¡Las mejores barritas del mundo! Nivel 65
Palabras de Práctica
Sustantivos — género (masculino/femenino): terminaciones -o (masc.) y -a (fem.); excepciones.
La abuela tiene un plan. Es un día de sol, y riega las plantas del jardín con su manguera. —Hoy —dice la abuela— vamos a hacer las mejores barritas de coco del mundo entero. Iván, su nieto, da un salto y agita los brazos.
—¡Primero, las cultivamos bien! —dice la abuela. Iván brinca por el jardín con los brazos en alto, animando a las plantas. —¡Crezcan altas! ¡Crezcan enormes! ¡Den cocos del tamaño de mi cabeza!
La abuela tiene un elevador. Un elevador de verdad, con cuerdas, poleas y una plataforma de madera, todo amarrado al árbol más grande del patio. Se sienta en la plataforma como una reina en su trono. —Gira la rueda —le dice a Iván. Iván agarra la rueda y le da vueltas con todas sus fuerzas. La rueda cruje. Iván gruñe. La abuela sube, sube y sube hasta las ramas. —¿Esta es la parte difícil? —pregunta Iván. La abuela solo se ríe.
Desde lo alto del árbol, la abuela manda cocos por una rampa de madera. Ruedan, rebotan y caen con un pum dentro de la canasta. Uno. Dos. Tres. Cuatro. ¡Cinco! —¡Esos son todos! —dice la abuela, sonriendo entre las hojas. Iván mira el montón de cocos gordos.
La cáscara del coco es gruesa, dura y para nada fácil de sacar. La abuela agarra su machete y se pone a trabajar. Iván toma un pedazo y jala. Y jala. Y jala. Nada. —Este coco —dice Iván, apretando los dientes— no quiere ser una barrita. —Mala suerte para el coco —dice la abuela.
Iván intenta escaparse. Solo por un descansito chiquito. Solo para sentarse un minutito a la sombra. —¿Y a dónde crees que vas? Iván se queda congelado. La abuela está parada con una mano en la cadera. —No hemos terminado —dice. Iván suelta un suspiro enorme. Pero la abuela tiene razón. Siempre tiene razón.
La abuela levanta el machete bien alto sobre la cabeza. —¿Listo? —pregunta. Iván extiende el tazón. ¡Crac! El coco se parte limpio en dos y el agua sale disparada por todas partes. Iván se lanza, se estira y atrapa hasta la última gota. —¡Lo tengo! —grita—. ¡Ni una gota, ni una gotita, ni una fuga!
Ahora hay que sacarle la pulpa a la cáscara. La abuela le pasa a Iván una herramienta roja de manivela. Iván le da vueltas con fuerza. No pasa nada. Le da vueltas más fuerte. Le tiemblan los brazos. Le duelen los dientes de tanto apretarlos. —¿Esta es la parte difícil? —gruñe. —No paras de preguntar eso —sonríe la abuela, y le da una palmadita en el hombro—. Lo peor ya está atrás.
La abuela echa el coco en un tazón grande sobre la estufa. Revuelve y revuelve y no para de revolver. Entonces pasa algo asombroso: el olor más dulce, más cálido y más delicioso llena toda la cocina. Se enrosca en la nariz de Iván y le envuelve el cerebro. Iván cierra los ojos y respira hondo. —Abuela. ¡Abuela! ¿Eso es lo que creo que es? —Eso —dice la abuela— es a lo que huele todo ese trabajo duro.
La abuela vacía el coco en el molde y lo alisa con una cuchara. —Que empiece el horneado —anuncia. Iván se sienta a la mesa con la barbilla apoyada en las manos y mira entrar cada pedacito. No se va a perder esto. No después de tanto darle a la manivela, partir, jalar y resoplar. —Abuela —susurra—. ¿Ya casi terminamos? La abuela le guiña un ojo. —Casi.
Del horno salen trozos dorados de barrita de coco, crujientes, calientes y perfectos. —Ahora —dice la abuela, deslizando la bandeja por la mesa—, llena esos frascos hasta el borde. Iván los acomoda bien apretados, pedazo por pedazo, y presiona las tapas con firmeza. Un frasco. Dos frascos. Tres frascos. —Abuela —dice Iván—. ¿Ahora sí terminamos? La abuela se acerca y sonríe. —Terminamos.
Iván agarra un pedazo del plato y lo levanta bien alto. —¡Lo logré! —grita, y le da una buena mordida. Está crujiente. Está dulce. Es lo más rico que ha probado en toda su vida. La abuela también toma un pedazo. Los dos se quedan ahí, masticando, sonriendo, sin decir nada. Tanto trabajo duro. Vale totalmente la pena.