¡Esteban necesita fuego! Nivel 64
Palabras de Práctica
Repaso de acentuación: clasificación de palabras en agudas, graves y esdrújulas.
Esteban sale del mar con un pescado grande y gordo en la mano. —¡Aquí está el almuerzo! —dice—. Fresco del mar. Esteban huele el pescado. Está frío, baboso y muy, muy crudo.
Esteban deja el pescado sobre el pasto y lo mira. —Así no te voy a comer —dice—. Tienes que estar caliente y rico. Necesito fuego. ¿Qué tan difícil puede ser?
No es nada difícil. Esteban junta troncos, los apila y saca una chispa. ¡El fuego arde y el humo sube al cielo! —¿Ves? Es fácil —dice Esteban, y pone el pescado junto a las llamas—. Ahora a esperar.
Esteban se agacha para revisar su pescado. El fuego crepita y ruge. El calor le llega directo a la cara. ¡Es como un horno! —¡Uy! —dice, y se tapa los ojos con el brazo—. Esto está muy caliente. Pero no se aleja. Un buen pescador también cuida su fuego.
Esteban empuja el pescado dentro de las llamas con mucho cuidado. —Cada lado tiene que tocar el fuego —explica—. Así se cocina parejo. Confía en mí. Sé exactamente lo que hago.
El pescado se dora. ¡Huele increíble! —¡Listo! —Esteban agarra el pescado con las dos manos. —¡Caliente! ¡Caliente, caliente, caliente! —grita, y salta en círculos. En la colina, una oveja deja de masticar y lo mira.
Llega la mañana. Esteban encuentra un pollo crudo. Le ruge el estómago. —Bien —dice—. Esta vez voy a tener cuidado. Voy a cocinar el pollo despacio y no lo voy a agarrar con las manos.
Esteban mira alrededor. No hay troncos. No hay ramas. Ni una ramita. Solo pasto, árboles muy grandes y un bote. —¡No puedo quemar un bote! —dice—. ¿Dónde está toda la madera?
Esteban sube a la colina y se sienta. El sol se oculta. Su estómago gruñe tan fuerte que un pájaro sale volando de un árbol. —Solo quiero comer algo caliente —susurra—. ¿Es mucho pedir?
Entonces Esteban mira hacia abajo. ¡A sus pies hay un charco de lava naranja! Los ojos le brillan como la lava. —¡Caliente! —grita—. ¡Eso está muy caliente! ¡Y además no necesito madera!
Esteban encuentra un palo largo y ensarta el pollo en la punta. Lo sostiene sobre la lava, firme y quieto. —Un palo es muy útil —dice—. Con cuidado. Con paciencia. Sé exactamente lo que hago.
Entonces Esteban lanza el pollo entero a la lava. Se oye un chisporroteo y… nada. La lava se traga el pollo. No queda ni un muslito. El palo arde. —Bueno —susurra Esteban—. Quizás no sé exactamente lo que hago.