¿Podrá Huesos volver a casa? Nivel 84
Esquel le enseña todo a Huesos. Le enseña a seguir un olor. A pasar por el pasto alto sin hacer ruido. A quedarse muy quieto cuando un conejo está cerca. Huesos es el mejor perro cazador del valle, y lo sabe. Trota junto a Esquel con la nariz en alto y su pañuelo rojo al viento, como si cada colina y cada sendero fueran suyos.
Huesos es valiente para todo. ¿Serpientes? Ningún problema. ¿Cruzar ríos? ¡Facilísimo! Pero ¿y las tormentas? Las tormentas son otra cosa. Una noche, una tormenta terrible los sorprende muy lejos de casa. La lluvia golpea el camino embarrado y los truenos sacuden el suelo. Huesos se queda quieto junto a un tronco caído, con todo el cuerpo temblando de miedo.
—Calma, amigo —dice Esquel despacio—. Es solo ruido. Quédate conmigo. Entonces suena el trueno más fuerte de todos. Huesos sale corriendo. Corre tan rápido que sus patas casi no tocan el suelo. Esquel lo llama una vez, dos veces, tres veces. Pero Huesos ya está lejos, es solo una sombra que desaparece en la lluvia.
Esquel lo busca durante horas. Trepa por rocas mojadas y se cae en zanjas escondidas, llamando y llamando. —¡Huesos! ¡Huesos! Nada responde, solo el viento. Ya muy tarde en la noche, Esquel por fin regresa a casa. Va a descansar y a buscar otra vez al amanecer. Pero cada paso lejos de esas colinas oscuras le duele.
En casa, Zomi le trae un plato de comida caliente. Esquel revuelve la comida con la cuchara y mira a la nada. No deja de mirar hacia la puerta, esperando el ruido de unas patas que no llega. —Es fuerte —dice Zomi en voz baja—. Va a encontrar dónde dormir. Esquel dice que no con la cabeza.
Zomi observa a su amigo un largo rato. Después toma su abrigo. —Tú descansa —dice Zomi—. Yo voy a buscarlo. —No tienes que hacerlo. —Lo sé. Pero voy a hacerlo. Zomi sale a la noche fría. Esquel se queda en la casa cálida y por fin cierra los ojos.
Huesos corre tan lejos que ya nada le parece conocido. Los truenos paran, pero ahora está en lo más profundo de un bosque oscuro, sin idea de dónde queda su casa. Tiene hambre. Avanza con cuidado entre las hojas, con la nariz pegada al suelo, buscando comida. Entonces los ve. Tres lobos, parados entre los árboles, lo observan con ojos quietos. Huesos no se mueve. El lobo más grande lo mira un momento. Después, despacio, se da la vuelta y se mete más adentro del bosque. Los otros lo siguen. Huesos también los sigue.
Pasan los días. Huesos caza con los lobos entre hojas doradas. Aprende a moverse como ellos, en silencio y rápido. Aprende sus reglas: comer rápido, dormir con un ojo abierto, no confiar en nadie fuera de la manada. Los lobos nunca lo rascan detrás de las orejas. Nunca le dicen «buen perro». Pero lo dejan correr con ellos, y con eso basta. O al menos, eso se dice Huesos a sí mismo.
Una mañana, Huesos corre entre los árboles tan rápido que las hojas de otoño se levantan detrás de él como una tormenta roja y dorada. Su pañuelo se engancha en una rama y cae al suelo. Huesos mira hacia atrás. Casi se detiene. Pero los lobos no usan pañuelos. Los lobos no usan nada de nada. Así que Huesos sigue corriendo y lo deja tirado en la tierra.
Zomi lo encuentra en un claro del bosque. —¡Huesos! —Estira la mano, igual que hace siempre Esquel—. Ven, amigo. Es hora de volver a casa. Huesos se agacha. Un gruñido le sale de lo más hondo del pecho, y sus dientes brillan blancos.
Zomi regresa rápido y le dice a Esquel dónde encontrarlo. Esquel va solo. No lo llama. No hace ruido. Solo entra al bosque y espera. Huesos está escondido detrás de un árbol grande. Se asoma, listo para huir. Entonces sus miradas se encuentran. Y algo se abre dentro de Huesos. Recuerda una mano que lo rasca detrás de las orejas. Una voz que dice «calma, amigo». Un sendero de tierra donde dos amigos caminan juntos cada mañana. Extraña a Esquel. Lo extraña tanto que le duele.
Caminan juntos a casa, con la luz cálida del otoño sobre ellos. Huesos se pega tanto a la pierna de Esquel que Esquel casi se cae a cada paso. —Está bien, está bien —ríe Esquel—. Yo también te extrañé. Zomi baja rápido por el sendero con una golosina. Huesos le acaricia la mano con el hocico y después le pasa la lengua por toda la cara. —¡Oye! —dice Zomi, y se limpia la mejilla. Huesos mueve la cola con tanta fuerza que todo el cuerpo se le sacude. Va camino a casa, y la casa es el mejor lugar del mundo.