¿Qué hay entre las hojas? Nivel 51
Palabras de Práctica
Repaso: h (muda), g y j — correspondencias de h, g y j vistas anteriormente.
Sami había vivido bajo tierra toda su vida. Hoy era su día, y Sami hizo una promesa: —Voy a hallar un amigo. Salió de la cueva hacia el sol. Todo era claro, verde y muy pequeño. —Este va a ser mi mejor día —dijo Sami.
Cerca del bosque, Beni y un niño del pueblo jugaban. Beni vio algo grande entre las hojas. —¡Miren! —dijo bajito. El niño abrió la boca. —¿Qué es eso? Eso venía. Y se hacía más grande.
Sami entró al pueblo con una gran sonrisa. Vio una bicicleta junto a una casa. Tenía dos ruedas y un asiento. —¡Hola! —dijo Sami—. ¿Hay alguien? Soy muy bueno. ¿Me enseñan a jugar con esto?
Beni se agachó detrás de la casa. —¿Es un monstruo? —dijo. Sami solo quería tocar la bicicleta. Sus dedos eran enormes. La rueda hizo CRAC. —¡Ay, no! —gritó Beni—. ¡Corraaaaan!
Beni agarró la bicicleta rota y corrió a la casa. El niño del pueblo corrió con él. —¡Esperen! —llamó Sami—. ¡No se vayan! Pero su voz era muy fuerte. Las ventanas temblaron. Nadie volvió.
Sami miró sus manos. —Solo quería jugar —dijo. Esta vez su voz fue bajita. Muy bajita. Y luego llegaron las lágrimas. No eran pequeñas. Caían al suelo como baldes de agua.
Dentro de la casa, Beni y el niño del pueblo oyeron gotas en el techo. —¿Hay lluvia? —dijo el niño. Beni miró por la puerta. El cielo era azul. —Eso no es lluvia —dijo Beni.
Beni salió y se sentó junto a la casa. Beni dio vueltas a la rueda rota en sus manos. A lo lejos, Sami estaba solo. —No es un monstruo —dijo Beni—. Es solo un niño grande.
Beni se acercó a Sami. Sami tenía la cara en sus manos enormes. Cada sollozo movía una hoja en el aire. —Está triste —dijo Beni. Sus piernas querían correr, pero Beni dijo: —Voy a hablar con él.
—¡Oye! —llamó Beni—. Soy Beni. ¿Cómo te llamas? Sami alzó la cabeza. —Sami. Perdón por la bicicleta. Yo rompo todo. —Sí, eres grande —dijo Beni—. Pero una bicicleta se puede arreglar.
—¿Quieres jugar conmigo y con mi amigo? —preguntó Beni. Sami abrió la boca. La cerró. La abrió otra vez. Tenía mucho gozo, pero habló suave. —Me gusta. Y no voy a saltar encima de nadie.
Jugaron toda la tarde. Luego Sami llevó a sus amigos a la cueva. Había mucha comida. —¡Esto es lo mejor! —dijo el niño del pueblo. Sami sonrió. —Coman todo. Pero yo no sirvo el jugo. La otra vez llené la cueva de agua. Todos rieron. Sami se sintió del tamaño justo.