¿Quién se llevó mis nueces? Nivel 81
Palabras de Práctica
Adjetivos (concordancia con el sustantivo): el adjetivo concuerda en género y número con el sustantivo.
En lo alto del árbol más viejo de la Colina Nogal había un pueblito pequeño y trabajador. Cada casa tenía el techo rojo, las paredes amarillas y una puertita oscura. Un caminito curvo de corteza bajaba serpenteando hasta el suelo. Agujeros oscuros salpicaban el tronco entre las casas, como un edificio lleno de alacenas pequeñas. Y cada una de esas alacenas le pertenecía a una ardilla muy, muy ocupada.
Pipa juntaba nueces desde que la primera hoja se puso anaranjada. Las metía en cada agujero que encontraba: una nuez redonda aquí, tres nueces lisas allá, y un montón entero en el agujero grande, junto al sembrado de calabazas naranjas. —Cuarenta y siete, cuarenta y ocho, cuarenta y nueve… —contaba en voz baja. Luego bajaba la colina a toda prisa para buscar más. El invierno frío se acercaba, y Pipa NO pensaba pasar hambre.
A la mañana siguiente, Pipa revisó su mejor escondite. Vacío. Revisó el siguiente. Vacío. Revisó todos los agujeros del tronco y todos los agujeros del suelo. Ni una sola nuez. Ni siquiera una migaja pequeña. —¿QUIÉN SE LLEVÓ MIS NUECES? —chilló Pipa. Un pájaro se acercó dando saltitos. —Yo no fui —dijo—. Yo como gusanos.
Pipa trepó a toda prisa hasta la colmena dorada. Si alguien había visto algo sospechoso, serían las abejas. Siempre andaban zumbando por todos lados, metiéndose en los asuntos ajenos. —¡Con permiso! —llamó Pipa—. ¿Alguna de ustedes vio quién me robó las nueces? Cien vocecitas zumbantes le respondieron a la vez:
—¿Están COMPLETAMENTE seguras? —dijo Pipa—. ¿Están ABSOLUTA, TOTAL y CIEN POR CIENTO seguras? Esa fue una pregunta de más. Las abejas enojadas se lanzaron sobre Pipa en una nube zumbante, y Pipa se soltó. Cayó de la rama, dio una voltereta de cabeza y se estrelló entre una lluvia de hojas verdes hasta llegar al suelo. —¡ESTÁ BIEN! —gritó mientras caía—. ¡LE PREGUNTARÉ A ALGUIEN MÁS!
Pipa se levantó y vio una mosca pequeña que revoloteaba cerca de unas flores silvestres. —¡Tú! ¡Mosca! ¿Puedes ayudarme a encontrar mis nueces perdidas? La mosca la miró un largo segundo. Luego se dio la vuelta y voló en dirección contraria.
—¡Pipa! ¡Aquí arriba! —Lisa la saludaba desde una rama alta, con un gran trozo de fruta en las manos—. Me enteré de lo de tus nueces. ¿Quieres un poco de mi fruta dulce para aguantar? Pipa levantó la vista. Le rugió el estómago. Esa fruta jugosa se veía deliciosa. Pero Pipa negó con la cabeza. —No, gracias, Lisa. Guárdala para tu cumpleaños. Yo resolveré esto.
Lisa bajó y se sentó junto a Pipa en la misma rama. Por un rato, ninguna de las dos dijo nada. Luego Lisa habló con voz tranquila. —Pipa, todos aquí ven lo mucho que trabajas. Nadie te robaría. Pipa parpadeó. Había estado tan ocupada preguntando QUIÉN se llevó sus nueces que nunca se había detenido a pensar SI alguien se las había llevado.
A Pipa se le movió la cola de golpe. Se agarró de la corteza rugosa y empezó a bajar de cabeza por el tronco, olfateando a cada paso. Si nadie había subido las nueces, tal vez las nueces pesadas habían caído hacia abajo. Pipa bajó más y más, pasando las casas pequeñas, pasando los agujeros oscuros, hasta llegar al fondo, donde las raíces largas se extendían como dedos gigantes. Y ahí fue donde lo oyó: un sonidito culpable, de algo que se arrastraba.
Una criatura pequeña estaba sentada al pie del árbol, rodeada de un montón de nueces muy conocidas. Había cavado un túnel para guardar su propia comida, pero lo había cavado demasiado hondo. Su túnel nuevo se había abierto justo dentro de la despensa de Pipa, y hasta la última nuez había rodado hasta su agujero. —Lo siento mucho —dijo la criatura, con las orejas caídas—. No fue mi intención. Ni siquiera sabía que eran tuyas. Pipa se quedó mirando sus cuarenta y nueve nueces. Luego se echó a reír. ¡Tanto alboroto, y solo era un agujero en el piso!
Pipa no era solo una recolectora cuidadosa. También era una constructora lista. Buscó tablas fuertes. Buscó clavos pequeños. Clavó tablones sobre el agujero hasta dejarlo bien sellado. ¡PUM, PUM, PUM! —Listo —dijo, sacudiéndose las patas—. Ahora las nueces de nadie van a ir a ninguna parte. —Entonces volvió a guardar hasta la última nuez en su lugar y trepó hasta su casita entre las ramas.
Pipa se hundió en su sillón cómodo, se cubrió con una manta calientita y miró cómo el atardecer derramaba su luz anaranjada por la ventana. Cuarenta y nueve nueces. Todas a salvo. Todas contadas. Dio un sorbo a su té de bellota y sonrió. Mañana buscaría a Lisa para darle las gracias. Porque a veces la respuesta no es: ¿quién se llevó mis nueces? A veces la respuesta es: tal vez nadie lo hizo.