El gran plan de Momo Nivel 82
Palabras de Práctica
Repaso de diéresis (güe, güi): refuerzo en contexto de escritura expositiva.
Momo tenía un plan. No era un plan pequeño. Tampoco era un plan mediano. Era un plan enorme, de esos que hacen brillar los ojos y levantar la espada. —Voy a hacerme rico —dijo Momo, dándole un espadazo a una mala hierba—. Solo necesito una cosa muy importante: vacas.
Y así, sin más, Momo compró vacas. Muchísimas vacas. Había vacas cafés, vacas blancas y hasta una vaca rosada que parecía no tener ninguna vergüenza. Momo construyó un mostrador, clavó un letrero y dio un paso atrás para admirar su trabajo. —Bienvenidos —anunció Momo, aunque nadie lo escuchara— a la Lechería de Momo.
Tener una lechería significaba levantarse temprano. Muy temprano. Los pájaros cantaban. El sol apenas asomaba. Y Momo ya estaba afuera con su cubeta, ordeñando las vacas una por una, como si hubiera nacido para ese trabajo. —Esta es la parte difícil —bostezó Momo—. Pero averigüé algo: la parte genial viene después.
Resulta que Momo había descubierto algo. Algo en lo que nadie más había pensado. Vacas cafés. Vacas blancas. Una vaca rosada. Cada una se veía diferente. ¿Entonces por qué tendría que saber igual toda la leche? Para Momo, eso no tenía ningún sentido. —No debería —dijo Momo, acomodando en fila sus ingredientes secretos—. Y no sabrá igual.
Primero, la vaca café. Momo desmenuzó un grueso bloque de chocolate dentro de la leche y revolvió. El aroma lo envolvió como un abrazo calientito. Momo se acercó tanto que casi metió la lengüita en la cubeta. —Ahhh —susurró Momo—. Vaca café, leche con chocolate. Obvio.
Luego vinieron las vacas blancas. Momo vertió un chorro dorado de vainilla en la cubeta y revolvió despacio. Toda la lechería se llenó de un aroma tan dulce que hasta las vacas voltearon la cabeza, como si quisieran averiguar qué pasaba. —Leche de vainilla —sonrió Momo—. Porque vacas blancas, vainilla blanca. Soy un genio.
Entonces Momo la vio. La vaca rosada. Alguien le había salpicado tinte rosado por todas partes, y a Momo se le abrieron los ojos como platos. —¡Vaca rosada significa… leche de fresa! —gritó.
La voz corrió rápido. Aparecieron tres aldeanos, olfateando el aire y empujándose unos a otros hacia el frente. —¿Eso es chocolate? —dijo el primero. —¡Huelo a vainilla! —dijo el segundo.
—Les presento —dijo Momo con orgullo— mi creación más nueva. Deslizó por el mostrador una cubeta de leche grumosa y de un color verde amarronado. Parecía un ungüento viejo, pero Momo sonreía como si fuera oro líquido. —Leche de champiñón. De la vaca champiñón.
Los aldeanos se habían ido. Todos corrían por el camino, agitando los brazos y tapándose la nariz. Momo se quedó solo con su cubeta de leche de champiñón. La miró. Miró el camino vacío. Volvió a mirar la cubeta. —Más para mí —dijo Momo, y tomó un sorbo. Su cara se puso verde. Bueno, más verde todavía.