El jefe magnífico Nivel 51
Palabras de Práctica
Repaso: h (muda), g y j — correspondencias de h, g y j vistas anteriormente.
¡Un rugido sale de la selva! Es un tiranosaurio feroz. —Yo soy el jefe —dice—. Soy el dinosaurio más magnífico. Los otros dinosaurios asoman la cabeza entre los helechos. Lo miran callados.
—Los dinosaurios venimos en todos los tamaños —dice el tiranosaurio—. Unos son pequeños como un gato. Otros son altos, muy altos, más altos que una jirafa. Un humano diminuto mira desde abajo. —Bueno —dice el tiranosaurio—, el tamaño no lo es todo.
Cinco cazadores pequeños pasan veloces por la arena. Cazan juntos, en manada. —Vanidosos —dice el tiranosaurio—. Un dinosaurio de verdad caza solo. Los cazadores no le hablan. Ni lo miran. Tienen una tarea.
El tiranosaurio abre la boca. La abre más. ¡Y más! —¿Ven estos dientes? Filas y filas. Afilados como cuchillos. Con estos dientes hago mi cena. Merodea por el polvo caliente y sonríe.
Dos dinosaurios de cuello largo caminan en calma bajo el sol. —Una duda —dice uno—. ¿De qué color somos? El tiranosaurio abre la boca. La cierra. —Nadie lo sabe —responde—. Los científicos no pueden hallar el color real de un dinosaurio. Pero yo, sin duda, soy rojo.
Un dinosaurio liso y escamoso mira sorprendido. —¿Ven? —dice el tiranosaurio—. Un dinosaurio típico. Duro. Escamoso. Magnífico. Pero hay un secreto del que nadie quiere hablar. Muchos dinosaurios tienen plumas. Con el tiempo, unos se convierten en aves. —¿Qué? —dice el tiranosaurio—. ¿Soy pariente de una gallina?
Un gigante bondadoso mira hacia abajo. Dos bebés gemelos lo observan entre la vegetación antigua, con ojos enormes y sonrisas diminutas. El tiranosaurio mira desde lejos. Se queda callado un buen rato. —Está bien —dice bajito—. Eso es adorable. Hasta yo lo admito.
Un dinosaurio pequeño avanza entre las hojas y los helechos, con la cola estirada. —Nada mal —dice el tiranosaurio—. Los científicos estudian los huesos y las huellas. Cada huella cuenta una historia. Mira pasar al pequeño. —Claro que mis huellas son más magníficas.
Un dinosaurio enorme se levanta en dos patas, astuto y calmado. ¡Pero mira esas garras! —Puede caminar en cuatro patas o levantarse y atrapar cosas —dice el tiranosaurio—. Come hojas de las ramas altas. Muy útil. Luego mira sus propios brazos diminutos. Mira las garras del otro dinosaurio. Y cambia de tema.
—Muy bien. Hablemos de los brazos. —El tiranosaurio sujeta a un dinosaurio pequeño con sus garras. —Todos se ríen de mis brazos. Diminutos, dicen. Pero son fuertes. Pueden sujetar. Pueden empujar. Pequeño no es inútil. Levanta los brazos con gozo. —¿Quién se ríe ahora?
Tres dinosaurios de cuello largo están sobre las rocas. Sonríen. Saben un secreto. —¿Qué? —dice el tiranosaurio—. ¿Qué? —Cada fósil nuevo cambia la historia —dice el más alto—. Los científicos todavía pueden hallar secretos sobre ti. El tiranosaurio abre la boca para discutir. Luego la cierra. Tienen razón.
El tiranosaurio está entre los árboles antiguos, con el sol cálido en el lomo. —No lo sé todo —dice—. Hay fósiles ocultos y secretos por hallar. Así que sigue excavando. Sigue preguntando. Y nunca, jamás dejes de rugir. Te mira a ti. Y ruge con gozo. ¡Ruge, ruge!