El problema del Dr. Sí Puede Nivel 70
Palabras de Práctica
Sufijos: -ción, -mente, -oso/-osa — uso de sufijos para formar sustantivos, adverbios y adjetivos.
El Dr. Sí Puede tenía un problema. En realidad, el Dr. Sí Puede tenía cientos de problemas, y los veía por todas partes: pisos helados, ventanas con corrientes de aire y paredes simplemente peladas. —Miren esta alfombra —dijo en su cabaña, señalando el piso—. La hice con lana de oveja. Es suave como una nube y calentita como una tostada. —Dio unos golpecitos con el martillo en la palma de su mano—. Ahora imaginen si cada casa tuviera una. Sería una solución maravillosa.
El Dr. Sí Puede fue derecho a la granja del pueblo, donde un rebaño de ovejas pastaba detrás de una cerca de madera. Una oveja negra estaba apretujada entre dos ovejas blancas, con cara de estar bastante molesta por esa situación. El doctor se arremangó. —Muy bien. Las voy a esquilar a todas. Agarró unas tijeras de esquilar y se puso a trabajar cuidadosamente. Cinco minutos después, solo había terminado con una oveja, y los brazos le parecían de gelatina. Todavía quedaban docenas. —Tiene que haber una forma mejor —resopló. Entonces abrió mucho los ojos—. ¡Una máquina!
Así que el Dr. Sí Puede construyó una máquina. Por supuesto que lo hizo. Las ovejas estaban en corrales de vidrio, acogedores y seguros, dentro de un granero calientito. Entre un corral y otro brillaban farolitos para mantenerlas tranquilas. La máquina zumbaba suavemente mientras recogía la lana, y las ovejas solo se quedaban paradas, aburridas, que es la cosa favorita de una oveja. El doctor las iba cambiando de lugar para que ninguna esperara demasiado. Pronto tuvo montones enormes de lana roja, blanca, café y negra. Había más lana de la que sabía usar. —¡Listo! —dijo. Luego se detuvo—. En realidad… todavía no termino.
—No puedes hacerlo todo tú solo, ¿sabes? —dijo Lila, alcanzando al Dr. Sí Puede en el camino del pueblo. —Claro que puedo —dijo él. —No has dormido en tres días. —Dormir es para los que ya terminaron. Y yo no he terminado. Agitó el martillo en el aire. —Pero bueno. ¿Qué propones? —Contrata a alguien —dijo Lila—. Un pastor. Construye una buena Tienda de Lana y deja que él se encargue de la organización. El bigote del Dr. Sí Puede se movió. —Lila, esa es una idea genial. ¡Una tienda! ¡Una tienda grande! ¡La tienda más grande que este pueblo haya visto jamás!
El sol todavía no salía, y el Dr. Sí Puede ya estaba martillando. ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum-pum-pum! Caminaba de un lado a otro sobre la tierra pelada, midiendo y murmurando con decisión. —Paredes aquí. Techo allá. Estantes, estantes, más estantes. Garabateaba planos en la tierra con el mango del martillo. Para cuando el amanecer anaranjado se asomó sobre la loma, ya tenía la estructura levantada. Para el almuerzo, tenía las paredes. Para la cena, tenía el techo, la puerta y un letrero que decía TIENDA DE LANA en letras grandes y gruesas. —¡Listo! —dijo. Luego se contuvo—. Bueno. Todavía no termino del todo.
Un hombre que pasaba por ahí asomó la cabeza dentro de la tienda. Vio el telar, los farolitos y el enorme montón de lana roja brillante. Abrió mucho los ojos. —¿Puedo tener este trabajo? —preguntó. —¡Contratado! —dijo el Dr. Sí Puede, antes de que el hombre terminara siquiera la frase. El nuevo pastor se puso a trabajar enseguida. Cuando Lila le llevó un fardo de lana, él sonrió y le puso en la mano una gema verde, reluciente y hermosa. —Su pago —dijo con un guiño. Desde la puerta, el Dr. Sí Puede miraba con una sonrisa tan grande que el bigote casi le tocaba las cejas.
El Dr. Sí Puede se recostó contra la pared de la Tienda de Lana y observó al pastor adentro. El pastor juntaba la lana de las ovejas en su gran corral y apilaba fardo tras fardo en un montón cada vez más alto. La tienda estaba funcionando. Estaba funcionando de verdad, exactamente como debía ser, maravillosamente. El pastor lo tenía todo bajo control. Por primera vez en semanas, el Dr. Sí Puede no tenía nada que arreglar. Nada que construir. Nada que mejorar. Se quedó muy quieto por unos cuatro segundos. Luego sus dedos empezaron a tamborilear sobre el martillo.
De vuelta en su cabaña, el Dr. Sí Puede miró a su alrededor. Había pinturas coloridas en las paredes, una alfombra suave en el piso y, en todo el pueblo, casas calientitas y acogedoras. Debería haber estado satisfecho. Debería haber puesto los pies en alto. En cambio, miraba por la ventana con esa expresión. La expresión que significaba problemas. —Me sobran montones de lana —dijo despacio—. Suficiente para construir un molino de viento gigante. ¡Piensa en la energía! ¡Piensa en las posibilidades! ¡Piensa en el…! Desde afuera, la voz de Lila cortó el aire como una campana. —¿Acaso nunca tomas vacaciones? El Dr. Sí Puede sonrió. —¡Todavía no termino!