¡La esmeralda congela el tiempo! Nivel 76
Palabras de Práctica
Sujeto y predicado: identificar las dos partes principales de la oración.
A Esteban le ruge el estómago tan fuerte que asusta a una gallina. Esteban mira la esmeralda que tiene en la mano. Brilla como un pequeño sol verde. Él no puede dejar de mirarla. El mundo queda en silencio. Las nubes no se mueven. Hasta la brisa parece contener el aliento. Entonces Esteban parpadea. El sol ya está justo encima de su cabeza. Un momento. ¿No era de mañana hace un rato? Esteban guarda la esmeralda en el fondo del bolsillo y sacude la cabeza.
Los aldeanos caminan de un lado a otro por el camino. Un aldeano tiene los brazos cruzados y mira a Esteban con esa cara seria que siempre ponen los aldeanos. Como si Esteban acabara de estornudar sobre su mesa de trabajo. Una vaca pasa despacio detrás de ellos, moviendo la cola. Cerca de un sembrado de trigo, un carnicero, un cartógrafo y un granjero trabajan y hablan entre ellos. —¡Aldeano! —dice Esteban con una sonrisa—. Eres justo a quien necesito.
Esteban se acerca al carnicero y le da unos golpecitos en el hombro. El carnicero se voltea y suelta ese murmullo grave de aldeano. —Mmm. —Hola, narizón —dice Esteban—. ¿Qué tienes para mí?
Esteban saca la esmeralda del bolsillo y la extiende. Los ojos del carnicero se abren enormes. Retrocede a trompicones, como si Esteban sostuviera un reptón vivo. —¡Mmm! ¡Mmm! Esteban guarda la esmeralda otra vez en el bolsillo. El carnicero se calla. Al instante. Como si alguien apretara un interruptor.
Ya nadie quiere comerciar con Esteban. Bien. Va a conseguir comida a la antigua. Esteban se asoma a una de las chozas. Adentro, dos aldeanos trabajan junto a una mesa, inclinados sobre algo que brilla de color naranja. Ni siquiera voltean a verlo. —No me hagan caso —murmura Esteban—. Solo soy un tipo muerto de hambre con una piedra maldita en el bolsillo.
Siguiente choza. Un cofre. ¡Premio mayor! Esteban levanta la tapa. Adentro hay pan y lingotes de hierro. Agarra el pan y le da un mordisco tan rápido que casi se come sus propios dedos. Todavía masticando, deja unos hilos y unos palos dentro del cofre. Esteban siempre deja algo a cambio. Los aldeanos no pueden conseguir esas cosas solos, y una aldea contenta significa mejores intercambios después. —Bueno —dice, y se limpia las migas de la camisa—. Ya tengo la panza llena. Ahora vamos a averiguar qué pasa con esta gema.
En un rincón de la choza, Esteban ve un gato sentado muy quieto. Se agacha y estira la mano para acariciarlo. Pero su mano toca piedra. Piedra de terracota, fría y dura. No es un gato de verdad. Es una estatua. Entonces un gato de verdad entra corriendo por la puerta abierta y frena en seco junto a su rodilla. Esteban espera. Los gatos siempre miran hacia arriba cuando alguien puede tener pescado. Pero este gato no levanta la vista. No ronronea. No parpadea. Está congelado por completo. Igualito que la estatua.
A Esteban le late el corazón con fuerza. Se acuerda del carnicero asustado. Se mira el bolsillo. La esmeralda. Ella está haciendo esto. Esteban da un paso atrás. Luego otro. Tres pasos. Cuatro. Cinco. El gato parpadea. Sus orejas tiemblan. Y entonces sale disparado por la puerta como un torbellino naranja, como si nada. Esteban se queda con la boca abierta. La esmeralda congela el tiempo. Congela al gato. Y lo congela a él, allá al principio, parado bajo el sol durante horas sin darse cuenta. Los aldeanos lo saben. Por eso se asustan tanto. Ya lo han visto antes.
Esteban sale afuera y se recuesta contra la cerca. El sol ya se está poniendo. Pinta todo de dorado y naranja. Un día entero, perdido. La esmeralda zumba en su bolsillo. Esteban puede sentirla, cálida y brillante. Parece susurrar que la saque. Solo una mirada más. Solo una pequeña asomada a ese hermoso brillo verde. Esteban agarra el barandal de la cerca y mantiene las manos ahí, bien quietas. —Ni hablar. Ahora ya sabe lo que tiene: una esmeralda maldita. Y sabe una cosa con total seguridad: pase lo que pase, no la va a tocar.