La flauta que llora Nivel 84
Palabras de Práctica
Anglicismos y préstamos lingüísticos: reconocer palabras tomadas del inglés y otros idiomas.
Niña estaba sentada junto a su ventana, tocando la flauta. La tocaba a la perfección: cada nota era exacta, limpia, casi como en un pequeño concierto. Pero cada nota sonaba triste, triste como una tarde de lluvia, porque Niña estaba triste, y una flauta siempre dice la verdad. Las lágrimas le rodaban por las mejillas, y Niña ni siquiera se las limpiaba.
Su canción salió flotando por la ventana y se mezcló con la brisa. Las notas azules giraban sobre las copas de los árboles, enroscándose entre las ramas como algo perdido que busca su hogar. Ni una sola nota estaba fuera de lugar. Pero, ay, eran pesadas. Eran de esa clase de pesadas que hacen que el aire se quede quieto y que las hojas dejen de susurrar, solo para escuchar.
Arriba en el cielo, las notas empezaron a llorar. No lloraban fuerte, ni hacían un gran show; lloraban bajito, una por una. Lágrimas verdes caían de ellas, goteando sobre las nubes de abajo. Las nubes absorbieron cada lágrima hasta que no pudieron guardar ni una más. Entonces las nubes también empezaron a llorar.
Abajo en el jardín, Conejo Café sintió que una gota de lluvia le caía en la nariz. Luego otra. Luego diez más. —Qué raro —dijo Conejo Café—. Hace un minuto estaba soleado. Conejo Negro se apretó a su lado. Pájaro se acurrucó, pequeño y quieto, entre los girasoles. Y desde algún lugar muy arriba, una canción triste, muy triste, bajaba flotando con la lluvia.
—¿Escuchan eso? —Girasol se inclinó tanto que sus pétalos casi tocaron el suelo—. Alguien está tocando la canción más triste que he oído en mi vida. Por eso está lloviendo. Estoy segurísimo. ¡Abeja, tienes que hacer algo! ¡Mis pétalos se están empapando! Abeja miró a Girasol. Miró la lluvia. Zumbó las alas una vez, dos veces, y salió disparada hacia el cielo como un diminuto y furioso helicóptero.
Abeja encontró a Pájaro en el aire, entre las gotas de lluvia. —¿Oyes esa canción? —dijo Abeja—. Cada nota es una lágrima. Alguien tiene el corazón verdadera, completa y absolutamente roto. —¿Pero quién? —dijo Pájaro—. ¿Quién puede cargar con tanta tristeza?
Pájaro se posó en una rama junto a Conejo Café. —Conejo, tú tienes las mejores orejas de todo el jardín. Son como un radar para la música. Y también tienes las patas más rápidas. ¿Nos ayudarás a encontrar a quien está tocando esa canción? Conejo Café giró sus largas orejas hacia la melodía. Escuchó. Su naricita tembló. Y salió corriendo tan rápido que Pájaro tuvo que aletear con todas sus fuerzas para no quedarse atrás.
Conejo Café siguió la melodía sobre la colina, más allá de la cerca, hasta llegar a una ventana donde una niña estaba sentada llorando, con una flauta en las manos. —¿Por qué tocas una canción tan triste? —le preguntó desde abajo. La niña miró hacia abajo. Tenía los ojos rojos. Su voz era apenas un susurro.
Conejo Café le contó a Pájaro. Pájaro le contó a Abeja. Abeja le contó a Girasol. Y Girasol dijo: —¿Y entonces? ¿Qué hacemos aquí parados como si fuéramos un club de plantas mojadas? Así que Niña bajó de su ventana, y antes de que pudiera decir una palabra, Conejo Negro saltó a sus brazos. Conejo Café se pegó a su costado. Pájaro se posó en su hombro y apoyó su cabecita suave en su cuello.
Y Niña ya no se sintió tan sola. Se sentó en la luz dorada con un conejo a cada lado, Pájaro en su brazo y Abeja zumbando en círculos alrededor de los girasoles solo para hacerla reír. Esa tarde no tocó la flauta. No la necesitaba. ¿Pero mañana? Mañana la tocaría otra vez. Y esta vez, la canción haría salir el sol.