¡Hay un hombre en las nubes! Nivel 81
Palabras de Práctica
Adjetivos (concordancia con el sustantivo): el adjetivo concuerda en género y número con el sustantivo.
El niño lo vio primero. —¡Allá arriba! —gritó, señalando el cielo azul—. ¡Hay un hombre en las nubes! La niña entrecerró los ojos. Yo también entrecerré los ojos. Y sí: una figura grande, blanca y esponjosa flotaba sobre nosotros. Tenía una cara amable y nos saludaba como si nos conociera de toda la vida. —Me está saludando a mí —dijo el niño. —Nos está saludando a todos —dije yo. —No —dijo el niño, muy seguro—. Solo a mí, sin duda.
Nos dejamos caer en el pasto seco para mirar mejor. El niño se acostó boca abajo, con la barbilla apoyada en las manos. La niña se sentó muy derecha, con los ojos grandes como monedas redondas. Yo me estiré boca arriba y miré las nubes blancas, lentas y cambiantes. El hombre de nube había desaparecido. —A lo mejor es tímido —susurró la niña. —Las nubes no son tímidas —dijo el niño—. Solo está... cargando. Hasta los suricatos del campo se quedaron quietecitos, como si también esperaran la siguiente sorpresa.
Entonces el hombre de nube reapareció de golpe, y había traído a una amiga. Eran dos figuras esponjosas: un hombre y una señora. Saltaban y giraban por el cielo como la pareja de baile más suave del mundo. Pateaban sus piernas de nube y movían sus brazos de nube. Estaban bailando una jiga. —¡Ay, esta me la sé! —dije. Me levanté de un salto y bailé con ellos, con los brazos sueltos en el aire. La gatita que estaba a mis pies empezó a brincar también. La verdad, parecía que se caía, pero le di puntos por intentarlo. —¡Te están imitando a ti! —dijo la niña. —No —dije sonriendo—. Yo los estoy imitando a ellos.
Las figuras de nube dejaron de bailar. Plantaron sus enormes pies esponjosos, echaron la cabeza hacia atrás y cantaron. Claro que no bajaba ningún sonido. Pero tenían las bocas muy abiertas y los brazos extendidos. Se notaba a leguas que era la canción más ruidosa y más ridícula en toda la historia del cielo. El niño se incorporó y señaló. —¡Están cantando ópera! ¡Algo así como aaaah-la-la-laaaaa! Los pájaros pequeños ladearon la cabeza, como si hasta ellos trataran de escuchar aquella canción muda.
Entonces el cielo entero se llenó. Había tamboreros de nube, trompetistas de nube y una banda completa de nube. Todos nos sonreían desde arriba con sonrisas grandes y esponjosas. Y esta vez sí lo sentíamos de verdad: un bum, bum, bum profundo y retumbante hacía vibrar la tierra bajo nuestros pies. —¡A bailar! —gritó la niña, y no hizo falta que lo repitiera. El niño daba brincos rápidos. La niña giraba feliz. Yo pateaba las piernas tan alto que casi pierdo un zapato. Hasta los suricatos se movían al ritmo, y no me lo estoy inventando.
El tamborero tocaba más fuerte. Y más fuerte. El cielo azul se puso gris, luego morado, luego casi negro. El bum alegre se convirtió en un trueno enorme que me hizo castañetear los dientes. —Eh... —dijo la niña, estirando la mano mientras gotas gruesas le golpeaban la palma—. Creo que la banda está enojada. —Las bandas no se enojan —dijo el niño. Pero su voz sonó temblorosa. Un rayo brillante partió el cielo. El tamborero de nube golpeó con más fuerza, y la lluvia cayó como si alguien hubiera puesto el cielo de cabeza.
—¡Corraaaan! —grité. Salimos disparados hacia la casa. La niña iba al frente, porque la niña siempre es la más rápida. El niño movía los brazos como un pingüino muy decidido. Yo me resbalé dos veces, pero seguí corriendo. La puerta abierta brillaba con una luz dorada que se derramaba hacia afuera, como si nos llamara a casa. Dos perros del vecindario corrían a galope junto a nosotros. Al parecer, todos querían entrar. Entramos a tropezones justo cuando el cielo soltó su estruendo más grande.
Nos quitamos los zapatos empapados de una patada. Plaf. Plaf. Plaf. Seis zapatos mojados quedaron en un montón junto a la puerta. Luego el niño agarró una toalla y empezó a girarla por encima de la cabeza. —¡Yo soy el hombre de nube! —gritó. —¡Yo soy la señora de nube! —dijo la niña. Hizo girar su toalla roja y casi tiró una lámpara. Yo ondeé mi toalla azul como una bandera. —¡Yo soy la banda de nube entera! Bailamos, chorreamos agua y reímos hasta que el piso quedó hecho una piscina.
Mamá y papá nos encontraron en plena función. —¡Había gente de nube! —anunció el niño, abriendo una boca enorme para demostrarlo—. Y cantaban así. Tomó todo el aire que pudo y soltó un sonido que era más grito que canción. —Bailaron una jiga —añadí yo, bailando otra jiga. —Había una banda entera —dijo la niña—. Con tambores y todo. Y después se convirtió en una tormenta. Papá sonrió. Mamá juntó las manos y se rió. —Oímos los truenos —dijo—. ¡Pero nos perdimos el concierto!
—No por mucho tiempo —dijo papá. Desapareció y volvió con su tambor grande. Bum. Bum-bum. El niño agarró una olla. ¡Clan, clan, clan! La niña encontró un sartén pequeño. ¡Pum, pum, pum! Mamá me tomó de las manos y brincamos por toda la cocina como los bailarines de nube, girando y riendo. Era más ruidoso que la tormenta. Era más disparatado que las nubes. Y por un minuto perfecto y ruidoso, fuimos la mejor banda del mundo. Bueno. La mejor banda de la sala. Es lo mismo.
Más tarde, cuando la casa quedó silenciosa y la luna colgaba bajita afuera de nuestra ventana, me asomé entre las cortinas una última vez. Ahora las nubes eran plateadas, suaves y quietas. Y justo ahí, acurrucado entre dos de ellas, estaba el hombre de nube. Dormía boca arriba, con los ojos cerrados, los brazos cruzados y los pies en alto. —Buenas noches, hombre de nube —susurré. Luego me metí en la cama junto al niño y la niña, y también cerramos los ojos. En algún lugar allá arriba, apuesto a que estaba soñando con nosotros.