¿Qué hay allá abajo, Alejandra? Nivel 59
Palabras de Práctica
Diéresis: güe, güi — la diéresis (¨) indica que la u se pronuncia después de g.
Alejandra tiene su pala de diamante. Tiene sus botas de la suerte. Y tiene una corazonada en la barriga. —Algo especial está allá abajo —dice—. Lo siento hasta en los dedos de los pies. Elige un lugar en la ladera y da el primer golpe.
La tierra se parte como un pastel. Alejandra cava un túnel directo hacia el interior de la ladera. Se hunde cada vez más profundo. Unos destellos azules brillan en las paredes. —Oooh —murmura—. Algo se esconde allá abajo. Puedo sentirlo.
Unos pasos más adelante, Alejandra se detiene. En el centro del túnel hay un pescado. Un pescado bajo tierra. ¡Y ya está cocido! —Esto es lo más raro que he desenterrado en mi vida —dice Alejandra, y se ríe—. Pero cavar me da hambre. No voy a hacer preguntas.
Alejandra sube a la superficie y arma una pequeña fogata sobre el pasto. Pone el pescado junto a las llamas para dejarlo crujiente. —Quédate ahí, pequeño almuerzo. Vuelvo por ti. Luego se mete de nuevo en su hoyo. Todavía queda mucho por cavar.
Abajo, abajo, más abajo. El túnel se hace más empinado. Las paredes se ven más oscuras. La gravilla cruje bajo las botas de Alejandra. Ella agarra su pala con fuerza. —Vale la pena —murmura—. Sin duda vale la pena. Creo.
Arriba, en la superficie, aparece un gato. Olfatea el aire. Y ve el pescado junto a la fogata, dorado y sin vigilancia. Un zarpazo rápido. ¡Zas! El pescado sale rodando de las llamas. Allá abajo, Alejandra no sabe que su almuerzo está en peligro.
El gato devora el pescado en absoluto silencio. Hasta. La. Última. Migaja. Se lame los bigotes una vez. Dos veces. Después mira por encima del hombro, por si acaso. Ni una migaja. Ni una sola prueba del delito.
El gato no siente vergüenza. Con la barriga muy llena, se aleja trotando por la ladera soleada. Bajo tierra, Alejandra sigue cavando. Sigue soñando con su almuerzo de pescado. ¡Ay, Alejandra!
Alejandra cava tan hondo que las paredes se alzan por todos lados. Montones de escombros le rodean los pies. —Debo rellenar este hoyo cuando termine —dice, mirando el cielo allá muy arriba—. No quiero que nadie se caiga dentro. Pero primero… un poquito más profundo.
Alejandra da dos golpes más con su pico y se queda petrificada. Algo brilla en la roca, debajo de ella. Un rojo profundo y furioso. Eso no es un tesoro. Eso no es un pescado. Eso es piedra roja. —Ay, no.
Alejandra no se pone a pensar. Simplemente trepa. Sube por los bloques de tierra como por una escalera, mano sobre mano. Las botas resbalan. ¡Más rápido! ¡Más rápido! El suelo ya retumba bajo sus pies.
¡Buuum! La explosión atraviesa el túnel y lanza llamas, gravilla y tierra en todas direcciones. Y del suelo salen rodando pescados y más pescados. ¡Docenas de pescados cocidos entre los escombros! Alejandra se asoma por el borde del cráter, con tierra en el pelo y una sonrisa enorme. —¡Yo sabía que algo especial estaba allá abajo!