El mejor buscador del mundo Nivel 74
Palabras de Práctica
Sinónimos y antónimos: palabras con significado igual u opuesto; ampliación de vocabulario.
—¡Listo o no, aquí voy! Esteban se truena los nudillos. Mueve el cuello de un lado a otro. Mira los campos con ojos de buscador serio, muy serio. Alejandra, su amiga, está escondida en algún lugar. ¿Y Esteban? Esteban va a encontrarla rápido. En diez segundos exactos.
Alejandra vuela por los campos abiertos. Sus pies apenas rozan el pasto. Pasa como un rayo junto a las flores y los cultivos altos. Sonríe tanto que le duelen las mejillas. Las casas quedan lejos, allá en la distancia. Pero aquí afuera hay un millón de lugares para esconderse. Solo necesita el perfecto.
Esteban marcha por el pasto alto con pasos grandes e importantes. Izquierda. Derecha. Izquierda. Derecha. Revisa detrás del viejo roble. Revisa junto a la casa de madera. Revisa debajo de una piedra demasiado pequeña para esconder a una persona. —No puede esconderse de mí —murmura—. Soy el mejor buscador que ha existido.
¡Crac! Una ramita se quiebra muy cerca. Esteban se queda quieto. El corazón le late fuerte. Algo se mueve en el pasto, junto a sus pies. Algo pequeño y escurridizo. —¡Ajá! —Esteban se lanza—. ¡Te atrapé, Ale...!
Es un perro. Un perro alegre, peludo y completamente inútil, con la cola moviéndose como un limpiaparabrisas. —Tú no eres Alejandra —gruñe Esteban. El perro ladra una vez, le lame la mano y se va trotando a olfatear algo apestoso. Muy servicial.
Esteban ve algo en el pasto alto, debajo de un árbol enorme. Dos ojos verdes y brillantes le devuelven la mirada. Ojos verdes. Comportamiento escurridizo. Escondido en el pasto. —¡Lo sabía! —susurra Esteban, y se agacha—. ¡Esta vez sí te atrapé, Alejandra! —Avanza sigiloso. Más cerca. Más cerca. Más cerca...
Es una gata. Es Gata Malcriada, gruñona, blanca y negra. Le dedica a Esteban una larga mirada de fastidio y se aleja entre el pasto, como si él no valiera la pena. —¡Lo que faltaba! —Esteban levanta las manos. Unas nubes rosadas flotan por el cielo tranquilo. A ellas tampoco les importan sus problemas.
Entonces Esteban encuentra un hoyo. Un hoyo grande, profundo y oscuro, justo en medio del campo. Una pequeña gallina blanca está parada en el borde. Se asoma a la oscuridad con la cara más calmada del mundo. Esteban también se asoma. —¿Alejandra? ¿Estás ahí abajo? La gallina lo mira. La gallina no es Alejandra.
Pero abajo hay otra gallina, ¡y esa sí está atrapada! Está parada en una repisa, entre las paredes de piedra, y parpadea como si todo esto fuera muy normal. Esteban suspira. Baja y construye una pequeña rampa para que la gallina pueda subir y salir caminando. —Un rescate listo —murmura—. Y todavía cero Alejandras encontradas.
Esteban se deja caer en un campo de tulipanes. Rojos. Amarillos. Blancos. Un mar de color, y a él no le importa ni un solo pétalo. —Ya está. Ella gana. Seguro ahorita está en casa, tomando chocolate caliente y riéndose de mí. El mejor buscador que ha existido ha encontrado un perro, un gato, una gallina y un hoyo. Pero ninguna Alejandra.
Entonces la ve. Una pierna. Asomándose detrás del árbol grande. Justo ahí. Justo ahí, a menos de diez pasos, medio escondida entre las flores donde él se acaba de dejar caer. A Esteban se le abren los ojos como platos. Abre la boca. ¡Alejandra ha estado ahí todo este tiempo!
Esteban avanza sigiloso, con pasos silenciosos. Un paso. Dos pasos. Alejandra todavía no lo ve. Entonces, rápido como un gato (un gato mucho más simpático que Gata Malcriada), estira la mano y... —¡Pum, las traes! —Le toca el hombro antes de que pueda correr. Alejandra gira con la boca abierta, riéndose—. ¡No puede ser! —Te toca a ti —dice Esteban con una sonrisa—. Y cuidado con el hoyo.