¡No despiertes a la bestia! Nivel 65
Palabras de Práctica
Sustantivos — género (masculino/femenino): terminaciones -o (masc.) y -a (fem.); excepciones.
Es un día de mucho calor en la playa. Bamo, un niño de cabello negro, está sentado bajo la casita de madera y toca su flauta. Las notas flotan por la arena, dulces y lentas. Muy dulces. Muy lentas. Su amigo se le queda dormido en el hombro. La niña de la iguana bosteza. Hasta Hilda, la pajarita azul, casi se cae del aire. —Mi música es tan buena —dice Bamo en voz baja— que puede calmar el mar entero. —Y toca un poco más fuerte. Solo para ver qué pasa.
De pronto, el suelo retumba. El techo de la casita cruje. Cae polvo sobre el cabello de Bamo. Las tejas tiemblan. —¿Qué está pasando? —grita Bamo, y suelta su flauta. Los niños se agarran unos a otros con los ojos muy abiertos. Algo se despierta en el fondo de la bahía. Algo muy grande.
¡Una cola enorme estalla desde el mar! Tiene escamas moradas con puntas rojas como el fuego. El agua salpica el cielo y brilla bajo el sol. —¡Una bestia marina! —grita Bamo. Pero no está asustado. Está emocionado—. ¡Un dragón de verdad! ¡Yo creía que solo salían en los cuentos! Hilda baja volando, muy cerca, casi tocando las escamas. La cola se agita e Hilda sale girando por el aire como una pelotita de plumas azules. —¡Hilda, no! —grita Bamo. Pero Hilda solo pía, vuela en un círculo y vuelve a mirar.
El dragón sale del agua, y no está nada contento. Se llama Sami, y sus ojos dorados arden. Sami duerme en lo más profundo del mar, con lindos sueños de dragón... hasta que algo lo despierta. Abre la boca y suelta un rugido que aplasta el pasto de la colina. Sacude la cabeza, cuernos y todo, y toda la costa se sacude con él. Las olas se derraman sobre el pueblo y golpean cada casa. La orilla queda blanca de espuma. —Ay, no —dice Bamo en voz baja. Mira su flauta. Mira a Sami—. Ay, no. ¿Eso fue por mí?
Sami se acerca más, y el cielo se pone de un raro color brillante. A Bamo le tiemblan las manos. Pero levanta su flauta. —Si mi música te despierta —dice despacio—, entonces mi música te puede volver a dormir. Bamo respira profundo y toca. Esta vez no toca fuerte. No presume. Solo una nota limpia y dulce. Luego otra. Y luego otra. Los enormes ojos dorados de Sami miran a Bamo. Su boca queda abierta. Hilda pasa volando justo frente a su gran garganta roja, y esta vez Sami ni se mueve.
Sami va más despacio. Sus ojos se cierran poco a poco. Las olas se calman. La espuma se seca en la arena. Toda la bahía queda quieta y lisa como un espejo. Bamo sigue tocando, suave y parejo, y el gran dragón se empieza a mecer. De un lado a otro, de un lado a otro, como un bebé en su cuna. Hilda se posa en un cuerno y da un pequeño y cuidadoso pío. Sami se hunde despacio bajo las olas. Abajo, abajo, abajo. De vuelta a su sueño.
La playa es un desastre. Hay tablas por todas partes, botes volcados y peces que saltan en la arena. Bamo carga una viga en el hombro. —Muy bien, equipo. Vamos a arreglar lo que rompí. Todos ayudan: unos cargan madera, otros empujan botes, otros martillan y apilan. Hilda vuela por encima, muy animada, dando órdenes que nadie sigue. —Cuando terminemos —dice Bamo—, ¡festejamos con pan! —Y tú —dice la niña de la iguana— nunca más vas a tocar esa flauta cerca del mar. Bamo sonríe. —No prometo nada.