El secreto de la señorita B Nivel 67
Palabras de Práctica
Artículos: el, la, los, las, un, una — artículos definidos e indefinidos; concordancia de género y número.
La señorita B caminaba con un bastón. Era un bastón lento, de madera, que hacía clac, clac contra el piso del estudio, como un metrónomo cansado. Cada mañana, la maestra observaba a sus tres alumnas saltar y girar frente a las ventanas verdes. —¡Más alto! —les decía—. ¡Más ligeras! ¡Son bailarinas, no elefantes! Las niñas soltaron risitas. Adoraban a la señorita B, con su sonrisa tibia y su bastón serio. Pero no tenían ni idea de quién era ella en realidad.
Porque la señorita B tenía un secreto, un secreto enorme. Cuando era joven, la bailarina danzaba por las calles de noche. Giraba alrededor de los postes de luz, saltaba frente a la torre del reloj y cruzaba el viejo puente de piedra. No tenía un público con boletos ni aplausos. Solo estaban las estrellas, brillantes y calladas. Ella no caminaba a ningún lado. La señorita B flotaba.
Un día, encontró a un compañero que podía seguirle el paso. La mayoría de los bailarines no podía. —Eres rápida —le dijo él la primera vez que bailaron juntos. —Tú tampoco lo haces nada mal —respondió ella. Y lo decía en serio. Cuando subían al escenario, algo especial sucedía. Los dos cuerpos parecían una sola música. Las manos se encontraban, los pies volaban y el público se olvidaba de respirar.
La voz se corrió por todos lados. Las invitaciones llegaron de muchas ciudades, una tras otra. Así que la señorita B hizo su maleta, le pegó una calcomanía y saltó por el mundo. París. Tokio. Nueva York. Río. Cada ciudad tenía un nuevo escenario. Cada escenario tenía un rugido del público. El planeta entero conocía su nombre, y los aplausos parecían seguirla hasta las nubes.
Pero esta es la parte que casi nadie te cuenta sobre ser grande. La señorita B practicaba cuando sus pies le gritaban que parara. Bailaba más allá de la medianoche, más allá de la luna, más allá del punto en que cada músculo cansado le suplicaba descanso. —Todavía no —susurraba la bailarina—. Todavía no, todavía no, todavía no.
Y en la gran noche, la más grande de todas, la señorita B subió al escenario por última vez. El público aplaudió tan fuerte que las paredes temblaron. Su compañero la sostuvo con firmeza mientras los dos flotaban a través de una luz dorada. —¡Guau! —rugió el público.
El reflector la envolvió como una capa cálida. Rosas rojas llovieron a sus pies. La señorita B cerró los ojos y lo absorbió todo: las flores, los aplausos, el brillo, el silencio antes del grito final. Entonces una voz retumbó por todo el teatro: —¡Prima Bailarina Assoluta!
Ahora, de vuelta en el estudio, una de las niñas se detuvo a medio giro. —Señorita B, ¿alguna vez fue una bailarina de verdad? La señorita B miró su bastón. Miró el piso de roble. Miró esas tres caritas llenas del mismo fuego que ella había tenido alguna vez.