La gran ordenación Nivel 70
Palabras de Práctica
Sufijos: -ción, -mente, -oso/-osa — uso de sufijos para formar sustantivos, adverbios y adjetivos.
El Dr. Sí Puede tenía un problema. No era un pistón roto ni un engranaje perdido. No era un reptón en la puerta. Era su taller, y la situación era espantosa. No se veía el piso. No se veían las paredes. Apenas se veía al Dr. Sí Puede, parado en medio de todo, con el martillo en alto y el bigote erizado. —Hoy —anunció seriamente, sin hablarle a nadie en particular— voy a hacer una gran ordenación. Nada de inventos. Nada de experimentos. Solo. Ordenar.
La ordenación le tomó toda la mañana. Guardó los artefactos en un cofre y la redstone en otro. Apiló con cuidado. Empujó fuertemente. Murmuró cosas que no conviene repetir. Pero a la hora del almuerzo ya podía ver el piso otra vez. Podía ver las paredes. Hasta podía ver por la ventana. —Maravilloso —dijo el Dr. Sí Puede, orgulloso de su organización. Entonces abrió un cofre y se asomó adentro.
Piedra. Montones y montones de piedra. Y pizarra profunda. Montañas de pizarra profunda. Había suficiente para la construcción de un castillo, una fortaleza y, quizás, un país pequeñito. —Nunca voy a usar todo esto —dijo el Dr. Sí Puede, haciendo una mueca como si acabara de lamer una bola de slime—. Tiene que irse. Si me deshago de la piedra que sobra, tendré espacio para mis artefactos. Ahora bien, una persona sensata habría llevado la piedra afuera. Pero el Dr. Sí Puede no era una persona sensata. El Dr. Sí Puede era un inventor.
El Dr. Sí Puede se subió de un salto a una vagoneta y bajó traqueteando por sus viejos rieles de minería hacia el pozo de lava. El calor le golpeó la cara antes de que siquiera se acercara. Se le rizó el bigote. Se le llenaron los ojos de lágrimas. —NO pienso —farfulló, abanicándose rápidamente con una mano— hacer esto cada vez que necesite tirar algo. La vagoneta se detuvo con un golpe seco. El Dr. Sí Puede miró la lava burbujeante. Y ahí mismo, entre el resplandor peligroso, le vino Esa Mirada. La mirada que significaba problemas.
—¿Y si —susurró el Dr. Sí Puede, abriendo mucho los ojos— construyo un aparato que arroje las cosas a la lava POR mí? ¡No tendré que bajar aquí para nada! Se suponía que estaba ordenando. Se había prometido a sí mismo que solo iba a ordenar. Pero la idea era demasiado buena. Le burbujeaba en el cerebro como una poción. De vuelta en su taller, estudió la redstone que había en el piso y dibujó la planificación. —Lava bajo el suelo. Cercada. Más segura que nada. Solo necesitaré una tolva, un cofre y… ah, esta invención va a ser GENIAL.
El Dr. Sí Puede construía rápido cuando estaba emocionado, y en ese momento estaba emocionadísimo. Ya tenía un cofre. Ya tenía una tolva. Hasta tenía un balde de lava que le había sobrado del experimento de la semana pasada. No preguntes. Líneas de redstone serpenteaban por el piso. Los repetidores encajaban con un clic. Y cuando terminó, selló la lava bajo gruesos bloques de obsidiana, firmes como el cemento. Nadie se caería en ESA. La protección era, según él, perfecta.
El Dr. Sí Puede dio un paso atrás y miró su taller. Espacio. Espacio glorioso, hermoso, vacío. El aparato para deshacerse de cosas zumbaba suavemente en un rincón. Se acabaron los paseos en vagoneta. Se acabaron los bigotes chamuscados. Todo lo que necesitaba estaba justo donde podía encontrarlo. Una gran sonrisa se le dibujó en la cara. —Yo —dijo con orgullo— soy un genio.
Eso duró unos dos días. Porque resulta que la ciencia es un asunto desordenado, y el Dr. Sí Puede era el científico más desordenado de todos. El polvo de redstone cubría cada superficie. La grava crujía bajo sus pies. En algún lugar, debajo de una pila de repetidores, una gallina cacareaba. Definitivamente, no preguntes. El Dr. Sí Puede miró el desorden. El desorden lo miró a él. —Tal vez —suspiró lentamente—, lo que REALMENTE necesito es contratar a un aldeano para que limpie.