¡Qué vergüenza! Nivel 82
Palabras de Práctica
Repaso de diéresis (güe, güi): refuerzo en contexto de escritura expositiva.
Ale encuentra una foto vieja entre un oso de peluche y una pila de libros. —¡Mamá! —grita—. ¡Mira tu pelo en esta foto! ¡Es tan corto y tan bonito! Ale pone la foto junto a su propia cara y compara. Los mismos ojos. La misma sonrisa. Pero el pelo de Ale es largo y despeinado, y el de mamá es corto y perfecto. —Quiero un pelo igualito —susurra Ale. Y ya tiene un plan.
Ale busca sus tijeras de manualidades en la caja de arte. Las rojas, las de mangos ondulados. Ale nunca ha cortado pelo. Ha cortado papel. Ha cortado cuerda. Hasta ha cortado un gusano a la mitad sin querer (perdón, gusano). ¿Qué tan diferente puede ser el pelo? ¡Ris, ris, ris! Los mechones oscuros vuelan por el aire. Ale sonríe de oreja a oreja. Ya es toda una estilista.
Ale toma su espejito azul y lo levanta bien alto. —Es hora de conocer a la nueva yo —dice, y sacude la cabeza como las señoras de la tele. Mira. Parpadea. Vuelve a mirar.
—¡Aaaaagh! Su pelo se levanta en mechones por todos lados. Mechones grandes. Mechones chiquitos. De un lado, cerca de la oreja, casi no queda pelo. El otro lado le cuelga como una hoja mojada. Ale quiere pegarlo de vuelta con pegamento. Quiere regresar el tiempo. ¡Qué vergüenza tan grande! —Está bien —dice con una voz muy chiquita—. Yo puedo arreglar esto.
En la cocina, Ale encuentra un tazón con fideos. Fideos largos, blanditos y hermosos. —Los fideos parecen pelo —dice—. Nadie se va a dar cuenta. Voltea el tazón boca abajo sobre la cabeza. Los fideos se le deslizan por las orejas y le escurren agüita por la nariz. Ale agarra el espejo y se asoma. Alguien se va a dar cuenta, segurísimo.
—Los fideos son demasiado blandos —decide Ale—. Necesito algo más firme. Encuentra ejotes en la nevera y se los coloca sobre la cabeza, uno por uno, como largos cabellos salvajes. En eso entra su familia. Papá resopla. Su hermana señala. Mamá aprieta los labios con todas sus fuerzas, pero es inútil. Los tres estallan de risa. —¡No es gracioso! —grita Ale. Pero un ejote le resbala por la nariz y, la verdad… sí es un poquito gracioso.
—La tercera es la vencida —dice Ale bajito. Agarra una bolsa de espinacas y se apila las hojas en la cabeza como un gran sombrero verde. Las aplana con las manos, se para bien derechita y levanta el espejo. Detrás de ella, papá se ríe tan fuerte que se agarra la panza. Su hermana esconde la risa detrás de una pelota roja. Hasta mamá tiene lágrimas en los ojos. —¡Dejen de reírse! —se queja Ale—. ¡Es moda! Pero las espinacas se marchitan y la cabeza le pica más y más.
Ya no más. No más fideos. No más ejotes. No más espinacas. No más nada. Ale se mete detrás del gran sofá rojo y se hace lo más chiquita posible. Si nadie puede ver su pelo, entonces su pelo no existe. Eso es pura ciencia. —¿Ale? —pregunta mamá con voz suave desde el otro lado de la sala—. Sal de ahí, cariño. —No —responde Ale—. Ahora vivo aquí.
Mamá la levanta de todas formas y la lleva hasta el sofá. Papá se sienta en el brazo del sofá. Su hermana se acurruca cerquita. —Lo arruiné —dice Ale bajito—. No me parezco a ti para nada. Mamá saca algo de su bolsillo. Una diadema roja con un moñito. Se la coloca con cuidado en la cabeza a Ale y levanta el espejo. Ale mira. Parpadea. Vuelve a mirar. —Oh —susurra. Porque la niña del espejo se ve… maravillosa.
Ale cierra los ojos y sonríe tan fuerte que le duelen las mejillas. Pelo corto. Diadema roja. Moñito bonito. Ya no siente vergüenza. No se parece a la vieja foto de mamá. Se parece a Ale. Y Ale se ve increíble. Pero la próxima vez que quiera un corte de pelo, va a dejar que mamá se encargue de las tijeras. Y los fideos se van a quedar en el tazón, justo donde deben estar.