El bacalao imposible Nivel 84
En lo más profundo del mar frío vive un bacalao. No es un bacalao cualquiera. Es el pez más rápido, el más astuto y el más imposible de atrapar de toda la costa. Todos los pescadores del pueblo lo conocen. Y ya nadie, nadie, lo intenta más.
Al bacalao le gusta que sea así. Cada vez que alguien se acerca demasiado, agita sus aletas verdes y brillantes y desaparece entre las algas. Se esfuma. Así de fácil. —Nunca me van a atrapar —parece decir—. Y hasta ahora, tiene razón.
El mar se ve ancho y vacío. Ni botes. Ni redes. Ni cañas. Ni un solo pescador a la vista. El bacalao gana tantas veces que ya nadie quiere intentarlo. Nadie, claro, excepto Esteban.
Esteban se para en la orilla y mira el agua fijamente. —Voy a atrapar a ese bacalao —dice—. Lo voy a atrapar, lo voy a cocinar y me lo voy a comer en el almuerzo. No tiene caña. No tiene red. No tiene bote, ni hilo, ni carnada, ni plan. Pero Esteban tiene algo mejor. Esteban tiene confianza.
Esteban se lanza de cabeza. Sin plan. Sin pensar. Solo ¡plaf!, directo al agua azul y profunda, con los brazos estirados y los dedos atrapando pura agua. El bacalao lo ve venir desde muy lejos. Se mete en un tronco hueco y observa a Esteban hundirse entre burbujas. «Esto va a ser muy fácil», piensa el bacalao.
Esteban nada hasta el tronco y se asoma adentro. Vacío. —¿Adónde se fue? —dice, pero solo le salen burbujas. Mira a la izquierda. Mira a la derecha. Mira arriba, abajo y a los lados. El mar profundo lo rodea, oscuro y silencioso. El bacalao ya no está.
Un momento. ¡Allí! Un destello verde, oculto entre las algas. Esteban patalea para acercarse, muy lento, con mucho cuidado. Estira las manos… El bacalao ni se mueve. Solo espera. Y espera. Y en el último segundo, ¡fium!, se escapa entre los dedos de Esteban como un jabón mojado.
Esteban lo persigue hasta un banco de arena. El bacalao se vuelve a esfumar. Esteban busca detrás de una roca. Nada. Mira debajo de unas algas. Solo encuentra un cangrejo muy confundido. —¡Vuelve acá! —dice Esteban entre burbujas. Pero los peces no escuchan muy bien.
Esteban se arrastra fuera del mar, empapado y sin bacalao. —Ese pez —dice, jadeando— es más listo que yo. Baja la mirada hacia la arena. Y allí, justo a sus pies, hay algo que la marea trae hasta la orilla.
¡Un balde! Esteban lo levanta y una sonrisa le llena la cara. Una sonrisa grande, lenta y un poquito traviesa. —Muy bien, Codín —susurra—. Eres más rápido que yo. Eres más astuto que yo. Pero apuesto a que también eres más curioso que yo.
Esteban vuelve a meterse en el mar, se sienta en la parte poco profunda y no hace nada de nada. No chapotea. No persigue a nadie. Ni siquiera respira fuerte. Solo se queda allí, quieto, con su balde, y espera. Un bacalao se acerca nadando. Después otro. Después otro. Dan vueltas alrededor de las piernas de Esteban, lo empujan y lo mordisquean, tratando de averiguar qué es ese bulto raro y silencioso. —Te tengo —susurra Esteban.
¡Zas! Esteban sale disparado del agua, con el balde en alto y un bacalao muy sorprendido aleteando adentro. —¡Lo logré! —grita—. ¡Atrapé un pez con un balde! El bacalao mira a Esteban. Esteban mira al bacalao. —Bueno —dice Esteban—. ¿Te gustan las papas fritas?