¡No la toques! Nivel 76
Palabras de Práctica
Sujeto y predicado: identificar las dos partes principales de la oración.
El pico de Memo hace CLINC, CLINC, CLINC contra el carbón. Es el mismo carbón de siempre, en la misma cueva oscura de siempre, durante el mismo martes de siempre. Entonces algo verde destella en la pared, y el pico de Memo se detiene a medio golpe. Es una esmeralda: grande, gorda y hermosa, que brilla como si quisiera que Memo la encontrara. El cerebro de Memo dice: —No la toques. Y sus dedos contestan: —Demasiado tarde.
FSSSSSS. Memo conoce ese sonido. Todo minero conoce ese sonido. Memo gira de golpe y levanta su escudo justo cuando el Reptón explota. ¡BUM! La explosión lo lanza de espaldas contra la pared con tanta fuerza que le castañetean los dientes. Cuando el polvo se asienta, Memo mira hacia la esmeralda. Algo en su interior brilla. No es el verde normal de una esmeralda. Es un verde más profundo, más raro, que parpadea como una llamita. —Eso es nuevo —susurra Memo. Y entonces toda la cueva empieza a dar vueltas.
Memo parpadea. Está de pie sobre la hierba, bajo las estrellas, afuera. Un segundo antes, Memo estaba en lo más profundo de la tierra. Ahora está en medio de la nada, con el viento en la cara y un letrero de madera que nunca había visto. Revisa su armadura de diamante por si tiene grietas. Ninguna grieta. Revisa la esmeralda en su mano. Sigue brillando. Sigue rara. —Muy bien —le dice Memo a nadie—. Así que es ESE tipo de esmeralda.
¡TUANC! Una flecha pasa zumbando junto a la oreja de Memo. Un esqueleto. Cómo no, un esqueleto. Memo atrapa las siguientes dos flechas con su escudo. Luego saca su espada de netherita y embiste. Un golpe. Huesos por todas partes. Una pequeña esfera verde de experiencia flota desde el montón, y Memo la respira. —Gracias por eso —les dice a los huesos. Los huesos no responden. Pero detrás de Memo, algo más sí responde: algo hace clic, se escabulle y tiene muchas patas.
Memo se da la vuelta despacio. Una araña sale reptando de las sombras, con los ojos rojos brillando. Detrás de la araña aparece otro esqueleto, con una flecha ya lista en la cuerda. Y detrás de ESO viene un zombi bebé, montado en una gallina. —Ay, ¿en serio? —gruñe Memo. Memo no se queda a contar más. Elige una dirección y corre. Sus botas golpean la hierba, su armadura resuena, y a sus espaldas una gallina hace cloc, cloc, cloc, como si todo esto fuera muy emocionante.
Un río. Perfecto. Memo se lanza de cabeza al agua. Los zombis no nadan rápido. Los esqueletos no pueden apuntar bien a un blanco en movimiento dentro del agua. Y los zombis bebés sobre gallinas... bueno, Memo en realidad no sabe qué hacen en los ríos. Y no quiere averiguarlo. Un zombi se queda parado en la orilla, mirando con sus ojos apagados y huecos. No sigue a Memo. Memo nada hacia la parte profunda y deja que la corriente lo lleve. A sus espaldas, los monstruos se encogen hasta volverse formas diminutas en la oscuridad. —Hoy no —susurra.
Memo nada hasta que los árboles de las orillas se vuelven altos y enredados. Selva. Lianas por todas partes. La selva es demasiado densa para correr de noche. Entonces Memo la ve: una pequeña cabaña de madera, medio escondida entre los helechos, con su silueta reflejada en el agua quieta como en una pintura. Una cabaña significa una puerta. Una puerta significa que nada puede entrar. Memo nada hacia la cabaña tan rápido que casi se traga el río.
Memo cierra la puerta de un portazo, se deja caer sobre la cama, y el sueño lo golpea como un yunque que cae. Cuando despierta, el sol entra a raudales por la ventana. Memo se come su último pedazo de pan y se queda allí, masticando, mirando a la nada. Entonces un resplandor verde llama su atención. La esmeralda está sobre la cama, donde se cayó de su bolsillo. Esa extraña llamita sigue bailando en su interior. Anoche lo transportó al medio de la nada, le arrojó monstruos encima y casi hizo que se encontrara con un zombi bebé montado en una gallina. Memo levanta la esmeralda, la sostiene a la luz y sonríe. —Bueno —dice—. ¿Adónde vamos ahora?