¡Ocupado, ocupado, ocupado! Nivel 72
Palabras de Práctica
Sílaba tónica: identificar la sílaba acentuada mediante palmadas o golpes rítmicos.
Lalo tenía una lista de tareas, y la lista era más larga que su brazo. Cortar la leña. Plantar semillas. Regar el trigo. Arrancar la maleza. Mientras trabajaba, marcaba el ritmo con palmadas: LE-ña, se-MI-llas, TRI-go. La sílaba más fuerte lo hacía mover el azadón todavía más rápido, y la tierra volaba en nubes. —¡No hay tiempo que perder! —le dijo Lalo a nadie—. ¡Ocupado, ocupado, ocupado!
El sol bajó despacio. El cielo se puso rosado, luego morado y luego oscuro. Lalo miró su banca: su linda, firme y cómoda banca. Podía sentarse. Podía cerrar los ojos. Podía descansar sus viejos huesos cansados. Dio una palmada suave y separó la palabra: des-CAN-so. La sílaba fuerte sonó agradable. Lalo frunció la nariz. —Nah —dijo—. El descanso es para los aburridos.
—Lalo —dijo Polo, con su cabeza de calabaza brillando de preocupación—. ¿Cuándo dormiste por última vez? Lalo contó con los dedos de las manos. Se le acabaron los dedos. Empezó con los dedos de los pies. —TIENES que descansar —dijo Polo—. Ya sabes lo que pasa cuando no duermes. Lalo dio una palmada terca: Pfff. —Esa palabra tiene una sola sílaba —dijo—, y no me convence.
—No necesito dormir —anunció Lalo—. Necesito AVENTURA. A-ven-TU-ra, ¿oyen? La sílaba fuerte suena como una trompeta. Agarró su arco, se echó las flechas al hombro y salió derecho por la puerta. Huesos trotaba a su lado, moviendo la cola. —¡Volveremos por la mañana! —gritó Lalo—. ¡Con tesoro!
Lalo y Huesos buscaron por las colinas. Buscaron más allá del río. Buscaron bajo estrellas tan brillantes que parecían lo bastante cercanas para agarrarlas. A Huesos le rugió el estómago. A Lalo le rugió todavía más fuerte. El ruido decía co-MI-da con tres palmadas muy claras. —Nada de parar —dijo Lalo—. Ni para el almuerzo. Ni para la cena. Ni para un bocadito de medianoche. ¡Estamos en RACHA!
Y vaya racha que era. Lingotes de oro. Gemas relucientes. Un montón de botín tan alto que Huesos podía esconderse detrás. Pero el arco de Lalo le pesaba en la mano. Las rodillas le temblaban como gelatina. Las cuencas de sus ojos se le caían. Hasta bo-TÍN, con su sílaba fuerte al final, sonaba demasiado cansado. —No estoy cansado —dijo Lalo, bostezando tan ancho que casi se le cae la mandíbula—. Solo estoy… descansando la cara.
Entonces Lalo lo oyó: un sonido como de sábanas chasqueando en una tormenta. Huesos se quedó quieto. Lalo miró hacia arriba. Dos ojos verdes y brillantes lo miraban fijamente desde la oscuridad. Un fantasma. Fan-TAS-ma. Lalo no necesitó palmadas para sentir la sílaba fuerte. Solo vienen por los que no quieren dormir. Y este se veía hambriento.
—¡CORRE! —gritó Lalo, lo cual era gracioso porque ya estaba corriendo. Huesos pasó disparado a su lado como un cohete peludo y oscuro. Más fantasmas brotaron de las nubes, lanzándose y chillando, con las alas cortando el aire. Lalo oyó sus propios pasos: CO-rre, CO-rre, CO-rre. Lalo alcanzaba a ver la puerta de su casa. Ya casi. Ya casi. ¡YA CASI!
¡CLANC! La espada verde de Momo se estrelló contra un fantasma. ¡ZAS! Polo movió su hoja de hierro y mandó a otro dando vueltas. —¡CORRE! —gritó Polo—. ¡MÉTETE ADENTRO! La palabra mé-te-te tenía tres golpes, pero Lalo no se detuvo a contarlos. Por una vez en su vida, hizo exactamente lo que le dijeron.
Lalo dejó su arco junto a la pared. Guardó su oro en el cofre. No lo contó. No lo ordenó. Ni siquiera lo espió. Se dejó caer en su cama, se subió la manta hasta la barbilla y sonrió. Sus huesos, por fin, sonaron tranquilos. —¿Sabes qué? —susurró Lalo—. El descanso es mi nueva tarea favorita. Des-CAN-so. Esa sílaba fuerte me gusta muchísimo.