —Te atrapé —susurró Momo—. Quédate justo donde estás.
Huevos. ¡Huevos! Bajo cada cerca. En cada cantero del huerto. Cubriendo cada camino. Toda la granja parecía la peor búsqueda de huevos de Pascua del mundo, y Momo había estado despierto toda la noche. —No fue Polo —le dijo a Lalo, con voz apagada—. Vigilé su puerta. Nunca se movió. Lalo se quedó mirando el mar de huevos. —¿Entonces quién?
Polo salió disparado por la puerta como si fuera la mañana de Navidad. —¡Huevos! —gritó—. ¡Ay, esta es la mejor de todas! Los echó en una caja, corrió a toda velocidad por el camino de piedra y entregó el cargamento entero en el pueblo antes de que Momo pudiera siquiera terminar el desayuno. Los aldeanos lo recibieron con vítores. Tres días, tres entregas. Empezaban a pensar que la granja era una especie de servicio mágico de comestibles.
Lalo ya había tenido suficiente, oficialmente. —Tres días —dijo—. Tres días acarreando pastel, carbón y huevos en lugar de hacer trabajo de verdad. Ni una cerca arreglada. Ni un cultivo atendido. Esta granja se está cayendo a pedazos por la idea que alguien tiene de lo que es una broma. Agarró su arco y marchó hacia el corral. —Esta noche, yo monto guardia. Y cuando descubra quién está detrás de esto, habrá consecuencias.
Polo estaba en su cuarto. Lalo lo había revisado dos veces. Así que, cuando una cara anaranjada y brillante apareció sobre la colina, Lalo parpadeó. Luego apareció otra. Y otra. Y otra. Seis. Siete. ¡Ocho cabezas de calabaza sonrientes! Ardían en la oscuridad y cargaban a través de los campos con los brazos abiertos de par en par y las sonrisas encendidas a todo lo que daban. Lalo tensó el arco y se preparó. —Ay, no —susurró—. Hay más como él.