¿Qué vamos a hacer hoy, pelo? Nivel 69
Palabras de Práctica
Prefijos: re-, des-, in-/im-, pre- — uso de prefijos para modificar verbos y adjetivos.
Todas las mañanas me miro en el espejo, reviso mis rizos y digo: —Hola, pelo. ¿Qué vamos a hacer hoy? Mi pelo nunca contesta, pero siempre tiene un plan. Un par de ganchitos, un buen cepillado para desenredar lo rebelde y... ¡fush! Ya estoy lista para cualquier cosa.
En verano, mi pelo sube. Sube y sube hasta lo más alto. Tapa el sol como una sombrilla gigante e imposible de ignorar. Yo tomo mi bebida fresquita a la sombra, mientras mi perro jadea a mi lado con sus lentes de sol diminutos. —De nada —le digo, como si yo lo hubiera preparado todo.
En otoño, corremos. Mi pelo vuela detrás de mí como una ola llena de flores y hojas. Llena todo el camino y desordena el aire. Mi perro corre para alcanzarme y salta por encima de todo lo que se le cruza. Lo intenta, reintenta y vuelve a intentar. Pero nadie le gana a mi pelo.
En invierno, no necesito bufanda. Me envuelvo la cara con el pelo y camino directo hacia la nieve, calentita como un pan tostado. Mi perro tiembla a mi lado, impaciente por meterse también. —Perdón —le susurro—. Lo compartiría, pero solo hay pelo suficiente para uno de los dos.
Y un día, me lo corté. Todo. Bien corto. Pensé que el pelo corto sería más fácil. Y sí era más fácil. Pero lo más fácil no siempre es lo mejor. Mi perro me miraba como diciendo: «¿Adónde se fue?». Tuve que esperar todo un año, de cumpleaños a cumpleaños, para que volviera a crecer.
Cuando por fin creció, me acosté derechita en el pasto y dejé que se extendiera a mi alrededor como una cobija recién abierta. Cerré los ojos. Unos bichitos caminaban por mis brazos para saludarme. Mi perro se acurrucó a mi lado, tranquilo otra vez. —Volvimos —susurré.
Y esta vez, lo hice EN GRANDE. El día de disfraces en la escuela, le di a mi pelo la forma de un cuadrado perfecto. ¡Un CUADRADO! Ganchitos rosados y verdes por todas partes. Mi perro me miraba desde abajo como si nunca hubiera visto un cuadrado. —Esto se llama estilo —le dije. No parecía muy convencido.
Mi pelo también es una caja de herramientas. Cuando dibujo, meto cada lápiz y cada crayón entre mis rizos. ¿Necesito azul? Lo saco de la izquierda. ¿Necesito amarillo? Lo busco atrás. Mi perro asomó toda la cabeza desde adentro de mi pelo. Llevaba escondido ahí todo el tiempo. Y yo ni cuenta me había dado.
Mi mamá a veces dice que mi pelo parece un nido de pájaros. Así que pensé... ¿y si de verdad lo fuera? Me imaginé unos pajaritos azules construyendo su casa justo en mi cabeza. Mi perro también se trepó allá arriba, con la lengua de fuera, feliz de la vida. ¡Una pajarera con patas! Mamá no dijo que no. Solo se alejó muy despacito.
En los días de viento, mi pelo sale volando detrás de mí como una bandera gigante. La gente se detiene. La gente se queda mirando, incapaz de no mirar. Mi perro y yo nos inclinamos contra la brisa, lado a lado, como si la calle entera fuera nuestra. Y la verdad... sí lo es.
A la hora de dormir, mi mamá me sienta y me desenreda hasta el último nudo. Me pone diademas, broches y moños de colores, mientras canturrea todo el tiempo. Mi perro se mete despacito detrás de mis rizos y se asoma con esos ojotes grandes. Él también quiere un moño. Mamá siempre le pone uno.
¿Volveré a cortarme el pelo corto alguna vez? NI. LO. PIENSO. Con el pelo largo, cada día se siente como mi cumpleaños. Las flores se acomodan entre mis rizos como si hubieran crecido ahí a propósito. Creo que hasta el jardín está tratando de copiarme.