¡Plic, ploc, que no pare! Nivel 83
Palabras de Práctica
Signos de exclamación e interrogación: ¡! ¿? — signos de apertura y cierre propios del español.
La primera gota de lluvia le cayó justo en la nariz a la niña. Luego cayó otra. Y otra más. —¡Plic, ploc, que no pare! —gritó ella, abriendo los brazos y levantando la cara hacia el cielo. Las gotas le hacían cosquillas en las mejillas. Salpicaban el pasto. Hacían brillar los arbustos como si alguien hubiera esparcido diminutos diamantes por todo el jardín. Un pájaro azul se acercó dando saltitos para ver a qué venía tanto alboroto. Una rana verde la miró parpadeando desde el pasto. —Ustedes dos sí lo entienden —les dijo la niña—. ¡La lluvia es lo mejor que puede pasar en el mundo!
La niña corrió hasta la puerta justo a tiempo. El agua bajaba del techo y caía en el balde grande: plaf, ¡plaaaf! —¡La estamos atrapando! —gritó—. ¡Hasta la última gota! Se quedó mirando cómo se llenaba el balde, con los ojos bien abiertos. Cada plaf era una pequeña explosión. Si hervían esa agua, de verdad podrían tomarse el cielo. La niña sonrió y pensó: ¿cuántos niños en el mundo podían decir que se habían tomado el cielo?
Adentro, mamá cerró los ojos, sonrió y tomó su sitar. Eso solo significaba una cosa: música de lluvia. Los dedos de mamá bailaban sobre las cuerdas, y su voz flotaba por el cuarto como miel tibia. Afuera, la lluvia llevaba el ritmo sobre el techo: tac-tac-taca-tac. —¿Ven? —susurró la niña, aunque no le hablaba a nadie en particular—. La lluvia también sabe cantar.
De camino a casa después de la escuela, la niña apretó el libro contra el pecho y echó a correr. Ahora sí que llovía de verdad. Entonces se detuvo. Justo ahí, en medio del camino, había un pavo real con la cola desplegada como un gran abanico. No corría. No se escondía. Solo presumía. —Disculpa —le dijo la niña—. ¿No deberías refugiarte debajo de algo? El pavo real no se movió. Parecía que estaba esperando aplausos. La niña se rio, le regaló un pequeño aplauso y salió corriendo el resto del camino hasta casa.
Después de un buen baño y con ropa seca, la niña siguió su nariz por el pasillo. Algo tibio y delicioso la llamaba desde la cocina. Cerró los ojos y respiró profundo. A su lado, otro niño se lanzó por la puerta con los brazos bien abiertos. —¡La cena! Un gato negro se sentó entre los dos, con los bigotitos temblando por el vapor que salía de la cocina. Mamá revolvía su olla grande con un cucharón y sonreía. —Los días de lluvia hacen la mejor sopa. La niña asintió con ganas. Los días de lluvia lo hacían todo mejor.
Y entonces, así de repente, la lluvia paró. La niña salió y miró a su alrededor. Ni un plic más. Ni un ploc más. Pero el mundo había cambiado. Cada hoja lucía una cuentita de cristal. Cada pétalo sostenía una gota perfecta y temblorosa. La niña estiró la mano y tocó una hoja grande y reluciente. La gota se deslizó como una lágrima lenta y fresca. —Oh —dijo en voz baja. Eso era lo que la lluvia dejaba atrás.
Su árbol favorito la esperaba, alto y verde, con las ramas salpicadas de flores rosadas como velitas de cumpleaños. Había crecido mucho en esa temporada de lluvias. Toda esa agua se había filtrado hasta sus raíces, dándole fuerza para los meses secos que vendrían. La niña apoyó la mano contra el tronco. Una última gota cayó de una hoja de arriba y aterrizó justo en la punta de su nariz. Sonrió de oreja a oreja. —Plic, ploc —susurró. Y en algún lugar allá arriba, entre las nubes, la niña estaba casi segura de que la lluvia le susurró de vuelta: —No pares.