¡Qué hambre! ¿Y mi desayuno? Nivel 52
Palabras de Práctica
H muda a profundidad: uso de la h en palabras de uso frecuente.
En lo alto de un árbol enorme hay una casita. Ahí vive Mono, muy feliz en su hogar. Mono come plátanos en el desayuno. Come plátanos en el almuerzo. Y come plátanos en la cena. ¡Le encantan!
Una mañana, Mono despierta con mucha hambre. Estira la mano para tomar sus plátanos y… ¡ahí no hay nada! Busca debajo de la almohada. Busca detrás de los libros. Nada. —Alguien se llevó mi desayuno —dice Mono.
Mono se asoma por la baranda y ve una abeja. —¿Tú te llevaste mis plátanos? —dice Mono. La abeja se ríe mientras vuela.
Ahora Mono mira hacia arriba. Ahí, en una rama, está Serpiente. —¿Tú te comiste mis plátanos? —dice Mono con voz amable. —Yo como ratas —responde Serpiente, y saca la lengua—. ¿Con qué manos los tomo?
Mono cuelga de cabeza de una liana. Su pancita gime de hambre. Mono exhala despacio. —¡Un ladrón anda suelto! —dice—. ¡Y yo lo voy a encontrar! Pero es muy duro ser detective sin desayuno.
Mono regresa a la terraza de su casita. Aprieta los puños. Cierra los ojos con fuerza. —Voy a encontrar al ladrón —dice—. ¡Y va a haber un lío enorme! Su pancita ruge de hambre otra vez, todavía más fuerte.
Mono abre los ojos y mira hacia abajo. ¡Ahí, sobre la hierba, hay un rastro de plátanos! El rastro se aleja del árbol. —¡Ajá! —dice Mono—. ¡Ahora sí te encuentro!
Mono sigue el rastro con la mirada. Y ahí, al final, está sentado Conejo. Tiene un montón de plátanos alrededor. —¡Ladrón! —dice Mono—. ¡Ese es mi desayuno! Conejo levanta la vista, muy quieto.
Conejo no parece asustado. Sostiene uno y señala una mata detrás de él. —¡Estos son míos! Los cultivo en mi huerto, junto a mis zanahorias —dice Conejo—. Puedes venir a ver. Mono abre la boca. Luego la cierra. No sabe qué decir.
Pero Conejo hace algo que Mono no espera. Sonríe y ata un racimo enorme a una liana. —¡Toma, es un regalo! —dice Conejo, muy alegre. Mono lo mira desde su hogar en el árbol. Le da vergüenza. Las mejillas se le ponen calientes.
Mono sostiene el racimo en la escalera. —Gracias —dice en voz baja—. Pero ¿quién se llevó los míos? —¿Qué hiciste anoche? —responde Conejo—. Ahora piensa muy bien.
—¡Ay, no! Mono abre los ojos y mira la baranda. ¡Está llena de cáscaras! Cáscara y cáscara y cáscara. —¡Me da hambre en la noche y me los como todos! —dice Mono, y suelta una carcajada—. ¡El ladrón… soy yo! Y abajo suena la risa de Conejo.