¡Estoy bien! Güi, güi Nivel 82
Palabras de Práctica
Repaso de diéresis (güe, güi): refuerzo en contexto de escritura expositiva.
A Lelo le temblaba la nariz. Los ojos le lloraban. La garganta le raspaba como si se hubiera tragado un cactus seco. Junto a la campana del pueblo, su amigo lo miró con duda. ¿Pero Lelo iba a quedarse en casa? Ni hablar. —¡Estoy bien! —dijo Lelo—. Perfectamente, totalmente, absolutamente bien. Cruzó los brazos para demostrarlo. Entonces la nariz le hizo güi, güi, como si guardara un secreto terrible.
Lelo avanzó a paso firme por el sendero de hierba. Las flores se mecían. Los pájaros cantaban. El día era tan bonito que hasta parecía halagüeño, pero la nariz de Lelo empezó a temblar otra vez. —No voy a estornudar —murmuró—. No voy a estornudar. No voy a... no voy a... ¡A... a... achííís! Las flores se aplastaron. Los pájaros salieron volando. Lelo abrió los ojos, miró a un lado y luego al otro. Sin vergüenza, se enderezó y siguió caminando como si nada hubiera pasado.
Bueno. Tal vez un descanso rápido en casa. Solo un minutito. Lelo entró arrastrando los pies a su cabaña y encontró a Gata acurrucada en el suelo, tranquila y calientita. —No te preocupes —dijo Lelo, sorbiéndose la nariz—. Ni siquiera estoy enfermo. Solo necesito... quizá un poquito de agüita, o tal vez... ¡A... a... achís! Gata saltó un metro en el aire, con el pelo erizado como un puercoespín. Luego le lanzó a Lelo una mirada furiosa. Lelo se encogió de hombros. —Hay mucho polvo aquí —dijo—. Lo averigüé con la nariz.
Lelo caminó con paso pesado hasta la casa de al lado para visitar a Perro. Pero Perro no se veía nada bien tampoco. La nariz de Perro temblaba. Los ojos de Perro lagrimeaban. Todo el cuerpo de Perro se sacudía. —Oh, no —dijo Lelo—. Esto no parece nada halagüeño. ¡A... a... achís! Perro explotó con el estornudo más grande, más húmedo y más asqueroso que Lelo había visto en su vida. Un moco azul salió disparado por todas partes. Lelo se agachó justo a tiempo, aunque no lo bastante.
De vuelta en su propia cabaña, Lelo se recostó contra la pared. Los brazos le pesaban. La cabeza la sentía toda nublada. Y la nariz... la sentía como si estuviera llena de abejas haciendo güi, güi, güi. —Le dije a Perro que descansara —murmuró Lelo—. Pero yo no necesito descansar. Estoy completamente, totalmente, absolutamente... A... a... ¡achís! El estornudo salió tan fuerte que Lelo parpadeó muchas veces. Por un momento, hasta él tuvo que averiguar si seguía de pie.
La cama de Lelo estaba justo ahí. Cobija roja y suave. Almohada esponjadita. Casi le suplicaba que se metiera. No había campana ni camino de hierba que lo distrajera. Solo una cama perfecta para descansar. Lelo miró la cama. La cama miró a Lelo. En ese silencio, los dos parecían entender la misma cosa: alguien necesitaba dormir. Lelo se cruzó de brazos, levantó la barbilla y negó con la cabeza. —Estoy. Bien.