¿Qué hay en el charco? Nivel 65
Palabras de Práctica
Sustantivos — género (masculino/femenino): terminaciones -o (masc.) y -a (fem.); excepciones.
Esteban es un gran explorador. Conoce todas las cuevas, todas las montañas y todos los mares. Cree que ya lo conoce todo. Pero un día encuentra una cueva llena de musgo verde que brilla. —Vaya —susurra Esteban. Se acerca despacio a la orilla de un charco escondido. Desde el agua, dos criaturitas rosadas lo miran con unas sonrisas bobas. Son ajolotes.
Esteban se agacha para mirar de cerca. Uno de los ajolotes no se esconde. No se aleja nadando. Sale del charco y se sienta a sus pies como un perrito empapado. —Bueno —dice Esteban—. Parece que tú me eliges a mí. Te voy a llamar Rafa. Rafa solo sonríe.
Esteban carga a Rafa todo el camino a casa. Sube por los túneles, cruza las colinas y baja hasta su propio estanque. —Aquí tienes, amiguito. ¡Tu nuevo hogar! —Se arrodilla junto al agua y le muestra el estanque con mucho cuidado. Rafa mira el agua. Mira a Esteban. No parece nada impresionado.
—Está bien, está bien, ya entiendo. Muy simple. Espera aquí. Esteban agarra puñados de musgo y los esparce por las rocas. Mete musgo en cada grieta. Acomoda musgo detrás de cada piedra. Da un paso atrás, cansado y cubierto de tierra. Rafa se desliza al agua, menea la cola una vez y sonríe. Esteban alza el puño al aire.
Esa noche, Esteban no puede dormir. ¿Y si Rafa se siente solo? Regresa corriendo a la cueva con Rafa. Y ahí, brillando en la oscuridad como un fantasmita, hay un ajolote blanco. Rafa lo ve primero. Su sonrisa se hace tan grande que Esteban piensa que se le va a caer la cara. —Ah, ¿quieres a ese? No digas más.
Esteban lleva al ajolote blanco a casa, y los dos amigos se meten juntos al agua. Se chocan las narices. Nadan en círculos. Flotan uno al lado del otro bajo el sol, como dos panqueques diminutos y sonrientes. —Eso lo hice yo —dice Esteban, sin hablarle a nadie en particular—. Soy todo un genio de los ajolotes.
Esteban agarra una cubeta y atrapa un pez. —Espera a que mis amigos vean esto. Se van a quedar con la boca abierta. Da media vuelta para ensayar su gran presentación, y justo detrás de él, Rafa saca la cabeza del agua. Y sonríe.
Esteban nunca llega a mostrarles nada a sus amigos. Cada vez que intenta irse, los ajolotes hacen algo nuevo. Un chapuzón. Una vuelta. Un clavado de panza tan pequeño que apenas hace una onda en el agua. Esteban se sienta en el pasto y los mira jugar. —Está bien —dice—. Ustedes ganan. Esto es mejor que cualquier aventura. Los ajolotes sonríen. Siempre sonríen. Pero esta vez, Esteban también sonríe.