¡Qué vergüenza, Damián! Nivel 82
Palabras de Práctica
Repaso de diéresis (güe, güi): refuerzo en contexto de escritura expositiva.
Diana está sentada en el suelo, con las piernas cruzadas, haciendo girar lana roja en su rueca. Tiene planes para esa lana. Planes grandes. Sus hermanos se asoman por la ventana. —¡Nos vamos a las colinas! ¡Cierra con llave cuando salgamos!
Apenas los hermanos se pierden por el sendero, algo sale del bosque. Algo grande. Algo peludo. Algo azul, con un mechón anaranjado y una panza que retumba como un trueno. Es Damián, el trol. Lleva días vigilando esa casita. Y ahora los grandes ya no están.
Damián camina despacio hasta la casa y pega un ojo enorme contra la ventana. Ahí está. Una niña pequeña, de espaldas, tarareando mientras hila su lana como si tuviera todo el tiempo del mundo. Damián sonríe con hambre.
Damián mete la cara por la ventana. ¡Crac! La cabeza se le queda atorada. Es demasiado grande. Muchísimo más grande que la ventana. Se retuerce. Gruñe. Se arranca de ahí con un ¡plop! Que hace temblar los postigos. —¡Qué vergüenza! —refunfuña, frotándose la nariz—. Mejor pruebo por la puerta.
La puerta se abre de par en par. Claro. Diana nunca le pone llave. Un brazo enorme y peludo entra y la agarra por la espalda del suéter. Diana grita. El cuarto da vueltas. El suelo desaparece bajo sus pies. Pero aun colgando de la garra del trol, Diana hace una cosa: aprieta su ovillo de lana roja con todas sus fuerzas contra el pecho.
Damián sube a Diana a lo alto de un árbol y descansa abajo. Cree que ella está demasiado asustada para moverse. Se equivoca. Los dedos de Diana trabajan rápido. Ata la punta de la lana a una rama y deja que el hilo baje entre las hojas, cruce el camino de tierra y llegue hasta su casa. —Encuentren la lana —susurra—. Sigan la lana.
Arriba en la colina, los hermanos se detienen. —¿Qué es eso? —pregunta uno, señalando. Una línea roja y delgada serpentea entre los árboles, pasa entre los techos y se pierde en el bosque. —¡Es la lana de Diana! —responde el otro—. ¡Llega hasta la cueva en la cima del cerro! Y salen corriendo.
La boca de la cueva se abre como un bostezo en la roca. Sale un aire frío de adentro, y la lana roja entra en la oscuridad hasta perderse de vista. Los hermanos se miran. —Diana está ahí adentro —dice uno en voz baja.
Adentro, Damián duerme contra la pared, roncando tan fuerte que las piedritas saltan del suelo. Y ahí, colgada de su cinturón, brilla una gran llave dorada. Un hermano se acerca despacio. Más cerca. Sus dedos encuentran la cuerda. Levanta la llave, lento y firme, y la muestra con una sonrisa. El otro hermano se pone un dedo en los labios. Ni un ruido. Todavía no.
Detrás de las barras de hierro se asoman unas caritas. Ojos bien abiertos. Nadie respira. El hermano mete la llave en la cerradura. La gira suave, despacio. Clic. La reja se abre de par en par, y los niños salen en tropel como agua que rompe una represa. Libres.
—¡Oigan! —Los ojos de Damián se abren de golpe. Ve la jaula vacía. Ve a los niños. Ve que su llave ya no está. —¡Esa es mi comida! —ruge, y se levanta de un salto. Los niños gritan. Los hermanos agarran todas las manos que pueden. —¡Corran!
Damián corre detrás de ellos, fuera de la cueva, hacia la luz. Un paso. Dos pasos. Entonces su pie se engancha en algo rojo. La lana de Diana. Enredada en sus tobillos, sus rodillas, su panza. Ella la ha estado enrollando a su alrededor todo este tiempo. Damián se tambalea. Damián se balancea. Damián se desploma como una roca azul y peluda. ¡Bum!
Diana va al frente del grupo, con pelusa de lana en el suéter y una sonrisa de oreja a oreja. Sus hermanos la miran y se echan a reír. —¡Bien hecho, Diana! Tu truco con la lana nos salvó a todos. ¡Pero la próxima vez cierra con llave! Diana se encoge de hombros. —Si cierro con llave, ¿quién les muestra el camino?