¡No sueltes ese mango! Nivel 74
Palabras de Práctica
Sinónimos y antónimos: palabras con significado igual u opuesto; ampliación de vocabulario.
La abuela siempre dice lo mismo cuando llega la temporada de mangos. —Cada. Mango. Importa. Lo repite tanto que hasta el perro se lo sabe. El perro se sienta bajo el árbol de mango con la nariz al aire, como si contara la fruta. Las ramas cuelgan bajas y llenas, y yo casi alcanzo una si me estiro. Arriba, dos pájaros observan los mangos como pequeños guardias de plumas.
El día de la cosecha es mi día favorito del año. Llevo un costal gordo de mangos sobre la cabeza y camino despacio por el patio, con muchísimo cuidado. Un solo bamboleo y ¡plaf! La abuela no me lo perdona jamás. Mi amiga Lluvia, la niña del vestido amarillo, carga un mango contra el pecho como si fuera un bebé. Adela, el niño del sombrero amarillo, saluda desde los árboles y grita: —¡Yo voy a recoger más! ¡Yo siempre recojo más! —Tú siempre tiras más —murmuro. El perro trota feliz a mi lado, moviendo la cola de un lado a otro.
Adela trepa al árbol rápido, como un mono con hambre. Yo subo detrás de él y recojo los mangos uno por uno, con cuidado, con cuidado, con cuidado. Adela no tiene cuidado. Agarra dos mangos a la vez, luego tres. —¡Mira! ¡Sin manos! —grita. Un mango se le resbala. Cae entre las hojas, gira, baja y baja… y la abuela lo atrapa en su canasta sin levantar la vista.
La abuela corta los mangos para nuestro picnic. Nos sentamos alrededor de una bandeja de madera llena de fruta dorada. Es nuestra recompensa por trabajar duro, y el mango dulce sabe muy rico. Adela muerde una rebanada gruesa. El jugo le baja por la barbilla, por el cuello, por la camisa. —Tú mismo pareces un mango —le digo. Él solo sonríe y da una mordida más grande. Yo mastico la cáscara y le chupo hasta el último pedacito a la semilla. La abuela me señala y dice: —Así se hace. Ni una pizca se pierde.
Después del almuerzo llegan más amigos, y el patio se llena de ruido alegre. Un niño en silla de ruedas llega rodando con una sonrisa tan grande que la veo desde lejos. —¡Pónganme a atrapar mangos! —grita, saludando con la mano. La abuela, sentada junto a su bandeja de mangos dorados, sonríe y mueve la cabeza. —Más ayudantes son más manos. Y más manos son más maneras de… —¡Soltar un mango! —gritamos todos juntos. Ya nos sabemos la regla. El perro ladra una vez, como si él también la supiera.
Tengo un plan. Ato una cuerda a una canasta, la lleno de mangos y la bajo desde el árbol. Lento y con calma. El niño de la silla de ruedas estira los brazos y atrapa la canasta. —¡La tengo! —grita. Ni un solo golpe. Es el mejor atrapador de toda la granja, y él lo sabe. Abajo, Adela y Lluvia clasifican mangos sobre una manta. Los grandes aquí. Los perfectos allá. —Este tiene un machucón —dice Adela. Lluvia lo inspecciona de cerca. —Ese machucón es de tu pulgar.
Papá guarda nuestros mejores mangos en la camioneta y vamos al mercado. La panza me burbujea todo el camino. Esta es la verdadera prueba. Extendemos la manta bajo un toldo de rayas y apilamos los mangos bien alto, como una montaña dorada. Un cliente se agacha y toma uno. Lo voltea, lo huele, lo aprieta suave. Yo levanto nuestro mango más fino y sonrío. —Sin machucones. Sin golpes. Aquí no se suelta ni un mango. El cliente sonríe. —Me llevo diez —dice.
Pero el mercado en tierra es solo la mitad de la aventura. Cargamos el resto de los mangos en un bote de madera y remamos hacia el mercado del río. Los botes se chocan y se empujan por todos lados. Melones aquí, flores allá, montones de todos los colores. Adela se levanta para saludar a un bote que pasa, y todo se balancea. Lluvia agarra los mangos. Yo agarro a Adela. —Siéntate. Ya. —¡No sueltes ese mango! —grita un vendedor desde el bote de al lado, riéndose. Hasta la gente que no conocemos se sabe la regla.
La cosecha termina. Cada mango queda recogido, clasificado, vendido o cambiado. Ni uno soltado. Bueno… ni uno que la abuela viera. Subimos al árbol una última vez, no para recoger, sino para descansar. Lluvia se estira sobre una rama ancha y cierra los ojos. Adela se acuesta debajo de ella, por fin quieto. El perro está parado a nuestro lado con la lengua de fuera, calientito y feliz. Escucho el viento entre las hojas. —El próximo año —digo bajito— recogemos todavía más. Es la verdad. El perro abre un ojo, mueve la cola y sonríe, como si eso ya lo hubiera oído antes.