El tesoro de Alejandra Nivel 65
Palabras de Práctica
Sustantivos — género (masculino/femenino): terminaciones -o (masc.) y -a (fem.); excepciones.
Alejandra lleva días planeando esta excavación. Tiene su pala de diamante. Tiene sus botas de la suerte. Y siente algo en la barriga: hoy es el día. —Algo especial está allá abajo —susurra—. Lo siento hasta en los dedos de los pies. Elige un lugar en la ladera, respira hondo y da el primer golpe.
La tierra se parte como un pastel. Alejandra cava un túnel directo hacia el interior de la colina. La piedra y el suelo se desmoronan a su alrededor, y ella se hunde cada vez más profundo. Unos destellos azules brillan en las paredes. —Oooh —murmura—. Esto promete. Algo se esconde allá abajo. Lo puedo sentir.
Unos pasos más adelante, Alejandra se detiene. Allí, justo en el centro del túnel, hay un pescado cocido. Un pescado. Bajo tierra. Y ya cocinado. —Esto es lo más raro que he sacado de la tierra en mi vida —dice Alejandra, y se ríe. Lo levanta y lo huele—. Pero cavar me da hambre, y no voy a hacer preguntas.
Alejandra sube a la superficie y arma una pequeña fogata sobre el pasto. El pescado ya está cocido, pero un poco más de calor lo va a dejar bien crujiente. Pone el pescado junto a las llamas. —Quédate ahí, pequeño almuerzo. Vuelvo por ti. Luego vuelve a su hoyo. Todavía queda mucho por cavar.
Abajo, abajo, más abajo. El túnel se hace más empinado. Las paredes se vuelven más oscuras. La gravilla suelta cruje y se mueve bajo las botas de Alejandra. Ella agarra su pala con fuerza. Un paso en falso y rueda hasta el fondo. —Vale la pena —murmura—. Sin duda vale la pena. Creo.
Arriba, en la superficie, aparece un gato. Olfatea el aire. Ladea la cabeza. Y ve el pescado junto a la fogata, dorado, caliente y sin nadie que lo vigile. Un zarpazo rápido. ¡Zas! El pescado sale rodando lejos de las llamas. En las profundidades, Alejandra no sabe que su almuerzo está en peligro.
El gato se agazapa y devora el pescado en silencio total. Hasta. La. Última. Migaja. Se lame los bigotes una vez. Dos veces. Después mira por encima del hombro, por si acaso. Ni una miga. Ni una sola prueba del delito.
Con la barriga muy llena y la conciencia muy tranquila, el gato mira por última vez la fogata vacía. Luego se aleja trotando por la ladera, bajo el sol, sin ninguna preocupación en el mundo. En algún lugar bajo tierra, Alejandra sigue cavando. Sigue soñando con su crujiente almuerzo de pescado. ¡Ay, Alejandra!
Alejandra ha cavado tan hondo que ahora las paredes se alzan por encima de ella por todos lados. Montones de escombros rodean sus pies. —Debo rellenar todo esto cuando termine —dice, mirando el cielo allá muy, muy arriba—. No quiero que nadie se caiga dentro. Pero primero… un poquito más profundo.
Alejandra da dos golpes más con su pico y se queda quieta como una piedra. Algo brilla en la roca debajo de ella. Un rojo profundo y furioso. Eso no es un tesoro. Eso no es un pescado. Eso es piedra roja. —Ay, no.
Alejandra no se pone a pensar. Simplemente trepa. Sube por los bloques de tierra como por una escalera, una mano y luego la otra. El pico raspa, las botas resbalan, el corazón le late a mil. ¡Más rápido! ¡Más rápido! El suelo ya retumba bajo sus pies.
¡Buuum! La explosión atraviesa el túnel y lanza llamas, gravilla y tierra en todas direcciones. Y del suelo roto salen rodando pescados y más pescados y más pescados. Docenas de pescados cocidos, esparcidos entre los escombros como el bufé más desordenado del mundo. Alejandra se asoma por el borde del cráter, con tierra en el pelo y una sonrisa enorme en la cara. —¡Yo sabía que algo especial estaba allá abajo!