Esteban necesita una caña Nivel 84
Alejandra levanta su flamante caña de pescar y sonríe de oreja a oreja. Tres palos. Dos trozos de cuerda. Una caña perfecta. —¡Esteban! —grita—. ¡El último en llegar al agua es un pez podrido!
Esteban mira la caña de Alejandra. Después se mira las manos. Vacías. —Espera —dice—. Yo también necesito una caña. Alejandra se encoge de hombros.
Esteban corre a la playa donde guardan sus provisiones. Con unos palos y un poco de cuerda, arma una caña y vuelve antes de que Alejandra pesque un solo pez. Ese es el plan. Pero el montón de provisiones está casi vacío. Unos trozos de piedra. Algo de mineral. Ni un solo palo. —¿A dónde se fue todo? —dice Esteban.
Esteban mira al otro lado del agua, hacia una isla lejana llena de árboles. Allá hay palos de sobra. Pero la isla queda muy, muy lejos. Tiene que haber algo más cerca. —No pienso nadar hasta otra isla por un palo —dice Esteban.
Después prueba en el campo cercano al pueblo. Allí siempre encuentran buenos materiales. Palos, cuerda, de todo. Pero el suelo está limpio. Pelado por completo. A Esteban le tiembla el ojo. Alguien se ha llevado hasta el último pedacito. Alguien con una flamante caña de pescar.
Entonces Esteban ve un viejo cajón de piedra metido en la ladera. Se asoma a mirar, sin esperar gran cosa. Y allí, colgada en la pared como si lo estuviera esperando, ¡hay una caña de pescar! —¡Sí! —Esteban la agarra y da un puñetazo al aire.
Levanta la caña hacia la luz. La cuerda está gastada. El palo está rajado. Un buen tirón de un pez y todo se parte en dos. Esteban suspira. —Mejor que nada. Apenas.
Busca en los campos. Revisa la hierba alta. Hasta sacude las flores, por si acaso. Nada. Nada. Y más nada. Las nubes empiezan a llegar. A Esteban le ruge el estómago. La vieja caña empieza a parecer su única opción.
Entonces ve algo que asoma de un hoyo en la tierra. ¡Otra caña! Esteban salta a agarrarla. Pero esta está todavía peor que la primera. Rajada justo por la mitad, apenas se sostiene. —Ay, no puede ser —gime Esteban. Dos cañas, y ninguna de las dos sirve para nada.
El sol se está ocultando. Esteban regresa a casa arrastrando los pies, con una caña rota en cada mano. Dos cañas podridas. Cero peces. Un día larguísimo. Alejandra se va a reír a carcajadas.
Pero cuando Alejandra ve las cañas, no se ríe. Abre los ojos como platos. —Esteban. ¡Esteban! ¡Dámelas! —se las quita y corre a su mesa de trabajo, con los dedos volando—. Este trozo todavía sirve. ¡Y este trozo! Ay, esto va a funcionar. ¡Esto va a funcionar de maravilla!
Alejandra se da la vuelta sosteniendo una flamante caña, hecha con las mejores piezas de las dos viejas. Se la lanza a Esteban. —Toma —dice—. Ahora estamos a mano. Esteban sonríe. Alejandra agarra su caña. —El pez más grande gana. Listo… ¡YA!