¡Nilo tiene hambre! Nivel 74
Palabras de Práctica
Sinónimos y antónimos: palabras con significado igual u opuesto; ampliación de vocabulario.
Nilo se había construido una casa nueva. Tenía techo, puerta y un letrero al frente que decía CASA DE NILO, para que nadie se confundiera. Antes, Nilo había vivido en un cobertizo diminuto, pequeño como un armario con grandes ambiciones. Ahora tenía paredes, piso y cielo raso. ¡Todo un lujo! Solo había un problema. Bueno, dos problemas: los monstruos que salían de noche y el hambre absoluta, completa y rugiente de Nilo.
—No he comido más que manzanas durante días —le dijo Nilo al Libro—. Manzanas en el desayuno. Manzanas en el almuerzo. Manzanas en la cena. Me estoy convirtiendo en una manzana. El Libro se acercó dando saltitos con sus patitas y lo miró desde abajo. —Puedo enseñarte a cultivar tu propia comida —dijo, golpeando su pluma contra sus páginas como un profesorcito.
—Paso uno —dijo El Libro—. Busca matas de pasto largo y sepáralas. Estás buscando semillas. Nilo se agachó y empezó a arrancar cada mata de pasto que encontraba. Pedacitos verdes volaban por todas partes. Dos ovejas cercanas dejaron de masticar y lo miraron como si hubiera perdido la cabeza. Entonces Nilo vio algo. Eran cositas duras y verdes, no más grandes que su uña, esparcidas en la tierra.
—¡Semillas! —dijo El Libro, sonando muy contento de sí mismo—. Semillas de trigo, para ser exactos. Puedes convertir el trigo en comida. —Genial —dijo Nilo, levantando un puñado—. Encontré ocho. ¿Es suficiente? —¿Ocho? —El Libro hizo un sonido parecido a una risa—. Ay, Nilo. No. Sigue.
Cuando por fin El Libro quedó satisfecho, mandó a Nilo adentro, al taller. —Necesitas una herramienta llamada azadón —dijo, pasando sus páginas para mostrarle un dibujo—. Mango largo, hoja curva. Sencillo. —¿Sencillo para quién? —murmuró Nilo.
Afuera, Nilo encontró un lugar plano cerca de los árboles y empezó a arrastrar el azadón por la tierra. Era más difícil de lo que esperaba. El azadón se enganchaba en las raíces, se atascaba en las piedras y le hacía arder los hombros. Poco a poco aparecieron surcos largos y lisos, ordenados como papel rayado. —¡Excelente trabajo! —dijo El Libro desde el borde del campo, donde había estado parado todo el tiempo, sin hacer absolutamente nada.
Nilo miró su trabajo y frunció el ceño. La tierra estaba pálida y polvorienta. La picó con el dedo y se desmoronó como arena. —Aquí no va a crecer nada —dijo—. Está más seca que un hueso. —¡Correcto! —dijo El Libro alegremente—. Las semillas necesitan tierra húmeda. Tendrás que regarla.
—¡Sencillo! —dijo El Libro. Nilo estaba empezando a odiar esa palabra. De vuelta en el taller, El Libro pasó a una página nueva y le mostró el dibujo de una cubeta. —Haz esto. Puedes usarla para cargar agua.
Nilo hundió la cubeta en el agua de la playa. Entró liviana y salió pesada, como si estuviera llena de piedras. —¡UURGH! —Nilo se tambaleó hacia un lado, a punto de caerse al mar—. ¡Esto pesa una tonelada! —El agua es pesada —dijo El Libro, como si fuera algo muy interesante y para nada su problema—. No tenemos que ir muy lejos.
Nilo se dejó caer de rodillas y cavó un hoyo justo en medio del campo. —Vierte el agua ahí —dijo El Libro—. La tierra de alrededor la va a absorber. —Más le vale —dijo Nilo—, porque NO pienso cargar otra cubeta.
Nilo se arrodilló en la tierra húmeda y plantó sus semillas, una por una, presionando cada una con el pulgar. Cuando terminó, se puso de pie y miró. Brotes verdes diminutos, pequeños como dedos, asomaban de la tierra en hileras chuecas. —¿Eso es todo? —preguntó Nilo—. Son tan chiquitos. ¿Cuándo tendré comida?
—¿Qué? ¿Construir algo? ¿Cargar algo? ¿Cavar otro hoyo? —Nilo ya se estaba arremangando. —No —dijo El Libro—. Esperar. Nilo parpadeó.