¡Empuja más fuerte! Nivel 72
Palabras de Práctica
Sílaba tónica: identificar la sílaba acentuada mediante palmadas o golpes rítmicos.
Elefante estaba sentado en el carrito rojo y no quería salir de ahí por nada del mundo. —¡Empuja más fuerte! —barritó, lanzando corazones con la trompa. Qué fácil le resultaba decirlo a un elefante: e-le-FAN-te, con la sílaba fuerte justo en medio. Niño se inclinó con las dos manos y empujó. Un elefante enorme no se movía ni un poquito. Iba a ser un día muy, muy largo.
Niño necesitaba un descanso. Al lado, la gallina roja del vecino escarbaba en el patio. —¡Mira lo que encontré! —gritó el vecino—. ¡Dos huevos, ahí mismo en su corral! Dos huevos tibios en la tierra. Niño levantó dos dedos, dio dos palmadas suaves y sonrió. —Un elefante, dos huevos... oye. ¡Estoy contando cosas!
Adentro, el gran ventilador giraba sus tres aspas como si quisiera salir volando. Niño tomó la varita de burbujas. Una respiración profunda y... ¡fuuuum! Las burbujas volaron por todas partes, girando, dando vueltas y deslizándose por el cuarto. Los papeles salieron volando de la mesa. —¡Tres aspas y mil millones de burbujas! —gritó Niño. ¿Cómo se vería el cuatro?
Niño se subió de un salto al carrito naranja. Cuatro ruedas, una cara en el frente y molinillos girando en el techo. —¡No eres un caballo! —rió Niño mientras se lanzaba por la nieve—. ¡Los autos no relinchan! Cuatro ruedas y cero ganas de frenar. Niño palmeó cua-tro, escuchando la sílaba fuerte al principio. El cinco ya tenía que estar cerquita.
Un globo rojo en forma de estrella. Cinco puntas perfectas. La canasta se elevó del suelo y Niño subió y subió. Más allá de los tejados. Más allá de los pájaros. Hasta arriba del todo, donde la luna esperaba, grande y brillante. —Cinco —susurró Niño, estirando una mano. Cinco tenía dos sílabas, pero una sonaba más fuerte. El mundo entero se veía pequeñito desde allá arriba.
Un elefante, todavía sentado en su carrito. Dos huevos. Tres aspas girando. Cuatro ruedas veloces. Cinco puntas brillantes de una estrella. ¡A la mitad del camino! Niño podía decir cada número con palmadas y encontrar la sílaba que sonaba más fuerte. El cinco estaba bien. Pero el cinco era solo la mitad de diez. ¿Y la segunda mitad? Ay, la segunda mitad estaba a punto de ponerse de locos.
Una hormiga gigante. Seis patas, gruesas como ramas, pisando fuerte sobre el suelo rocoso. Niño trepó hasta arriba y se sujetó con fuerza. La hormiga avanzaba como si fuera la dueña del mundo entero, y a Niño se le abrió la boca de par en par. —¡Seis patas! ¡Este es el mejor paseo que he tenido en toda mi vida! —La hormiga no dijo nada. Las hormigas no son muy habladoras.
—¡Es mi cumpleaños! —anunció Niño—. ¡El siete! ¡El mejor día de todo el año entero! Amigo ya estaba ahí con un globo rojo en una mano y un globo verde en la otra. Los dos miraron el gran calendario de la pared. El día de hoy estaba marcado con un círculo rojo. —Mi cumpleaños es ocho días después del tuyo —se quejó Amigo, señalando—. Ocho días enteros. ¡Eso es una eternidad!
La telaraña estaba hecha de hilos tan gruesos como sogas. Y justo arriba del todo, con ocho patas enormes, estaba la araña más grande que Niño había visto en su vida. Niño abrió los brazos de par en par. —Eres increíble. La araña movió una pata. Luego otra. Luego las ocho a la vez. Niño casi dio palmadas, pero estaba atrapado. ¿Acaso la araña estaba... bailando?
El faisán estaba parado sobre el muro de ladrillos desmoronados como un rey en su trono. —¡Mira esas plumas! —exclamó Niño con asombro. Rojo, dorado, verde, azul, cobre, crema, negro, blanco y un brillo que todavía ni siquiera tenía nombre. Nueve colores. Necesitarías nueve lápices solo para empezar, y aun así te faltaría el destello.
Niño levantó una mano. Cinco dedos, bien abiertos. Luego levantó la otra mano. Cinco más. —Seis, siete, ocho, nueve... ¡diez! —Las dos manos quedaron en alto, con los diez dedos extendidos. Diez era una palabra corta y fuerte, de una sola sílaba. El número más grande de todos había estado ahí, al final de sus propios brazos, todo este tiempo.
Seis patas. Siete en el calendario. Ocho patas más. Nueve colores brillantes. Diez dedos enteros. Todos los números, del uno al diez. Qué paseo. Qué cuenta. ¡Qué día! Pero un momento. Allá, al principio de todo, Elefante seguía sentado en un carrito muy pequeño. Niño se tronó los nudillos. —Muy bien. Volvamos al uno. Y esta vez... ¡empuja más fuerte!