El ladrón de plátanos Nivel 80
Palabras de Práctica
Infografías, textos expositivos y conectores: combinación de imagen y texto; conectores de orden, contraste y ejemplo.
En lo alto de un árbol enorme, escondida entre lianas y flores amarillas, hay una casita. En esa casita vive Mono. A Mono le encantan tres cosas: los plátanos, los plátanos y más plátanos. Primero los come en el desayuno. Después los come en el almuerzo. Luego los come en la cena. Y a veces, si la luna brilla y la pancita le ruge, come plátanos también entre comidas.
Una mañana, Mono despierta con un rugido enorme en la pancita. Se relame los labios y se frota la barriga. —¡Hora del desayuno! Pero cuando estira la mano para tomar su racimo de plátanos, ya no está. Primero busca debajo de la almohada. Después busca detrás de los libros. Finalmente lanza cojines, tazas y todo por el suelo. Nada de plátanos. Ni uno solo. —Alguien —susurra Mono con los ojos muy abiertos— se roba mi desayuno.
Mono se asoma por la baranda de la casita y ve una pequeña abeja que zumba cerca de las flores. —¡Tú! —grita—. Disculpa, abejita. ¿Tú te llevas mis plátanos? La abeja se ríe tanto que sus alas tiemblan y casi se cae de la rama. —¿Yo? —responde—. ¡Si apenas puedo cargar una gota de miel! Mono frunce el ceño. La abeja tiene razón.
Entonces Mono ve a la serpiente, enroscada en una rama, arriba de él. —Disculpa, serpiente. ¿Tú te comes mis plátanos del desayuno? —pregunta Mono, tratando de sonar amable, aunque su pancita ruge muy fuerte. La serpiente lo mira desde arriba con una sonrisa lenta. —Yo como ratas, no fruta —responde—. ¿Con qué manos pelo yo un plátano? Mono frunce el ceño otra vez. Ella también tiene razón.
Mono se balancea entre las ramas, colgado de cabeza de una liana. Su pancita se aprieta y gime. —¡Un ladrón! —se lamenta—. ¡Un ladrón astuto anda suelto! ¡Y yo lo voy a encontrar! Pero es muy difícil ser detective cuando estás de cabeza y tu cerebro funciona con cero plátanos.
Mono regresa pisando fuerte a la terraza de su casita. Aprieta los dientes. Cierra los ojos con fuerza. Aprieta los puños. —Cuando descubra quién se lleva mis plátanos —murmura—, va a haber problemas. Su pancita ruge otra vez, todavía más fuerte. Suena como si estuviera de acuerdo.
Cuando Mono abre los ojos, ve algo que lo deja con la boca abierta. Abajo, sobre el pasto, hay un rastro. Un rastro de plátanos amarillos y brillantes que se aleja del árbol, uno por uno, como pistas de un ladrón muy descuidado. —¡Ajá! —exclama Mono—. ¡Ahora sí te atrapo!
Mono sigue el rastro con la mirada. Y allí, justo al final, está sentado Conejo. Conejo disfruta de un lindo picnic. Conejo está rodeado de plátanos. Mono se agarra de la baranda y se inclina tanto hacia adelante que casi se cae. —¡Ladrón travieso! —grita—. ¡Te robas mi desayuno! ¡Esos plátanos son míos!
Conejo no parece preocupado. Ni un poquito. Sostiene un plátano con una pata y señala una pequeña planta de plátanos que crece detrás de él. —¿Estos? —se ríe Conejo—. ¡Estos son míos! Los cultivo yo mismo, aquí en mi jardín. Puedes venir a ver si quieres. Mono abre la boca. Después la cierra. Luego la abre otra vez. No le sale ni una palabra.
Pero Conejo hace algo que Mono no se espera. Sonríe, estira las patas y ata un gran racimo de plátanos a una liana que cuelga de la casita. —Mi cosecha es muy grande —dice Conejo con alegría—. ¡Toma, llévate este racimo! Mono lo mira desde su casita. Acaba de llamarlo ladrón. Y ahora Conejo le da un regalo. Las mejillas se le ponen calientes.
Mono sostiene el racimo de plátanos sobre la escalera y mira hacia abajo, a Conejo. —Gracias —dice en voz baja—. Pero todavía no sé quién se lleva los míos. Conejo ladea la cabeza. —Trata de recordar. Piensa bien antes de culpar a alguien. Mono cierra los ojos y recuerda. Es de noche. Está en su casita. Está oscuro. Su pancita ruge. Estira la mano para tomar un plátano y entonces…
—¡Ay, no! —Mono abre los ojos de golpe. Mira las cáscaras de plátano regadas por toda la baranda de su casita. Cáscara tras cáscara tras cáscara. —¡Me da hambre en plena noche! —exclama—. ¡Me los como todos! ¡Hasta el último! —se tapa la boca con una mano y luego suelta una carcajada tan fuerte que tiene que agarrarse de la baranda—. El ladrón de plátanos… ¡soy yo! Y desde abajo, la risa de Conejo sube flotando entre las hojas.