Nilo y la lana roja Nivel 82
Palabras de Práctica
Repaso de diéresis (güe, güi): refuerzo en contexto de escritura expositiva.
Nilo estaba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas, haciendo girar lana roja en su rueca. Tenía planes para esa lana. Grandes planes. Sus hermanos se asomaron por la puerta. —¡Nos vamos a las colinas! ¡Cierra con llave cuando salgamos! —Voy a estar bien —dijo Nilo, sin levantar la vista. Nilo siempre decía lo mismo. Y, sin vergüenza alguna, nunca cerraba con llave.
En cuanto los muchachos desaparecieron por el sendero, algo salió arrastrándose del bosque. Era algo grande. Era algo peludo. Tenía un mechón anaranjado y una panza que retumbaba como trueno. El Trol llevaba días vigilando esa casita para averiguar cuándo quedaría sola. Y ahora los grandes se habían ido.
El Trol caminó de puntillas hasta la pared y pegó un ojo enorme contra la ventana. Ahí estaba Nilo: una niña pequeña, sentada de espaldas, tarareando para sí misma e hilando lana como si tuviera todo el tiempo del mundo. El Trol sacó la lengüita y se relamió. —Fácil —susurró.
El Trol metió la cara por la ventana. ¡Chas! La cabeza se le quedó atorada. Era demasiado grande. Muchísimo más grande. Se retorció. Gruñó. Se arrancó de ahí con un ¡plop! que hizo temblar los postigos. —Bueno —refunfuñó, frotándose la nariz—. Voy a probar por la puerta.
La puerta se abrió de par en par. Por supuesto. Nilo nunca le ponía llave. Un brazo enorme y peludo se metió y la agarró por la espalda del suéter. Nilo soltó un grito. La habitación dio vueltas. El suelo desapareció bajo sus pies. Pero, aun colgando en las garras del Trol, Nilo hizo una cosa: abrazó su ovillo de lana roja con todas sus fuerzas.
El Trol metió a Nilo en lo alto de un árbol mientras descansaba abajo. Pensó que ella estaba demasiado asustada para moverse. Se equivocó. Los dedos de Nilo trabajaron rápido. Ató la punta de su lana roja a una rama y dejó que el hilo bajara entre las hojas. Luego lo dejó correr por el camino de tierra, de vuelta hacia su casa. —Averigüen dónde empieza la lana —susurró—. Sigan la lana.
Arriba en la colina, los hermanos se detuvieron. —¿Qué es eso? —dijo uno, señalando. Una delgada línea roja serpenteaba entre los árboles más abajo. Pasaba entre los techos y se perdía en lo profundo del bosque.
La boca de la cueva se abría como un bostezo en la roca. Un aire frío salía de adentro, y la lana roja se internaba en la oscuridad hasta perderse de vista. Los hermanos se miraron. La cueva parecía tener la antigüedad de una montaña entera. —Ella está ahí adentro —dijo uno en voz baja.
Adentro, el Trol estaba desplomado contra la pared, roncando tan fuerte que las piedritas saltaban del suelo. Y ahí, colgando de su cinturón, brillaba una gran llave dorada. Un hermano se acercó despacio. Más cerca. Sus dedos encontraron la cuerda. Levantó la llave, lento y firme, y la sostuvo en alto con una sonrisa. El otro hermano se llevó un dedo a los labios. Ni un ruido. Todavía no.
Detrás de los barrotes de hierro, unas caritas se asomaron. Ojos bien abiertos. Respiración contenida. El hermano deslizó la llave en la cerradura. La giró, suave y despacio. Clic. La reja se abrió de par en par, y los niños salieron en tropel como agua que rompe una represa. Libres.
—¡Oigan! —Los ojos del Trol se abrieron de golpe. Vio la jaula vacía. Vio a los niños. Vio que su llave había desaparecido. —¡Esa es mi comida! —rugió, poniéndose de pie de un salto. Los niños gritaron. Los hermanos agarraron todas las manos que pudieron.
El Trol salió corriendo detrás de ellos, fuera de la cueva y hacia la luz. Un paso. Dos pasos. Entonces su pie se enganchó en algo rojo. Era la lana de Nilo. Estaba enredada alrededor de sus tobillos, sus rodillas y su panza. Nilo la había estado enrollando a su alrededor todo ese tiempo. El Trol se tambaleó. El Trol se balanceó. El Trol se desplomó como un peñasco azul y peludo. ¡Bum!
Nilo iba al frente del grupo, con pelusa de lana en el suéter y una sonrisa de oreja a oreja. Sus hermanos se quedaron mirándola. Luego se echaron a reír. —¡Bien hecho, Nilo! Tu truco con la lana nos salvó a todos. —Uno se puso las manos en la cintura—. ¡Pero la próxima vez, cierra con llave! Nilo se encogió de hombros.